Rabitos de pasas -XXXVIII-

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¿Cuál es la peor mala pasada que os ha jugado vuestra memoria alguna vez? ¿No recordar el nombre de alguien que se acerca a saludaros?, ¿o incluso no recordar de qué narices os conocéis y seguirle la corriente intentando no meter la pata hablando del tiempo que hace que no os véis? Vayamos un poquito más allá. ¿A alguna le ha ocurrido que después de algunos años no recuerda cómo se llamaba aquel chico con el que pasó una noche loca?  Pues todavía puede ser peor. ¿Qué me decís si es una amiga vuestra la que os pregunta cómo se llamaba aquel chico con el que pasasteis una noche loca y no tenéis ni la menor idea de quién es ese chico del que os habla? Creedme, aún hay otra vuelta de tuerca. ¿Se trata tan sólo de un caso de fallo de memoria o hay detrás una finalidad vestida de incógnito que evita intencionadamente que recordemos ciertas cosas?

Por el camino a la última de las casetas que Diana tenía previsto que visitáramos, dejé caer el paso para quedarme un poco rezagada de su brazo. Me moría de ganas de saber cómo había culminado mi amiga la noche de la cena con su ex poli. Le disparé a bocajarro un “cuéntame, me tienes en ascuas”, al que Diana reaccionó bajando la mirada, si no la conociera, diría que avergonzada.

—No te lo vas a creer, Salo.

—Joder, lo dices como si hubiera sido un fiasco total.

Diana se paró en mitad de la calle, mirándome como si no entendiera lo que le acababa de decir. Todas estábamos borrachas a esas alturas, imagino que eso nos hacía estar lentas de reflejos, así que me encogí de hombros e insistí:

—Hija, que lo has dicho en un tono, que sólo me puedo imaginar dos cosas: o es micropene o es yaco.

No reaccionó de inmediato, seguía mirándome con cara de estupefacción, pero al cabo de dos segundos Diana estalló en carcajadas, de una forma tan intensa que tuvo que sentarse en un bordillo del acerado para no caerse al suelo. Las otras dos, que caminaban unos pasos por delante de nosotras y parecían estar un poco, sólo un poco menos afectadas, se pararon a esperar que se nos pasara la torrija. También parecían hablar de algo importante. Me agaché junto a Diana y le tiré de la lengua:

—Venga ya, ¿me lo vas a contar?

Diana se secó las lágrimas de los ojos, aún sin haber recuperado del todo el resuello y me confesó:

—No sé si me he acostado con él.

Ahora era yo la que no lo entendía. Maldije las jarras de rebujito. ¿Qué coño quería decir Diana con que no sabía? Debió de leer la confusión en mi cara porque puso su mano sobre la mía y continuó:

—Sí, querida, toda la vida esperando ese momento, y resulta que lo último que recuerdo es que estábamos muy acaramelados en el sofá. Nos cargamos varias botellas de alcohol, así que cuando me desperté, me había quitado el vestido pero aún llevaba puestas las braguitas. Él dormía profundamente, con la cabeza en el otro extremo del sofá, tan desnudo como su madre lo trajo al mundo, pero no recuerdo absolutamente nada de nada.

Me llevé las manos a la boca. ¡No podía ser cierto!

—¡Qué putada, Diana! —la miraba condescendiente, no sabía qué decir.

—Encima cuando volví a casa de trabajar me había llenado el salón de flores, Salo, no te lo puedes imaginar, completamente lleno, por todos los lados —se secó con un extremo de un pañuelo los ojos, con mucho cuidado de no estropear el rimmel—. ¡Y no sé qué quiere decir! ¿Que fue fantástico o se está excusando por no haber llegado a nada?

No pude contener la risa y ahora me eché a reír yo. Esto era digno del guión de una comedia romántica. Diana me pegó un codazo y me pidió que parara, debía de ser su mayor frustración. Pero la situación nos superaba y no podíamos evitarlo. Ella continuaba sacándole todo el jugo a la situación:

—Después de todo, me quedo con las ganas de saber si folla bien, amiga —la risa nos estaba matando, empezaba a necesitar rápidamente un cuarto de baño—. Imagínate que tragedia, ahora no sé qué hacer, si insistir para una segunda vez o dejarlo estar.

