Sin principio ni final -LXIV-

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Siempre se ha dicho que el amor es ciego. Que cuando una está enamorada, no se ven las faltas del otro, aunque sean más que evidentes para el resto de la humanidad. Que esa necesidad tan grande que sentimos por la persona amada nos hace incapaces de ver el lado tóxico o ingrato que los que nos rodean detectan con una claridad meridiana. No sé si estoy de acuerdo. Seguramente, nos esforzamos en mirar para otro lado y justificamos cada detalle injustificable,  con argumentos que sólo se sostienen en nuestro corazón. Las cosas siempre son más simples. Y dos más uno, siempre acaban sumando tres.

Una alarma se encendió en mi cabeza. Intuí que lo que estaba a punto de contarme iba a afectar al resto de nuestro domingo, pero no sabía aún si iba a ser algo bueno o algo horrible. Sólo le dije “te escucho” mientras me sentía al borde de un precipicio, esperando esos segundo definitivos que decantarían la balanza a un lado o a otro.

—La semana que viene me marcho a Estados Unidos.

El corazón me dio un vuelco, ya me había contado que su cuñada vivía allí y que su mujer varias veces le había propuesto empezar de nuevo en ese país. Hizo una pausa y yo me atreví a preguntarle, con un miedo espantoso en cada célula de mi cuerpo, porque temía su respuesta:

—¿Te vas de viaje?

—No, amor. No sé por cuánto tiempo me voy —la sangre de todo mi cuerpo debió de bajárseme a los pies, porque yo notaba la habitación dar vueltas alrededor de mi cabeza mientras él seguía dándome explicaciones—. Gloria ha conseguido un proyecto para redecorar un hotel en Nueva York. Calculo que mínimo estaremos un par de años, pero podrían alargarse hasta cinco.

Empecé a notar que me faltaba el aire y respiré profundamente. Me levanté de la cama, pasándome las manos por el pelo. No me podía creer lo que me estaba contando.

—Salomé, se lleva a mi  hija. ¿No lo entiendes? ¡Estoy atrapado!

Me volví para mirarle, pero sentía tanta lástima por mí en ese momento que no me alcanzaba la conmiseración para los dos.

—¿Y qué hago yo ahora? —maldije la idea de haber propuesto mi casa. Ahora todo mi espacio estaba impregnado de su presencia—. No deberías haberme dejado llegar hasta aquí. ¿Desde cuándo lo sabes?

Él bajó la cabeza.

—Hace muy poco. Me lo contó el día antes de que comiéramos juntos en Las Columnas.

—El día que no me escribiste —comprendí.

—Para mí fue como una bomba. Le pedí que recapacitara, incluso le planteé que dejara a Fabiola conmigo  aquí. Pero no entra en sus planes. Supongo que ha notado que me estaba perdiendo y éste ha sido su movimiento estrella —noté un tono de reproche en su voz—. Me ha dicho que no piensa divorciarse, y que Fabiola no se separará de ella bajo ningún concepto.

Yo ya había roto a llorar, esto significaba sin duda que nuestra historia tenía que acabarse. Eme se acercó, me agarró con fuerza de las manos y me dijo:

—¿Pero no lo entiendes? Nada ha cambiado, te amo con toda mi alma.

—¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo que nada ha cambiado? ¡Esto lo cambia todo! —me enfureció su candidez—. ¿Qué pretendes? ¿Que te espere mientras tú te cruzas medio mundo detrás de una mujer de la que no estás enamorado? ¡Eres un cobarde! ¡Basta ya de excusas, amor! Llamemos a las cosas por su nombre.

El llanto no me dejó seguir hablando. Eme se acercó a mí e intentó abrazarme, pero yo lo rechacé. No me merecía este final.

—Estaba claro que en algún momento tendrías que elegir a alguna de las dos, ¡y ni siquiera has sido capaz de eso! Ella ha elegido por ti —Eme aguantaba estoico todo lo que le decía, con una resignación que me sacaba de mis casillas—. He respetado tu espacio como una señora, aceptando tus tiempos, a pesar de que para mí no siempre ha sido fácil. Jamás te he comprometido y mira que habría sido bien fácil hacerlo.

Me vino a la cabeza el momento en el que encontré las braguitas de Maripossa en el bolsillo de la chaqueta de mi marido.

—He vivido de tus sobras, ¡las dos hemos recibido migajas! ¿Y no sólo te vas ahora sino que intentas decirme que todo sigue igual? Por favor, no me tomes el pelo.

Me encerré en el baño. Había llegado el momento de bajar de la montaña rusa, y aunque inconscientemente siempre había contado con que este momento llegaría, no esperaba que fuera tan devastador. Me sentía completamente hundida. Hacía media hora que desayunaba con corazones de amor saliéndome por las orejas y ahora me sentía caer por un pozo sin fondo, frío y oscuro. No sé cuánto tiempo lloré, sentada contra la puerta del baño. Quizás, hasta que comprendí que llorar no cambiaría nada. Que no iba a hacer que él se quedara a mi lado. Intenté ponerme en su lugar, y me pregunté qué decisión habría tomado yo si mi marido me pusiera contra las cuerdas, amenazándome con alejarme de mis hijos.

Entonces abrí la puerta.

Eme estaba sentado en el suelo, la espalda contra la cama y la cabeza entre las piernas. Levantó la vista y me miró. También había estado llorando.

—Te amo —me dijo con la voz rota.

Yo le creí, no ponía en duda su amor, pero no le respondí. No podía responderle. Aunque mi corazón me pedía lanzarme a sus brazos y suplicarle que se quedara a mi lado, todavía me quedaba algo de dignidad y me escuché decirle:

—Por favor, vete.

Eme me miró desconcertado, imagino que no esperaba que nuestra despedida fuera así. Tampoco sé cómo la habría imaginado, si de verdad esperaba que yo lo hubiera comprendido con resignación absoluta y si había contado con un compromiso por mi parte de que esperaría su regreso. No creo que me conociera tan poco.

Lo dejé recogiendo su ropa y salí a la terraza. Necesitaba fumar y aguantar el tipo hasta que se marchara, así que me asomé al balcón, manteniendo la mirada fija en la calle y con el maldito plato de Portugal cantándome un fado desde la pared. Lo escuché acercarse a la terraza y decirme “Salomé, me marcho ya”, pero yo no me giré para despedirme. Él entendió que tampoco había nada más que decir.

Cuando escuché la puerta del piso cerrarse, me dejé caer hasta el suelo. Sentía un dolor tan grande que creía que me iba a reventar el pecho. Me temblaban las manos. El cigarrillo se había consumido entre mis dedos y me encendí otro. Lo escuché cuando salió del portal y cuando accionó el mando de su coche.

Cuando  puso en marcha el motor de su BMW, escuché perfectamente el crujido de algo seco que se rompía dentro de mí.

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