Royal Flush -XVII-

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Aitor nos recibió con su sonrisa de vasco confiado y bonachón. Creo que su practicidad le llevaba a economizar recursos, y si me había contratado, era para confiar en mí plenamente. Mientras besaba la mano de Fatine, hizo un gesto inequívoco al metre para que dispusieran sobre la mesa un tercer servicio. Casi no hicieron falta explicaciones. En el fondo él sabía que los matices en tierra extraña se escapan casi siempre, y que un lugareño de toda confianza puede ser de gran ayuda.

La profesionalidad de Fatine era espléndida: minutos antes se entregaba a mí como si no hubiera un mañana, y ahora me miraba con el desafecto proverbial de generaciones enteras de sabiduría.

—Bien señorita, por mi parte podemos partir tras los postres. Hablar de honorarios me parece inelegante, pero en mi familia presumimos de ser generosos.

Fatine cruzó conmigo una mirada imperceptible y mi gesto fue determinante.

—De acuerdo entonces, Aitor. ¿Conoce los nombres de los jugadores?

—De todos no, pero sí de uno. Hemos comido juntos hoy…

Ella se había sentado delante junto a mí. Al enfilar el palacete al que nos llevaba el navegador, se volvió al asiento de atrás y le dijo a Aitor.

—Es una de las casas de un hombre de total confianza de Mohamed VI. Hijo de uno de los hermanos de Hasán II. Puedo asegurarle que esta noche entra usted en un círculo muy reducido. Esfuércese por no perder demasiado. Tampoco si tiene la suerte de cara se empeñe en salir de aquí con los bolsillos llenos. Su negocio no está sobre la mesa de póker. Digamos que esta noche es la llave para cruzar el umbral que le permitirá cerrar grandes operaciones en mi país.

Sonrió franco y me dijo a modo de cumplido que Fatine sin duda no entendió del todo.

—Si fuera vasca ya sería la leche.

La noche transcurría plácida. En un salón contiguo de puertas dobles enormes y abiertas de par en par, Aitor jugaba con otros tres caballeros que fumaban tabaco rubio y bebían en vaso largo, tal cual si estuvieran en Montecarlo. Nuestro vasco llegó a perder hasta casi treinta mil euros sin cambiar el semblante, y una buena racha de manos con suerte de principiante le hacían ahora ganar cerca de cinco mil.

—No se preocupe por los compromisos de mañana Aitor, que su secretaria los suspenda todos. Yo personalmente llamaré a cada una de ellos para disculparle. Le aseguro que así será mucho más efectivo. Por suerte soy buen amigo de mis amigos y, en Marokou tengo más de los que necesito.

Un punto de soberbia amable delató al anfitrión, que había jugado frío como hielo, y del que omito el nombre deliberadamente. Fatine me miró y enseguida comprendí dos cosas: que Aitor volvería a su tierra con grandes negocios, y que la tarjeta de acceso a la 202 seguía en su bolso.

—¿Otra mano entonces?

—Por supuesto. Es un placer jugar con ustedes —contestó nuestro protegido, mientras llevaba a los labios su copa.

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