Un regalo inesperado -XXXIX-

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En filosofía se debate una paradoja: ¿hace ruido el árbol que cae en un bosque solitario? Es decir, si no hay nadie para escuchar, ¿existe el ruido o sólo existe si hay un oído que reciba las vibraciones? También podría plantear la pregunta de otra forma: si a una niña le dieras la muñeca más bonita del mundo pero con la condición de que no pudiera enseñársela a nadie, ¿creéis que disfrutaría igual? Hacer gala ante los demás de un bien muy preciado no significa que lo queramos más. Pero, en las relaciones amorosas, cuando éstas se han ocultado durante mucho tiempo, ¿el hecho de hacerlas públicas no hace que sean un poco más reales? ¿No sirve para que al fin creamos más sinceros todos los sentimientos que se han prometido hasta la saciedad?

La campanita que le había asignado a los mensajes de Eme en el whatsapp me sacó de mi sueño post-resaca. La luz del mediodía se colaba por el trocito de persiana que había dejado sin echar. Sentía la lengua pastosa y necesitaba ir al baño. Me levanté dando tumbos, aún desorientada, y miré mi móvil sobre el aparador. No podía ser que Eme me hubiera escrito en fin de semana, seguramente lo habría escuchado en mis sueños. Pero sí, era Eme. Tenía varios mensajes suyos y una foto. En ella estaba con otro chico, un poco más joven que él, con el que guardaba cierto parecido.

“Hola princesa”

“Le he hablado a mi hermano de ti”

“E insiste en conocerte”

“¿Cómo te viene almorzar con nosotros el lunes?”

Me dio un subidón que casi me cuelgo en una nube. Se me despejó la cabeza de inmediato y se me instaló esa sonrisa en la cara de la que sólo él era el responsable. Fui al baño primero y le contesté después:

“Buenos días, amor”

“Estoy resacosa, pero espero que el lunes se me haya pasado”

“Jaja, entonces confirmado. Lunes a mediodía paso a buscarte por el hotel”.

¿Perdona? ¿Hello? No podía creerme que me estuviera pasando esto. Eme, el señor Eme, don reservado e independiente, había dado el paso de sacarme de la oscuridad y presentarme a alguien. Tuve ganas de saltar y cuando caí en la cuenta de que estaba sola en casa y de que los niños estaban con exmarido hasta aquella tarde me di el gusto de dar todos los saltitos que la ocasión merecía. Sólo por una fracción de segundo, me fastidió reconocer que todas las veces que me había asegurado a mí misma que esas cosas no me importaban eran sólo eso: una mentira del tamaño de un gigantosaurio.

El lunes pasé la mañana canturreando por el hotel. Ya tenía el segundo grupo del banco de Víctor alojado para aquel evento y todo estaba saliendo a la perfección. Él no me había llamado después del pico que le di la noche de la feria,  esperaba que con un poco de suerte lo hubiera olvidado al modo Diana, pero yo era incapaz de olvidarme de aquel momento de atrevimiento y de maldecir el efecto que el alcohol siempre había causado en mí. Aún así, me agradaba infinitamente que él no estuviera insistiendo en nada más. Igual era yo la que le estaba otorgando demasiada importancia y él había entendido desde el principio que aquello no iba a ninguna parte.

Intercalando estos pensamientos con algo de trabajo, llegaron las dos de la tarde, y escuché el claxon de un coche pitar dos veces. Salí del despacho para comprobar si era Eme y en efecto, venía sentado en el asiento trasero de un taxi. Regresé a coger mi bolso y a retocarme el maquillaje. Estaba nerviosa. ¡Iba a conocer a mi cuñado! Me subí junto a él y el conductor se puso en marcha. Nos saludamos con un beso tierno:

—Hola princesa, te he echado de menos.

—Yo a ti más.

—¿Se te ha pasado la resaca? No quiero que escandalices a mi hermano pequeño —bromeó.

—Si es hermano tuyo, habrá pocas cosas que lo escandalicen, me temo.

Sonrió mirando por la ventanilla.

—¿Qué le ha pasado a tu coche? —pregunté.

—Nada, no me apetece moverlo para un trayecto tan corto. Vamos al Rinconcillo.

Sabía dónde era. Junto a la iglesia de Santa Catalina, uno de los bares más antiguos de Sevilla, que seguía conservando el estilo de las cosas de toda la vida. Sonreí.

—¿Qué piensas? —quiso saber.

—Me sorprende que hayas hecho esto.

—¿El qué?

—Pues contárselo a alguien, nunca hubiera pensado que dejarías que esto saliera de nuestro pequeño círculo.

Me tomó la mano y se la llevó a la boca, para darme un beso.

—Eso es porque no me crees cuando te digo que te quiero a morir —suspiré, encantada, mientras él continuaba contándome—. Guille quiso saber cuál era el motivo de que estuviera tan diferente, tan feliz,  y tuve que contárselo.

No podía afrontar esa comida de mejor humor.

El local estaba abarrotado, para ser lunes. Eme me cedió el paso al entrar pero se adelantó un poco buscando a su hermano entre la multitud. Finalmente, hizo un saludo a alguien en el fondo del local  y me tomó de la mano. El momento había llegado.

—Guille, ella es Salomé. Él es mi hermano menor, el benjamín de la casa.

La sangre de Eme corría también por aquellas venas.

—Me habías hablado de lo guapa que era, pero hermano, te has quedado muy corto.

—Ándate con ojo, enano—le reprendió el mayor, mientras me ofrecía un taburete.

Nos acomodamos en la barra, me encantaban las barras de bar, y pedimos varias tapas para compartir. Los dos hermanos se lanzaron a contarme anécdotas familiares, sobre todo de las chulerías de mi amor cuando era un adolescente, que me encantó escuchar. También algunas que le hicieron sonrojar y que se veía que le incomodaban. De vez en cuando, me agarraba por la cintura y me daba un beso en la frente. Por primera vez, desde que todo había comenzado, sentí con total rotundidad que tenía una relación con el señor Eme.

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