El primer te quiero -XV-

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Cuando una mujer quiere presumir de liberada e independiente, una de las primeras cosas que esgrime como baluarte de su ideología es la capacidad de tener sexo sin amor. Queremos igualdad con el hombre en el trabajo y en las responsabilidades domésticas, ¿por qué no en su manera de gestionar la sexualidad? Aunque con claras y envidiadas excepciones, la mayoría de las mujeres somos incapaces de disfrutar del sexo con alguien por el que no acabemos perdiendo la cabeza antes o después. ¿Es esto una condición intrínseca al sexo femenino? ¿Es inútil que nos esforcemos en mantenernos asentimentales, si sabemos que nuestra fachada está construida de pladur? ¿Podemos las mujeres tener sexo sin enamorarnos?

Aún no les había contado a las chicas mi encuentro subido de temperatura con Eme, ni que habíamos traspasado la línea del simple coqueteo. Sabía que al hacerlo, tendría que escuchar cosas que no quería y prefería seguir disfrutando algunos días más de aquel recuerdo que, de momento, era sólo nuestro. Me gustaba cerrar los ojos y rememorar instantes de aquella tarde, hasta que llegaba incluso a sentir su aliento cálido en mi cuello. Pero tenía que obligarme a parar porque su simple recuerdo lograba excitarme.

Eme también parecía más cercano desde entonces y me mandaba pensamientos en forma de mensajes de móvil con más frecuencia de lo habitual.  Aquella tarde, aproveché para llevar yo la iniciativa y mientras me tomaba un café en la azotea del hotel,  le envié una foto de las vistas, con un “te echo de menos” en el comentario. A los pocos segundos, él me respondió “yo a ti también” y me avisó de que iba conduciendo hacia una reunión. No quise entretenerle con el móvil, no quería provocar un accidente. Me dijo “luego te llamo” y yo le respondí “ok”. Estaba saliendo ya de la aplicación cuando me llegó el siguiente mensaje:

“tq”

Me quedé mirando aquellas dos letras, con el corazón estrangulándome el pecho. ¡Aquello era un atraco a mano armada a mi proyecto de mujer emocionalmente independiente!. Ya me costaba mucho aceptar los límites de nuestra relación y había sido duro encontrar un marco dentro de mi estructura de pensamiento donde ubicar lo nuestro, que me permitiera vivir con ello y disfrutarlo. Se me pasó por la cabeza que quizás aquellas dos letras pudieran significar otra cosa, pero había poco lugar a dudas. ¿Por qué lo había dicho? Si yo era capaz de contener mis sentimientos, siendo una mujer, que se suponía más vulnerable, ¿por qué él, que no tenía necesidad, había sucumbido a la tentación? ¿Las había escrito a la ligera? Para mí era importante decir te quiero, no era algo que hubiera dicho a lo largo de mi vida en demasiadas ocasiones, y desde luego, no me sentía orgullosa de aquéllas en las que no lo dije de verdad. Me había hecho la promesa de que no volvería a hacerlo.

Tic tac.

El margen de tiempo para responder pasaba y una vez que lo hiciera, ya no habría vuelta atrás. No se podía decir “yo también” al cabo de dos horas, perdía sentido. O le contestaba entonces o le daba la callada por respuesta. Le pregunté a mi corazón, le pedí que se despojara de todos los clichés, de todos los convencionalismos y que me respondiera a la pregunta: ¿quería yo al señor Eme?. Y la respuesta fue meridianamente clara y ensordecedora. Pero necesitaba que se expusiera un poco más y sólo le respondí:

“Ohhh”.

Eme está escribiendo…

“Ya me voy soltando”,

me envió, y me lo imaginaba con su preciosa sonrisa en la cara, con una mano agarrando el volante y la otra mirando el teléfono. Un poquito más señor Eme, pensé, vamos a mojarnos de verdad. Así que insistí:

“¿Qué pasa? ¿Te da miedo escribirlo con todas sus letras?”

“Te quiero”.

No se hizo esperar. Rotundo, inmediato, eficaz.

Se me cayó el blindaje de acero al suelo, junto después de mis braguitas, y tuve que responderle:

“Yo también, amor. Te quiero”.

Y así, con dos letras, inauguramos una fase más íntima de nuestra relación, nos dijimos que estábamos dispuestos a vivir un ROMANCE con mayúsculas y, sobre todo, di carpetazo a mi proyecto de mujer moderna y desvinculada, porque en esta relación, estaba dispuesta a exponerme, a dejarme llevar y a implicarme con todos mis sentimientos, por muchas alertas en contra que pudieran aparecer en el camino. ¿Es que alguna de vosotras podría hacer lo contrario?

6 Comentarios

  1. Núria says:

    No tienes un dibujito de carita con mandíbula desencajada?

    1. Raquel Tello says:

      Ay, querida, y qué vas a dejar para más adelante? Jaja

  2. Rebeca says:

    Ohhhhhh……muero de amor! 😍😍😍😍😍

    1. Raquel Tello says:

      Y Salomé, Rebeca, y Salomé. Ella se esfuerza en mantener una distancia prudente, pero el señor Eme no se lo va a poner fácil.

  3. Ana Lara says:

    Hola Raquel, me encanta tu historia con el Señor Eme y me siento tan identificada con tus reflexiones que hasta podría ser la protagonista, te Seguire muy atentamente.
    Un saludo

    1. Raquel Tello says:

      Hola Ana, me alegro de que te sientas identificada. De eso se trata, creo que en todas las mujeres hay historias que podrían ser universales.
      Espero que sigas conmigo esta historia hasta el final. Un abrazo!

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