No sé no acordarme de ti -XX-

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Si alguien me asegurara que imagina lo compleja que puede ser la mente de una mujer, yo le diría que aún se queda corto. A veces nos dominan sentimientos que somos incapaces de entender y, al mismo tiempo, incapaces de controlar, y nos transformamos en un huracán destructivo e imparable.  Cuando alguien aparece en nuestra vida tan de repente, y se gana un lugar destacado en el paseo de la fama de nuestro corazón, es imposible asimilar que quien era ayer un desconocido sea un pilar tan importante en nuestra vida de hoy. Y sabernos unos perfectos extraños en la vida del otro, nos hace sentir vulnerables. ¿Por qué el amor es tan egoísta que quiere extender su dominio a un tiempo en el que ni siquiera existía? ¿Cómo se pueden tener celos feroces del pasado?

En el hotel era una semana tranquila. Ya se había desenvuelto el 2017 y ahora había que quitar los restos de papel de regalo, serpentinas y todo lo que recordara al año que se fue. Tocaba preparar la estrategia comercial del año, pero no había prisa para eso. Por otro lado, mis hijos habían pasado la semana después de año nuevo con su padre y su novia formal, y la verdad, venían encantados. Hablaban bien de ella y yo pude respirar aliviada. Aún tenía pendiente conocerla, y Pedro parecía emocionado con la idea porque no dejaba de proponerme fechas para ello, pero no tenía ganas de pensar en exmarido y sus amores. Por fin, hoy iba a reencontrarme con Eme. Lo había echado dolorosamente de menos.

Nos citamos en Tata Pila, en la calle Julio César, un restaurante con aire de bistró parisiense y marcado carácter de cocina francesa en su carta. Él estaba tomando una cerveza, esperándome, y aunque me habría lanzado a sus brazos para fundirme en un largo beso con él, sólo pudimos rozarnos la comisura de los labios al darnos dos castos besos en las mejillas.

Pedimos un Foie au torchon acompañado de un pan de especias realmente exquisito mientras le contaba las novedades de los últimos días, la cena de Navidad en casa de mis padres, la Nochevieja con las chicas, los regalos de Reyes… Omití hablarle de la estrella de las noticias, porque eso pertenecía a una esfera de mi privacidad de la que quería protegerle. Después habló él. Y me escuché preguntar, aun sin querer saber: su mujer, Gloria, era madrileña. Tenía una familia corta, una hermana pequeña que vivía en Estados Unidos y dos padres ya mayores que seguían en la capital, pero que planeaban mudarse al sur para pasar más tiempo con su hija y su nieta. Eme me hablaba con naturalidad de su vida, aquella vida en la que yo no era más que un par de horas robadas al reloj y al calendario, y me sentí pequeña, insignificante, frágil.

El camarero nos trajo mi lenguado a la meuniere y el solomillo de buey con salsa perigueux que había pedido él, mientras yo fingía escuchar con agrado más anécdotas familiares. Poco a poco me iba envenenando a mí misma con aquellos pensamientos, sin poder hacer nada por evitarlo, presa de un remolino gigante que me arrastraba cada vez más hondo. Rematamos el almuerzo con un coulant de chocolate a medias, recordando nuestra primera comida juntos en Voraz, y me ofreció la primera cucharada de su cubierto, como aquel día hice yo. A esas alturas, yo era incapaz de disfrutar de nada. Estaba absolutamente intoxicada de un mal rollo que sólo existía en mi mente y que yo solita me había encargado de alimentar.

Ya fuera, caminamos juntos un par de calles hasta donde Eme había aparcado el coche, y me ofreció acercarme al hotel, pero lo rechacé.

—¿Seguro que no quieres que te lleve?

—No, de verdad, iré caminando.

—¿Qué te pasa? Estás muy seria.

Al fin parecía haberse dado cuenta de que algo se había estropeado conmigo y me tomó de la mano disimuladamente, acariciándome los dedos.

—No es nada, tengo trabajo, me tengo que ir —le dije, y me liberé de su contacto.

—Como quieras.

Abrió la puerta del asiento trasero para colocar el abrigo que se había quitado y yo aproveché ese momento en el que nuestros ojos dejaron de mirarse para echar a andar. Sentí sus ojos en mi espalda, su desconcierto clavado en mi médula, pero seguí adelante, orgullosa y estúpida, con el vergonzante trofeo de haberme resistido a darle un beso. Eché la tarde como pude sin pensar en él y sobre las seis, antes de volver a casa, recibí un mensaje:

“Te has ido sin despedirte”.

El pellizco que tenía en el estómago salió en forma de veneno por mis dedos.

“Te digo una cosa”, le respondí, “si crees que soy un pasatiempos te estás equivocando”.

“¿Qué?”

“Me siento como una zorra calentona a la que sólo quieres usar”.

Silencio. Al cabo de unos segundos comenzó a escribir, pero yo ya me estaba arrepintiendo de mi frase anterior y de mi actitud y empezaba a necesitar un abrazo de oso que me reconfortara.

“Si de verdad te hago sentir así, será mejor que lo dejemos ahora mismo”.

Me asusté. ¿De dónde sacaba la fuerza para hablar de dejarlo? Necesitaba aclarar las cosas así que le escribí “¿Puedes hablar? “y cuando recibí su consentimiento, lo llamé.

Pasé más de media hora intentando racionalizar mi angustia desesperada y excéntrica, la asfixia de vivir en la sombra, de echarlo de menos como una adicta. Le expliqué mi necesidad de saber cómo me echaba de menos, de saber si su forma de añorarme era semejante a la mía,  si cuando estaba acostado cerraba los ojos para imaginar que me tenía junto a él. A duras penas conseguí entender que él dominaba mucho mejor que yo sus sentimientos, no por ello menos verdaderos o menos intensos. Era capaz de disfrutar del placer de sentir que me amaba aún cuando no pudiera tenerme, y no dejaría que esa frustración le envenenara la vida. Me repitió cien veces que me quería, “te quiero con locura”, me decía, y dejé que sus palabras me envolvieran en el abrazo que tanto necesitaba y que de manera tan idiota me había negado a mí misma a mediodía. Hubiera dado cualquier cosa por volver el tiempo atrás y recibir su beso fugaz a escondidas, pero ya era tarde. Esperaría a la siguiente ocasión. Tendría que aprender de Eme a vivir en el presente, porque ciertamente, no había más realidad que ésa.

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