Sevilla – Marrakech -IX-

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Una de las condiciones que puse cuando acepté este trabajo de Marruecos, era que tendría que llevar mi coche. Es no solo una medida de seguridad, que también, además resulta ser un salvoconducto de independencia, en un país que conozco bien. Tras introducir el X4 en la bodega del barco en el puerto de Algeciras, me he dedicado a pasear por cubierta. La pistola va en el equipaje y, aunque podría haber informado en aduana de que la llevo conmigo, lo he callado. Cuantas menos explicaciones mejor. De Tánger iré a Casablanca para dormir, y mañana temprano saldré para Marrakech. Me encanta ese sitio. Quizás uno de los motivos para aceptar un trabajo tan bien pagado, haya sido el volver a esa ciudad maravillosa, en la que el sexo se vive de otra manera; también los peligros. La reserva en Casablanca del Hotel Le Doge, incluye spa y masaje. Quiero descansar bien antes de emprender el viaje de mañana. Llegaré a comer al Hotel La Mamunia sobre las tres, en horario ya de Marruecos. Allí me esperará el empresario al que tendré que proteger durante su periplo de negocios por el país. En principio parece que estaremos unos días en Marrakech, y luego volveremos sobre mis pasos hasta Casablanca para ir a Rabat y a Fez. Me gusta ser concienzudo en mi trabajo, máxime cuando es mi propia seguridad la que está en juego, de modo que he pedido se me tenga preparado un plan de viaje lo más concreto posible, con horarios, direcciones y rango de las personas a visitar, aunque de uno u otro modo, todos serán familia del rey. Así son los negocios en este país maravilloso, todo queda en casa. Reviso el móvil a sabiendas de lo que voy a encontrar en él. El contacto de Fatine permanece inalterado. Cuando me marche de la policía y de mi vida de casado, ella me acogió en su casa durante los meses en los que estuve en Marruecos. Su nombre en árabe significa: fascinante, encantadora, que cautiva. Era justo lo que yo necesitaba para olvidar Sevilla y todo lo que había vivido en ella durante los últimos meses. Por supuesto que durante los días en los que estuviera en Marrakech, iba a visitarla. Desde la ventana de su cuarto hay una vista privilegiada de la plaza de Jamaa el Efna, y entre sus sábanas, un cielo para renacer una y otra vez sin descanso.

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