Un poco de competencia sana -XXX-

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A menudo me pregunto en qué momento el ser humano decidió que no estaba del todo bien decir y actuar según pensara, y que sería más recomendable revestir su comportamiento con una capa de diplomacia. Desplegamos nuestro juego sobre el tablero, a veces, sin el convencimiento ni las ganas de realizar determinados movimientos, sólo para responder a una afrenta, y no pensamos en las consecuencias. ¿Cuánto tiempo ahorraríamos si no tuviéramos que interpretar palabras de nadie? ¿Cuánto tiempo duraba el efecto placebo de la revancha?

El lunes me desperté con un madrugador “Buenos días, princesa” de Eme. Yo aún guardaba un poco de resentimiento hacia él por aquella confesión abrupta, así que decidí no responderle por el momento. Seguramente era una estupidez por mi parte pensar que eso le haría sufrir un poco, pero a mí me fortalecía el orgullo y empecé la mañana ignorándolo y sintiéndome bien por ello.  Sólo cuando hube dejado a los niños en el cole y emprendí el camino hacia el trabajo le contesté con mi “buenos días, amor” correspondiente. Quiso saber si estaba más tranquila, así escrito: “¿Estás más tranquila?”, como si me hubiera visto llorar a moco tendido en el coche, ¿qué se creía?

Le respondí, “¿A qué te refieres?”, haciéndome la interesante. Cambió su estrategia y me preguntó por mi fin de semana, y yo le respondí bastante aséptica que había sido maravilloso y repleto de planes. “Te echo de menos”, me escribió. Dios, cómo era capaz de ablandarme con una diminuta muestra de cariño. Insistió en que tenía muchas ganas de poder estar un rato a solas y volvió a proponerme aquella escapada a su casa de Portugal. Yo estaba tan necesitada o más de su afecto pero se me cruzó una idea horrible por la mente y le pregunté: “¿También la llevaste allí a ella?”. Me arrepentí de inmediato, ¡malditos dedos!, eso sólo confirmaba mi fragilidad y que realmente estaba dolida. Pero su respuesta me reconfortó: “Ella pertenece al pasado. Se acabó hace tiempo. Ahora sólo me importas tú. Pero no, nunca la llevé allí”. Casi llegando al hotel le envié un “Lo pensaré”, y él contestó con el segundo “Te amo” de nuestra historia, que yo volví a dejar sin respuesta.

En el trabajo, según lo acordado, aquella mañana debería conocer la decisión de la madrileña sobre si finalmente decidía cambiar su reserva en el Renacimiento por la de mi hotel y fui directa a mi bandeja de entrada para comprobar si había alguna novedad. Nada por el momento. Mi  jefe me preguntó en un par de ocasiones a lo largo de la mañana, también él  estaba expectante. Me puse a trabajar en otros asuntos, pero sobre las doce empecé a impacientarme. Era vital saber si debía empezar a mover mis reservas a otros hoteles, así que decidí llamar a Víctor.

Respondió con amabilidad y se sorprendió de que aún no tuviera respuesta desde su central. Excusé mi interés mintiéndole sobre otra petición que había recibido el fin de semana, y acordó hablar con su compañera y averiguar qué ocurría. Dos horas más tarde me devolvió la llamada:

—Salomé, tengo noticias. ¿Te pillo comiendo?

—No —le respondí—, aún no he comido. Cuéntame.

—Mira, yo tampoco. ¿Qué te parece si nos tomamos algo juntos mientras te cuento?

Se encendieron mis alarmas: estaba claro que el tipo quería aprovechar la coyuntura para volver a verme. Por un momento, pensé en rechazarlo elegantemente, pero al segundo siguiente recordé mis celos feroces por el affaire anterior de Eme, y me dije que quizás un inocente tapeíllo con un hombre tan atractivo reforzara mi dañada autoestima.

A los diez minutos ya estaba esperándole en un bar a mitad de camino entre su trabajo y el mío. Llegó poco después que yo, saludando al personal detrás de la barra, se notaba que era cliente asiduo del local. Me saludó con dos besos y pidió una copa de Ribera, para acompañar a la que yo ya me estaba tomando.

—Bueno, Salomé, mi compañera ha estado toda la mañana en un curso, por eso no ha podido ponerse en contacto contigo.

Aguardé más información.

—Efectivamente, ha decidido cancelar la reserva que tenía en el otro hotel y confirmar en el tuyo.

Me dio tanta alegría que me levanté del taburete donde estaba apoyada y le di un abrazo. Vïctor recibió mi entusiasmo con una gran sonrisa.

—Te enviará un email esta tarde, con los detalles de fechas y número de habitaciones, salas y demás.

Yo seguía sonriendo, feliz de haber conseguido el proyecto y deseando poder contárselo a mi jefe cuanto antes. Levantó su copa de vino y propuso un brindis:

—Por las mujeres brillantes. Tu recibimiento del viernes fue clave para que ella se decidiera. Enhorabuena.

Me sentí  un poco abrumada por el halago y le di las gracias antes de pegar otro sorbo a mi vino. A través del cristal de mi copa veía los ojos de Vïctor fijos en mis labios.

5 Comentarios

  1. Manuel Ch says:

    Pues sí. Salomé se ha rayado con celos infantiles. Culpa del otro también… A ver qué falta hacía mencionarle a nadie.
    Cuántas rayadas es capaz de soportar una mujer que viene de vuelta? De un divorcio? No muchas, creo.

    1. Raquel Tello says:

      Efectivamente, Manuel, todo viene provocado por el comentario de Eme. Él lo hace despreocupadamente porque él tiene una visión de la vida muy distinta. Lo que pasó forma parte de su pasado, y ahí se quedó. No afecta a su presente, ni a sus sentimientos por Salomé. Ella, sin embargo, como muchas de nosotras, sigue viendo las cosas de otra forma, con miedo e inseguridad, un buen caldo de cultivo para los celos, ¿no crees?

      1. Manuel Ch says:

        Él comete un fallo enorme al mencionarle a ella la anterior relación. Impropio de un hombre supuestamente sofisticado y con experiencia. Él puede ver la vida como le de la gana. Pero no puede pretender que ella vea las cosas del mismo modo.
        La reacción de ella es normal, por más que infantil sea.
        No se siente única. De ahí nace todo…

        1. Raquel Tello says:

          Pues no puedo estar más de acuerdo contigo, de que el comentario de Eme le hizo daño y de que no se siente única.
          Pero ahora dime una cosa: ¿debemos hacer lo que los demás esperan de nosotros? ¿o actuar según nuestra forma de ser auténtica?
          Eme es así, si actuara para complacer a Salomé, dejaría de ser Eme. Quizás ése sea el motivo por el que Salomé no se siente única, porque lo ve autosuficiente y con una coraza dura.
          Alguien dijo alguna vez que sólo porque alguien no te quiera como tú deseas ser querido no significa que no te quiera con todo su ser.

          1. Manuel Ch says:

            Podemos ser nosotros mismos en todo momento, sin dejar de ser auténticos y a la vez, tener muy en cuenta a quien tenemos al lado. Sobre todo, no lastimarla a drede o por torpeza.

            Y si alguien no me quiere como deseo ser querido, mejor no me quiera… Para quererme como le dé la real gana, sin tener más en cuenta que su propio ego, se busque a otra persona.
            Para egoístas, me basto solo.

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