Me hubiera tirado por el suelo. Sentía agujetas en los abdominales de tanto reír. Las otras dos, curiosas por tanto escándalo y deseando participar también en la fiesta, desandaron sus pasos y preguntaron qué pasaba:

—Pasa que aquí la amiga Diana no se acuerda de si le echó un polvo al último que pasó por su piso.

Mariluz puso los ojos como platos. Tocaba rapapolvo, que Diana esperaba mordiéndose los labios. Noté que pese a todo, agradeció que hubiera mantenido en absoluto secreto la identidad del susodicho y lo que él significaba en su vida.

—Estoy intentando decidir qué debo hacer: si pedirle una segunda cita o interpretarlo como una señal inteligente de mi cerebro que me dice que lo deje estar.

Mariluz estalló con su reprimenda, pero estaba demasiado borracha como para que la tomáramos en serio:

—Por dios, sois unas degeneradas. La primera no sólo es una promiscua sino que ya ni siquiera sabe lo que hace con cada tío al que mete en su cama —dijo refiriéndose a Diana—; y la segunda es un putón verbenero que echó a su marido de casa por engañarla con otra y ahora se está follando a un tío casado sin mirar para ningún lado. Ole ahí. Vivan mis amigas promiscuas y su congruencia.

El tono sarcástico de Mariluz hizo que volviéramos a morirnos de la risa, creía que me iba a estallar la cabeza en cualquier momento. Nos levantamos del bordillo con mucho trabajo, queriendo echarle la culpa a nuestra cogorza pero sabiendo que los cuarenta tacos que nos pesaban ya en las espaldas tenían algo que ver, y de camino a la última caseta quisimos aclarar con Diana cómo iba a afrontar la situación.

—Pues intentaré averiguarlo, claro, estudiaré sus respuestas. Queridas, me conozco muy bien para saber los efectos que produzco en un hombre que ha gozado de mis favores, sabré interpretar las señales. Aunque realmente, no sé qué respuesta quiero escuchar.

Nos lo tomábamos con humor, pero lo cierto era que tenía que resultar realmente frustrante no recordar el momento más ansiado de tus últimos veinticinco años. ¿Querrías tú saber si finalmente te has acostado con el amor de tu vida, si en verdad, no recuerdas nada de nada? ¿Aún así, te merecería la pena por el simple hecho de saber que por una noche ha sido tuyo?

4 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Por fiiiiin se sabe lo que pasó con Diana y el ex poli!! Bueno….o lo que no pasó….😂😂😂😂 Que buenas risas me eché leyéndolo, Raquel. Jajaja! Veía perfectamente a Diana y a Salo en la acera del Real partiéndose de risa. No hay nada mejor que unas buenas risas sanas entre amigas….de esas en las que te acaba doliendo el abdomen de tanto reír! 🤣🤣🤣🤣 Fantástico como siempre! 😘😘😘

    1. Raquel Tello says:

      ¿Tú te crees que después de soñar toda la vida con ese momento, vas y no te acuerdas de nada?
      Porque les ha dado por reírse mejor que por llorar…
      Ay, mi loca Diana…
      Gracias por seguirme, Rebeca

  2. Lolita says:

    Me encanta Diana y Salomé pero que decir de Mariluz, me encanta porque cuando habla es clara como el agua .

    Que cierto es que unas risas entre amigas lo cura todo .

    Me enamoro de los personajes en cada relato, Raquel

    1. Raquel Tello says:

      A medida que las vayamos conociendo más serán como parte de nuestro grupo de amigas.
      Yo sé muy bien los personajes preferidos de cada cual, Lolita.

      Ellas no son iguales, lo saben, lo aceptan. Y se quieren como son.
      Besos mil.

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