El olfato de la esfinge -II-

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Cualquiera conoce que los felinos poseen un extraordinario sentido de la vista y del oído. De su olfato se sabe menos, y de su sexto sentido casi nada.

Catusa se ha acomodado entre los cojines de la cama, escuchando el ruido de las gotas de la ducha resbalando por la piel de Diana durante mucho rato. Tras cerrar el grifo, la puerta entreabierta del baño le ha ofrecido el espectáculo de sus manos repartiendo aceite por todas las curvas, sobre cada poro, antes de abandonar el plato de ducha. Apenas se ha secado con una toalla de rizo americano, y salido del baño a la habitación completamente desnuda y canturreando.

Catusa entre los olores de gel y aceite corporal, detecta un aroma especial. Hoy su dueña huele especialmente a mujer, a hembra receptiva y, eso no lo recordaba en ella.

Nunca se ducha tan temprano salvo que vaya a salir. Parece que hay cena. Ha sacado una ropa interior maravillosa, delicada y tan transparente, como nunca antes había usado. Se ha puesto ambas prendas, y girando despacio frente al espejo del cuarto, ha terminado por guiñar un ojo a su propio reflejo.

Se ha maquillado con todo detalle: discreta y de un efecto llamativo, casi esplendoroso.

Tras colocarse un vestido negro y bien ceñido, ha rebuscado complementos tan elegantes, que Catusa ni imaginaba que pudiera tener guardados. Calzando los tacones más altos del zapatero, ha revuelto el pelo suelto tras extender el serum por las puntas. Ah, y se ha echado perfume en el cuello y en algún otro lugar.

Catusa ni ha pestañeado ante el espectáculo, interrogando todo el tiempo a su sexto sentido. Estática como una esfinge, ata cabos e imagina lo que está por venir en las siguientes horas.

Se abanica con la carterita de Gucci en piel negra que ha elegido, mientras se despide.

—Adiós Catusa.

La gata responde lánguida…

—Miau.

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