No todos los silencios valen más que mil palabras (Cap. 9)

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Resumen del capítulo anterior: Rodrigo se presenta  en una preciosa Harley-Davidson a recoger a Mariángeles en la peluquería, y aunque ella intenta negarse, acaba aceptando una segunda cita con él.

Salir de Barcelona montada en esa máquina con dos ruedas fue una sensación que no olvidaría en muchos años. Me agarré a la parte posterior del asiento con las dos manos, pero cuando Rodrigo dejó las calles de la ciudad para tomar la Ronda Litoral dirección sur y la velocidad empezó a aumentar, me abracé a su cintura.

Fue raro tocar su cuerpo por primera vez sin permiso, tan sólo obligada por las circunstancias. No moví mis manos ni un solo milímetro durante todo el trayecto pero, a través de su fina camisa de lino, adiviné un torso bien moldeado, y fantaseé con la idea de arrancarle la camisa y explorar aquel cuerpo que parecía esculpido en mármol.

Por un momento, pensé que me llevaba a Sitges, pero a unos veinte kilómetros de Barcelona dejó la autopista en dirección a Castelldefels. Nunca antes había estado allí. Condujo por el paseo marítimo, ralentizando de nuevo la marcha y consiguiendo con su velocidad de crucero que lo liberase de mi abrazo. No tenía confianza con él como para seguir enganchada a su cuerpo y por un momento tuve miedo de que se me pudieran notar en la cara los pensamientos subiditos de tono que había tenido hacía unos minutos.

Nos bajamos de la moto y él sacó de una alforja de cuero una bolsa. Me pidió el casco, amarró la moto y nos pusimos a andar por la arena hacia la orilla. Ya no había mucha gente. Los que habían ido a pasar el día se marchaban a casa y nos concedían algunos minutos de soledad antes de que los que vendrían a disfrutar de la noche hicieran aparición.

Nos sentamos a mitad de camino entre el paseo y la orilla. Rodrigo se dispuso a montar el pequeño picnic, con mantelito incluido: dos refrescos de cola, aceitunas, patatas chips y dos sándwiches vegetales. ¡Le faltaba una velita para haber sido cuqui total! ¿Qué tipo de hombre se acuerda de echar un mantelito para tomarse un sándwich en la playa? Se excusó por haber elegido por mí sin conocer mis gustos, consiguiendo ablandar mi actitud recelosa con sus continuas muestras de buenos modales.

Como me sentía en deuda con él por haberle tratado hasta ahora con tanto desdén, empecé a hablarle de mí. Una pequeña Mariángeles en mi interior se afanaba en amordazarme  para hacer que me callara. Sabía que compartir mi pasado era como ofrecerle una parte de mi corazón en bandeja. Me haría vulnerable. Pero Rodrigo me escuchaba con tanta atención que era incapaz de ponerle freno a mi discurso.

Le hablé de todo, de mi familia, a la que echaba muchísimo de menos en Sevilla pero con la que no me imaginaba volviendo a vivir; de mi mami querida, que se encargaba de reprocharme cada vez que hablábamos por teléfono que la había dejado sola y abandonada con el crápula de mi hermano pequeño; de mis proyectos para el futuro, mi ilusión por montar mi propio salón de belleza el día de mañana. También le conté mi historia con el imbécil número uno y con el número dos: el primero, Ramón, el informático que me dejó por una profesora de samba brasileña a los dos meses de irnos a vivir juntos, y el segundo, Jordi, el electricista que me había pedido dinero prestado para comprarse una moto para trabajar y del que nunca más volví a saber. Rodrigo me escuchaba sin hacer ningún comentario, y me gustó no ver condescendencia en su mirada, estaba harta de que la gente pensara “pobrecita de mí”. Cuando sentí que había narrado el resumen completo de mi vida, me dijo:

—Por eso tienes tanto miedo de salir conmigo.

Le sostuve la mirada. No pensaba reconocer que tenía miedo.

—Crees que voy a partirte el corazón —sentenció.

¡Joder con el Príncipe Adivinador!

—Es complicado, Rodrigo.  Siento haber sido una estúpida contigo hasta ahora, pero necesito un poco más de tiempo para volver a confiar en alguien.

Me pareció ver un brillo extraño en sus ojos antes de bajar la mirada. Esperé alguna respuesta por su parte durante unos segundos más, pero ninguna respuesta llegó. Y a mí me asaltaron las dudas de si su silencio significaba que estaba dispuesto a darme todo el tiempo del mundo, o si por el contrario, quería decir que no podía comprometerse a esperar.

¿Ocultará algo Rodrigo para no haberle ofrecido la respuesta que Mariángeles necesitaba escuchar? ¿O era simplemente que sobraban las palabras para demostrarle que iba a continuar ganándose su confianza poco a poco? No dejes de averiguarlo la próxima semana.

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista digital Asuntos de Mujeres. Noveno capítulo publicado el 22 de agosto de 2017. No todos los silencios valen más que mil palabras

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