el profesor de defensa personal

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Estaba preparando la cena cuando sonó el móvil de Enrique. Ya había anochecido y él acababa de salir de la ducha. Estaba guapísimo con esa ropa deportiva ancha y el pelo húmedo revuelto. Le dio un cachete cariñoso al pasar por su lado y desconectó el aparato del cargador junto a la lamparita de la entrada, antes de contestar.

—Hola Laura, ¿qué tal? —lo escuchó responder.

Enseguida, el corazón le dio un vuelco. ¿Quién era Laura? Enrique empezó a caminar arriba y abajo por la casa, como hacía casi siempre que mantenía una conversación al teléfono, mientras ella fingía indiferencia y hacía como que prestaba atención a las noticias de la televisión.

—¿Cómo dices? —Enrique parecía sorprendido. La voz femenina al otro lado de la línea se distinguía desde donde ella se encontraba—. ¿Pero tú estás bien?

El inconfundible llanto de la mujer llegó hasta sus oídos, en tanto que Enrique intentaba calmar a aquella desconocida.

—Tranquilízate —le decía dulcemente—, tranquila. Escucha, ¿quieres que te acompañe?

Mierda. Volvió la cabeza hacia donde estaba su chico con cara de circunstancia. ¿Acompañar a quién? ¿Qué estaba pasando?

—Claro que no, no es ninguna molestia. En cinco minutos paso a buscarte.

Colgó y se sentó apresuradamente en el taburete de madera de la entrada para calzarse sus zapatillas deportivas. Ella se acercó con el paño de cocina aún en la mano, buscando una explicación:

—Una de las alumnas del curso de autodefensa para mujeres que impartí el mes pasado. Acaba de ser atacada en la puerta de su casa por un tipo que quería dormirla con cloroformo. La policía cree que puede tratarse del tío ése, el asesino del pañuelo, y le han pedido que vaya a la comisaría a poner una denuncia.

Estaba realmente sorprendida, pero la única pregunta que se le ocurrió fue:

—¿Y por qué te llama a ti?

Enrique suspiró y levantó la mirada de sus pies.

—Pues no sé, cariño. Está sola y ha salido del paso poniendo en práctica lo que aprendió en las clases. Supongo que está acojonada y habré sido el primero que le ha pasado por la mente.

No le tranquilizaba aquella explicación, pero se pegó un bocado en la lengua antes de insistir:

—¿Y tienes que ir tú?

Entonces, él se levantó del taburete y la miró de un modo que no esperaba.

—No tengo que ir yo, quiero ir yo. Es diferente. Ya hemos hablado de esto, Lucía. Trabajo con mujeres, y tienes que aceptar que me relacione con ellas. Hace tan sólo dos semanas que nos hemos venido a vivir juntos y ya es la tercera escena de celos que me montas. No me hagas pensar que no ha sido buena idea, por favor.

—¿Y por qué tiene tu número de móvil? —insistió.

—Todas mis alumnas lo tienen, Lucía. Creamos un grupo de whatsapp al comienzo de cada curso, ¿recuerdas?

—¿Y cómo sabes tú donde vive?

Él levantó las manos, desesperándose.

—Ahora no, de verdad. Tengo que salir. Volveré lo antes posible —dijo cogiendo las llaves del coche y echándose el abrigo sobre los hombros —. Cena tú, no sé cuánto podremos tardar.

Salió dando un ligero portazo y negándole un beso de despedida y ella permaneció varios minutos más de pie, mirando la puerta cerrada por donde había salido el hombre del que estaba enamorada, intentando canalizar los celos enfermizos que le subían desde el estómago.

Le resultaba difícil creer que sólo la quería a ella, por más veces que se lo hubiera repetido durante el año que hacía que salían juntos. Habían tenido varias broncas de campeonato que habían estado a punto de romper la relación, pero ella le había pedido una última oportunidad de demostrarle que cambiaría. Pensaba que viviendo con él lo sentiría más suyo y todos sus miedos se disiparían, pero no había dado resultado. Y ahora se lo imaginaba conduciendo, con una desconocida llorando desconsolada en su hombro,  y le entraban ganas de liarse a puñetazos con las paredes.

Dejó el paño de cocina sobre la encimera, subió a la habitación, y conteniendo las lágrimas que notaba pugnando por salir, echó en una bolsa de viaje muda para unos cuantos días.

Salió de la casa dejando la cena a medio preparar y las luces encendidas. En la tele, alguien hablaba del cambio climático.

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