¿No es verdad, ángel de amor? -XI-

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No serán pocos los hombres que se habrán preguntado alguna vez por qué las mujeres preferimos siempre a los chicos malos de la película antes que a los buenos. Cuanto más canallas y más chulescos, más enganchadas acabamos. ¿Qué hay detrás de esa conducta? ¿Es acaso una apuesta contra nosotras mismas, en la que nos decimos, “sí, ya sé que no es fácil enamorarte, pero yo voy a conseguir que pierdas la cabeza por mí”? ¿Es un desafío que busca sólo nuestro refuerzo emocional? ¿Sentirnos diferentes? ¿Únicas? Y sobre todo, ¿se acaba el juego cuando se consigue el trofeo?

Todo este pensamiento enmadejado me asaltó cuando Diana nos invitó a las chicas a cenar para celebrar su cuarenta y dos cumpleaños. Estuve a punto de caerme de la convocatoria, porque ese finde me tocaban los niños y siempre intentaba reservarme para ellos, pero a Diana no se le podía llevar la contraria y el sentimiento de culpa me duró el tiempo que tardó la canguro en llegar a casa y acomodarse junto a los enanos con una pizza por delante y una peli de dinosaurios a punto de empezar. Las chicas insistieron en ir a Voraz, estaban deseando conocer el restaurante después de las fotos del menú que disfruté con Eme, y a mí me pareció una bonita forma de rendirle un homenaje secreto a nuestra historia.

Hice los honores recomendado algunos de los platos que más me gustaron y elegimos otros nuevos a sugerencia de la encantadora encargada de nuestra mesa. Diana, radiante en esa noche que amenazaba lluvia, nos tenía desternilladas de risa relatando la última de sus extrañas anécdotas con una compañera de trabajo, cuando para nuestra sorpresa, apareció…¡don Juan Tenorio! Habíamos llegado tan enfrascadas en nuestra conversación, que no habíamos reparado en los carteles que anunciaban que aquella noche había microteatro en Voraz. El galán sevillano se paseó con elegancia entre las mesas, fardando de sus hazañas en la batalla y de sus habilidades con las mujeres, y acompañando su declamación con seductoras miradas a las féminas presentes, especialmente a Diana, que le correspondía con una de sus terribles miradas de depredadora. En la sala se había hecho el silencio y daba gusto disfrutar de un poco de cultura con una copa de vino en las manos. El primer acto acabó y continuamos cenando, aún fascinadas por el espectáculo y alabando la genial iniciativa de incluirlo maridado con una buena cena. Bromeamos con la posibilidad de que Diana nos acabara cambiando al final de aquella noche por el actor que encarnaba a don Juan y ella, pícara como siempre, nos confirmó que intercambiaría su tarjeta con él, pero que esa noche estaba reservada para nosotras. Les pregunté si conocían la historia del Tenorio, y me confirmaron que sólo someramente, así que aproveché para contarles con detalle la famosa obra de Zorrilla. Aquello desató un debate sobre el verdadero amor, que se vio interrumpido sólo minutos después, con la representación del segundo acto, el del intento de seducción de la novicia doña Inés. Los archiconocidos versos que don Juan le dedica a su amada nos elevaron a las cuatro a un estado de sensibilidad emocional, que una vez que aquél hubo dado muerte a don Luis Mejía, poniendo fin a la representación, hizo que el debate entre nosotras, continuara.

Las posturas, claramente enfrentadas: si bien Mariluz creía en lo sincero del amor de don Juan, Diana y Emi pensaban que de haber consumado su amor, la historia no hubiera sido tan eterna.

—¿No son todas las grandes historias de amor breves y fugaces? Es necesario que sea así. ¿No os dáis cuenta? Si se perpetúan, se transforman en otra cosa —decía Diana.

—Por favor, el amor no son los primeros momentos. No se puede vivir en un continuo estado de delirio, sería físicamente extenuante —le espetó Mariluz.

—Inés se sintió amedrentada porque un galán con la experiencia de don Juán de repente estuviera postrado a sus pies —intervino Emi mientras rellenaba nuestras copas—. Ella, que no había salido nunca del convento. ¿No refuerza eso la teoría de que cuanto más imposible más apetecible? Chicas, vamos, reconozcámoslo, nos gustan los malotes.

Yo me divertía escuchando sus opiniones y atestiguando lo diferentes que éramos cada una de nosotras. Sin embargo, participé poco en la conversación. Me entristecí, de repente, con todas esas reflexiones, que me dieron sin pedirlo un toque de atención sobre lo limitada que era mi relación con Eme. Con él, estaba condenada a ocultarme, nunca habría una cena, ni un fin de semana, ni un viaje. ¿Significaba eso que mientras fuera así nuestro amor no se apagaría? Estaba confundida. ¿Me había obsesionado con ese hombre por el simple hecho de que no lo podía tener o eran fundamentados mis sentimientos? ¿Cómo debía actuar? ¿Debía disfrutar de lo que teníamos, aunque eso implicara mantenernos en la clandestinidad? ¿O iba a empeñarme en conseguirlo totalmente, con el riesgo de que el tiempo hiciera lo habitual: desgastarlo todo?

2 Comentarios

  1. Laura Frost says:

    El tiempo puede ser nuestro peor enemigo, pero también nuestro mejor aliado. Sin embargo, suele ocurrir un “insight”, una mariposa que bate sus alas en un parque de Brocklin… ese es el momento en el que el sistema muta, y da origen a otro universo. Lo que hagamos con él está en nuestra mano, solo es cuestión de tiempo y de paciencia. Lo que se asienta sobre la complicidad, el humor y la comunicación… bueno, eso no lo tumba nadie. Ni el tiempo. Salomé lo sabe… Diana también, aunque sea una frívola. Yo adoro a las frívolas, ya lo sabes. Felicidades!
    PD. A mi el Tenorio siempre me ha resultado un tostón, jajaja…

    1. Raquel Tello says:

      Comprendo tu visión del efecto mariposa, aunque convendrás conmigo en que todos esos universos son tan frágiles, amiga.
      Claro que hay cosas que serán para siempre, y nadie, ni siquiera Salomé, ni siquiera Eme, las podrán cambiar. Serán eternas.
      Gracias por tu comentario, Holly Golightly!
      P.D.: El Tenorio y ese tipo de clásicos me gustan por lo que tienen de clásicos. El otro día precisamente leí que Shakespeare había querido frivolizar con su obra más universal, precisamente estos amores desproporcionados hasta el ridículo. Ya ves, le salió rana y hoy en día sus personajes son el estereotipo del amor. Nuestro Cervantes, sin embargo, consiguió su objetivo mucho mejor.
      Besitos a raudales.

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