¿No se atreverá a presentarse en mi trabajo? (6/20)

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Resumen capítulo anterior: Después del primer café, Ana y Rubén chatean por whatsapp. Él le pide otro encuentro, pero ante la negativa de ella, le insinúa que irá a verla a la galería de arte donde trabaja el día que inaugura una nueva exhibición.

Los preparativos de nuevas exhibiciones en una galería de arte siempre resultan extenuantes: están los montadores, a los que no hay que quitarles ojo si quieres que todo marche como planeado; la gestión de las invitaciones y todas las llamadas telefónicas que conlleva, y por supuesto, el artista —novel, en la mayoría de los casos— que no cesa de inmiscuirse en tu trabajo velando con celo de primerizo su obra. En mi caso, además, había que añadir una jefa amante del arte a la que superaban el desorden, el ruido y el estrés; una compañera erudita pero con menos sangre en las venas que un batido de escarcha y ahora, también, por si fuera poco, un exnovio regresado del pasado que amenazaba con dejarse ver, ¡la noche de autos!

Viernes, ocho de la tarde, y el nerviosismo paseándose a sus anchas por las salas. El artista, un joven pecoso de barba incipiente, caminaba arriba y abajo parapetado detrás de sus gafas de montura verde oliva, esperando impaciente la llegada de los primeros visitantes. Su colección era una explosión de color: jugaba con formas geométricas, combinándolas entre sí, experimentando con la simetría y la falta de ella, para con muy pocos recursos conseguir grandes efectos.

La galería se iba llenando poco a poco, y mi compañera y yo atendíamos a los interesados en los cuadros hasta que alguno se decidía por comprar. Entonces, desde el mostrador de la sala central, les tomábamos los datos y los incluíamos en una lista de reserva, hasta que finalizara la exposición. Si sucedía que había más de un interesado en la misma pieza, se realizaba una subasta partiendo del precio de venta inicial y la obra se iría a casa del mejor postor.

Y la verdad era que el chico tenía tirón. Ya en la primera noche había conseguido el interés de más de diez personas por la pieza estrella de colección, un cuadro titulado “9 líneas cruzadas en 4 puntos”. Me encontraba anotando los datos de la última señora que había querido garantizarse su plaza en la subasta, cuando mi compañera, la mosquita muerta, se acercó a mí y me susurró al oído:

—Ah, estás con la ficha de “9 líneas”. Apunta cuando termines a otro interesado, Rubén Calderón.

Creí que se me paraba el corazón. Levanté la cabeza del ordenador y miré a mi compañera con la cara desencajada.

—Te advierto que ese cliente es mío —añadió amenazándome con apenas un hilo de voz.

Me quedé allí parada, con la boca abierta, sin creerme que Rubén hubiera aparecido ni que la mosquita muerta hubiera marcado territorio por él. Salí de detrás del mostrador y eché a andar por las diferentes salas, buscándolo con la mirada. Lo descubrí parado delante de “Silencio poliédrico”, y me acerqué a él por la espalda:

—Al final resulta que vas a tener buen gusto y todo —le dije en voz baja, colocándome muy cerca.

Estaba guapísimo: llevaba una chaqueta gris oscura y una camisa blanca inmaculada sin corbata, pero con un elegante pañuelo de lana al cuello. Lucía una barbita de cuatro días y el pelo oscuro muy engominado hacia atrás. Se giró y me dedicó una sonrisa. Ay, madre mía, ¿me derretía ahora o lo dejaba para después?

—¿Cómo se te ha ocurrido presentarte aquí? —le reproché, volviendo la vista sobre el cuadro que teníamos delante.

—Tenía ganas de volver a verte —me respondió él haciendo lo propio.

—Estoy trabajando, Rubén.

—Te espero a que salgas y te invito a cenar —me dijo clavándome sus ojos.

La verdad es que era la ocasión perfecta y me apetecía muchísimo pasar un rato con él. Pero, ¿a solas? ¿Con vino de por medio y un final de chocolate? ¿Y de noche? Demasiada tentación para una fragilidad tan grande como la mía. A punto estaba de inventarme alguna excusa cuando apareció mosquita muerta fulminándome con la mirada a través de sus grandes y redondas gafas:

—Señor Calderón, por favor —su tono no podía ser más empalagoso—, ¿sería tan amable de acompañarme para que pueda tomarle sus datos para la subasta?

Rubén se dejó guiar, disculpándose conmigo como si no me conociera de nada y dejándome allí plantada delante de aquel silencio colgado de la pared. Algo me empezaba a subir desde el estómago, no sabría decir si eran nervios, furia o quizás, ¿celos? El caso es que saqué mi móvil del bolso y le mandé un mensaje que decía: “Espérame en el bar de la esquina”.

Desde la otra punta de la sala y sin volverse a mirarme, lo vi sacar su móvil de la chaqueta y sonreír.

¿Qué pasará durante la cena? ¿Será una velada agradable o crees que Ana se ha precipitado, dejándose llevar por los celos de ver a otra mujer coqueteando con Rubén? ¿Intentará Rubén acortar distancias entre ellos, o ha aprendido la lección de que debe ir más despacio si quiere que vuelva a existir una relación entre ellos?

 

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista Aire-sólo para mujeres. Sexto capítulo publicado el 19 de abril de 2017. http://www.aire-soloparamujeres.com/se-atrevera-a-ir-a-verme.html

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