“reality bites” en un bolso ajeno -XXXVI-

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La vida está plagada de coincidencias. Algunas son deliciosas, otras divertidas, sorprendentes, increíbles… y otras, sencillamente malditas. Si añadimos a la mezcla  un poquito de voluntad, lo que nosotras desearíamos que sucediera, el porcentaje desciende. ¿Alguna vez habéis pensado qué probabilidades hay de encontrarse con la persona que deseamos ver cuando la echamos de menos? Una entre un millón. Pero si la pregunta fuera, ¿qué probabilidades hay de encontrarse con alguien en el momento más inadecuado? ¿La proporción aumenta, o la magnificamos nosotras por el desastroso efecto que causa?

Aún no había tenido ocasión de saber cómo acabó Diana la noche con su encantador acompañante. La había llamado por teléfono pero me respondía con evasivas, quería contármelo en persona, así que mi intriga tendría que esperar.

Las palabras de Mariluz durante nuestro paseo a la comisaría habían hecho que me bajara de la ola que surfeaba desde que volví de Portugal, y me asolaba un sentimiento de conmiseración hacia mí misma que detestaba. Odiaba aceptarlo, pero mi amiga tenía razón: me estaba enamorando de un hombre al que no podía tener y por más que me esforzara en aparentar que era capaz de asimilar una historia así, lo cierto era que comenzaba a afectarme.

Reconocía dos versiones diferentes de mí misma: la que veía en Eme a un hombre que me adoraba preso de sus circunstancias, y la que me decía que yo no era tan importante para él y que me remitiera a las evidencias. Cada vez que me sentaba en mi terraza a fumar un cigarrillo y miraba el plato que me regaló en Portugal colgado de una de las paredes del balcón, los recuerdos de aquel día hacían que ganara mi versión número uno. Pero cuando pasaban los días sin que pudiéramos vernos, sin poder hablar más que en horario laboral, sabiendo que tenía una vida donde yo no cabía, la versión número dos actuaba como un ácido que lo corroía todo.

Y nada había cambiado, siempre había sido así. Cuando Eme aparecía, lo hacía feliz, divertido, nunca lo había visto abatido por la necesidad de verme, jamás me había abrazado como si mi ausencia le hubiera resultado una carga imposible. Quizás era esa certeza la que me dañaba, la de saber que había encajado nuestra relación en esa especie de dimensión paralela a la que podía escaparse de vez en cuando, en una tierra de nadie que nunca se decidiría a  conquistar.

Me concentré en espantar aquellas reflexiones que como buitres carroñeros no dejaban de volar en círculos sobre mi cabeza y salí de trabajar dispuesta a buscar unos zapatos de tacón que necesitaba para mi vestido de flamenca. Las chicas habíamos acordado un día para ir a la Feria juntas y cuando saqué mi traje del altillo, me di cuenta de que necesitaba un par de zapatos nuevos y renovar algún que otro complemento. Aún tenía un par de horas antes de volver a casa, así que me perdí entre las tiendas, intentando que salir de compras reconfortara un poco mi ánimo.

No pude resistirme a un vestido negro fluido de corte asimétrico que vi en el escaparate de Mango y entré dispuesta a darme un caprichito. Antes de pasar al probador cogí dos o tres prendas más, cerré la cortina y me coloqué el vestido que me había enamorado, pero una vez puesto, no me decía mucho. Busqué  una postura que me favoreciera  frente al espejo del estrecho habitáculo, resistiéndome a descartar definitivamente aquella monería, pero finalmente descorrí la cortina y salí al pasillo para mirarme en el espejo central con un poco más de perspectiva.

Me quedé paralizada. Sentado en una de las butacas de espera estaba Eme. Durante una fracción de segundo me alegré de verle, pero rápidamente caí en la cuenta de cuáles eran las circunstancias de aquel encuentro y empecé a angustiarme. Él me miraba igual de estupefacto, sin levantarse, con un bolso de mujer sobre las rodillas. Entonces, la cortina del probador de mi izquierda se abrió y salió una mujer bajita y regordeta, con el pelo corto y liso de color muy oscuro que me miró sonriendo indiferente para luego preguntarle a su marido con voz chillona:

—¿Cómo me queda?

Allí estábamos los tres: Eme fingiendo que no me conocía, yo vestida con un seductor modelito que había fantaseado con estrenar para él, y su mujer requiriendo su aprobación para un horrible vestido de rayas verticales que dejaba sus rollizos hombros al descubierto.

Me refugié rápidamente de vuelta en el probador y me deshice de aquel vestido que ya nunca me compraría en un santiamén. A través de la cortina, escuchaba a Eme dar su opinión con indiferencia y a su mujer presionarle para que dijera lo que ella quería escuchar. Tenía que salir de allí cuanto antes, ¡me estaba asfixiando! Recogí la ropa amontonada sin probarme el resto y abrí de nuevo mi cortina sin dirigirle una mirada. Estaba de pie, su mujer había vuelto a meterse dentro, y me agarró del brazo cuando pasé por su lado. Pero yo no podía siquiera mirarlo. Aquello no podía estar pasando. Me deshice con brusquedad de su mano que me sujetaba con firmeza, mientras le escuchaba gritar mi nombre en un susurro y salí corriendo de la tienda.

Me siguió hasta la puerta con el bolso de su mujer colgado del hombro, pero no me alcanzó. Ya en la calle, lo escuché llamarme dos o tres veces, mientras yo corría todo lo que permitían mis tacones de aguja. No me volví a mirarlo ni siquiera una vez. Me fui directamente a casa, sintiéndome la otra más que nunca. Me llamó al móvil varias veces durante las horas siguientes. Sabía que era él porque le tenía asignado un tono diferente. No lo cogí. No quería recordar el bochorno y la humillación que había sentido. ¿Quizás había llegado al límite de lo que era capaz de soportar?

3 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Guauuuu Raquel!! Pedazo de bofetada de realidad a mi pobre Salomé…..y aunque va a sufrir, es obvio….y está enamorada hasta las trancas….yo creo que Eme también está enamorado…..o quiero creerlooo! 🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻 Me encantaría saber qué piensa él….😬😬

    Genial como siempre!! 😘😘😘😘

    1. Raquel Tello says:

      Lo malo de los relatos en primera persona es que sólo tenemos la visión del que cuenta. De los demás personajes, lo tenemos que deducir de sus comportamientos, y creernos o no sus palabras. Es como la vida misma. No hay nadie que tenga la verdad absoluta de nada.
      Yo creo que Eme está enamorado de ella, claro, pero la vida no es un cuento de hadas, es muuuuuucho más complicada. Y no siempre hay finales felices, ni siquiera se sabe cuándo es el final de algo, ¿no?
      Besitos.

      1. Rebeca says:

        Ciertoooo!! Los finales felices son más bien de Disney…😂😂

        La vida es muuuucho más complicada y más aún…. 😬😬

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