El príncipe que se convirtió en rana -X-

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En lo que a organización del hogar se refiere, es raro encontrar a una mujer entre cien que no se queje del desigual peso que soportan con respecto a sus parejas.  Si hablamos de los hijos, el porcentaje de responsabilidad para el equipo de las chicas se acerca al cien por cien, aunque eso tristemente no signifique que ganamos. Si la mujer fue capaz de entrar en el mundo laboral y adaptarse de forma inmediata a todo lo que conllevaba su nuevo papel en la sociedad, hagamos autoanálisis: ¿qué estamos haciendo mal para que tantas décadas después los hombres sigan sin involucrarse del todo en la gestión familiar?. Y sobre todo, ¿es ésa la causa de que las mujeres acabemos desengañadas del príncipe azul o es que todos los amores ciegos han ido al oculista?

Aquella tarde, como tantas otras después de trabajar, estaba tomando un café en el parque donde solían jugar mis hijos, cerca de casa. Por la mañana, el cole había permitido que los niños asistieran con sus disfraces de Halloween, y estaba claro que ninguno había querido desprenderse del suyo, porque el lugar estaba tomado por muertos vivientes, vampiros, esqueletos, brujas y momias de todas las edades.  Yo chateaba con mi señor Eme, mientras intentaba no perder de vista a mis hijos entre tanta parca con guadaña, cuando vi acercarse a Emi, empujando el carrito de la muñequita que tenía por bebé, y con Pablo, su hijo mayor, a su lado, disfrazado de payaso diabólico.

—Hola preciosa, ¿no trabajas hoy? —le pregunté cuando se sentó conmigo.

El niño desapareció en el parque, buscando a los míos, antes de que su madre pudiera preguntarle si quería merendar. Emi se dejó caer agotada en la silla.

—Ya he trabajado. He salido a las cinco, esta semana estoy de tarde. ¿No se me nota en la cara?

—No, estás estupenda. ¿Qué quieres tomar?

Cogí a la pequeña en brazos, como cada vez que nos veíamos, aprovechando para oler ese aroma adorable de bebé que tan pronto se esfumaba. Emi pidió un café negro bien cargado y aproveché el momento para despedirme de mi chico hasta el día siguiente, mandándole besos virtuales y recibiendo los suyos. Cuando aparté el móvil a un lado, me preguntó:

—¿Cómo va tu historia?

—Muy bien —respondí con una sonrisa espontánea—. Desde que abro los ojos cada mañana estoy esperando sus buenos días. Ya no puedo empezar la jornada sin ellos, es como una droga.

—¿No te ha pedido quedar otra vez?

—Sí, pero él es un hombre muy ocupado, siempre va mal de tiempo. A ver si encontramos la ocasión.

—¿No lo has vuelto a ver?

—Bueno, el otro día estábamos hablando por teléfono y me pidió que saliera a la puerta del hotel, yo pensaba que era porque tenía mala cobertura. Pero al momento, pasó con el coche, paró un segundo delante de la entrada, bajó la ventanilla y cuando me agaché para saludarlo, aún con el teléfono pegado a la oreja y los ojos como platos, me dio un beso muy tierno y se fue sin más. Y luego siguió hablándome por el móvil como si no hubiera pasado nada, ni siquiera me preguntó qué me había parecido la sorpresa.

—Oh, qué romántico.

—Me desubica, Emi, me pone una sonrisa de boba en la cara que no puedo evitar.

—Uyuyuy, aquí hay una que se está enamorando —bromeó.

—No, aún es pronto. Pero me gusta muchísimo. No creas que voy a tardar.

Debió de notar mi voz tristona, porque enseguida me dijo:

—Pues mira, ¿sabes que te digo? Que aproveches el momento, no sabes cómo te envidio. Me encantaría comprarme una vida nueva, si pudiera.

—Anda, no seas exagerada.

—Estoy quemada, Salo. Dos matrimonios, un hijo de cada uno y acabo en el mismo punto. Qué mala suerte he tenido con los hombres.

Me quedé sin palabras. Ya sabía que Emi no era feliz, pero no que se sintiera tan fracasada.

—Estoy cansada de tirar del carro. Todo recae a mis espaldas. Ya hemos hablado muchas veces de que la convivencia es el cáncer del amor, pero esto ya es insostenible…tengo tres hijos, en vez de dos.

—Voy a hacer de abogado del diablo, Emi, pero ya sabías que él era así cuando te casaste.

—Sí, sabía que no era Mr. Proper, pero es que no te imaginas hasta qué punto puede llegar su incompetencia. Me llama trescientas veces al día para preguntarme cómo se pone la lavadora, cuántos cacitos tiene que echarle al biberón de Cristina, qué yogures tiene que comprar o cuál es la clave de la tarjeta del banco. Todo, Salo. Soy sus pies y sus manos, y no precisamente porque yo quiera serlo.

Cogí el babero para limpiarle la barbilla a Cristina, que andaba entretenida con un paquete de gusanitos.

—No sé qué decir.

—Y encima, ¿te cuento la última? Me ha dado tanta vergüenza que ni os he comentado nada.

—¿Qué ha pasado?

—¿Te acuerdas del trabajo que le salió hace un par de semanas, pintando aquel edificio de oficinas?

—Sí, claro.

—Pues hace dos días me cuenta que lo ha dejado. Porque se estresa y porque no se siente valorado. Dice que ésa no es su vocación, que él no sirve para ser pintor de brocha gorda, que lo que quiere es pintar cuadros, que está matando su vena artística.

—Con dos pares.

—Y eso me lo dice a mí, que trabajo a turnos en un supermercado y cuando llego a casa, tengo todo por hacer. A ver, si él no trabaja, ¿no debería yo sentirme como una reina? ¿Llegar y encontrarme todo limpio y recogido, la comida preparada y los niños atendidos? Es lo que yo haría, lo que hace cualquier ama de casa. Pues no, hija, es una rémora chupasangre. Y encima nos hace falta el dinero, Salomé.

—Si necesitas que te preste algo, ya sabes que puedes contar conmigo.

—Sí, hombre, tú y yo hartas de trabajar para que él esté tirado en el sofá esperando a la musa.

—¿Por qué no hablas con él?

—Porque no me apetece. Estoy tan enfadada que lo querría mandar a casa de sus padres o al pasado, lo que ocurriera antes.

Me eché a reír y le dí un beso y un abrazo, con la pequeña Cris aprisionada en medio de nosotras. Pero era cierto. La mujer había entrado en el mundo laboral, ¿cuándo iba a entrar el hombre en el hogar? ¿Oculta cada hombre una rana en su interior?

 

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