No tengo remordimientos, ¿debería tenerlos? (12/20)

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Resumen capítulo anterior: Rubén y Ana cumplen con su premeditada escapada y pasan una tarde en el apartamento de un amigo, para poder disfrutar del rato de intimidad que desde que se reencontraron estaban deseando.

¿Alguna vez habéis tenido la sensación de flotar? Yo sentí que flotaba en una burbuja durante todo el trayecto de camino a casa. Acababa de pasar una tarde de sexo con mi primer novio, con el amor de mi vida, y ahora tocaba regresar a la realidad y meterme en casa con mi marido. Aún conservaba su olor en mi piel, y me acercaba las manos a la cara para olerlas y evocar su recuerdo, aún tan reciente.

Activé el bluetooth del coche y llamé a mi amiga Irene, mi coartada, porque aquélla iba a ser incapaz de esperar un día para los detalles y no podría hablar una vez que llegara a casa. Cuando mi amiga descolgó, lo primero que hicimos las dos fue gritar y reírnos a carcajadas. Estaba viviendo esto con la misma intensidad que yo, no en vano ella conocía a Rubén desde el principio de los tiempos, y disfrutaba viéndonos de nuevo juntos.

Intenté proporcionarle todo tipo de detalles jugosos que la tuvieran contenta hasta que pudiéramos quedar en persona. Quiso saber cómo habíamos resuelto el momento de ponernos manos a la obra, si seguía siendo el mejor amante que había tenido, cuántas veces lo habíamos hecho, cómo me había sentido, cómo me había tratado él,  cómo había sido la despedida y si íbamos a quedar una segunda vez. Cuando le di toda la información y se quedó satisfecha, me lanzó una pregunta que no esperaba:

—¿Tienes miedo de llegar a casa?

—¿Miedo?

—Tendrás que mirar a tu marido a los ojos, ¿recuerdas? ¿Estás preparada?

Me tomé un momento en silencio, antes de responder:

—Llámame inmoral, pero no siento ni el más mínimo remordimiento por lo que acabo de hacer.

—Eres mi heroína. Te adoro.

—¿Crees que soy un monstruo? Debería sentir algo así como culpa, ¿no?

—Culpa debería sentir tu marido de haber dejado que te escapes de sus manos —Irene era una feminista a ultranza—. Si hubiera sabido mantenerte enamorada, no vendrías de echar un polvo con tu ex.

—Bueno, mujer, tampoco nos pasemos. Antonio y Rubén son la noche y el día. La cara y la cruz. Antonio es serio y formal, un intelectual, cierto que ha abandonado un poco su aspecto en los últimos años, pero es un buen hombre. Y Rubén es una caja de sorpresas, es divertido, ocurrente, dinámico.

—Y una máquina en la cama.

Nos echamos a reír de nuevo.

—Sí, querida, una verdadera máquina.

—Pues disfrútalo mientras puedas. Ándate con ojo, no bajes la guardia para que no te metas en  ningún lío, y dile al bombón que a ver cuándo nos tomamos una cervecita juntos los tres. Tengo ganas de verle.

—Se lo diré. Gracias por la coartada.

Nos despedimos cuando yo enfilaba mi calle con el coche. Al entrar en casa, cuando estaba dejando el bolso en el perchero de la entrada, vi mi reflejo en el espejo y me alarmé. ¡Madre mía! Tenía toda la pinta de la que viene de echar un polvo: la ropa arrugada, el maquillaje corrido, el pelo que llevaba recogido en una cola revuelto…¡Tenía que haber caído en eso! Escuché a Antonio y a mi hijo trasteando en la cocina. Rápidamente me quité la goma del pelo y me volví a recoger bien la coleta. Saqué mis gafas de lectura del bolso y me las puse, eso disimularía un poco el maquillaje. Entré en la cocina y los saludé a ambos con un beso. Antonio preparaba pasta carbonara y Pablo hacía de pinche.

—¿Qué tal? ¿Lo habéis pasado bien? —preguntó mi marido.

—Sí, pero traigo un dolor de cabeza insoportable  —quise excusar mi mal aspecto—. Voy a la ducha a ver si me alivia el agua caliente.

Me metí en el baño y me desnudé, alarmándome  por el olor a sexo que se desprendía de la ropa y al mismo tiempo sintiéndome muy sexy por haberme sabido tan deseada por un hombre como Rubén. Cerré los ojos bajo el agua caliente y me acaricié la piel como si fuera él quien lo hacía a través de mis manos. Me sentía muy contenta.

Cenamos viendo la tele y aproveché el momento en el que Pablo comenzaba a abandonarse al sueño para llevármelo a la cama conmigo. Esta noche, quería evitar a toda costa cualquier intento de acercamiento de mi marido. No con el sabor de Rubén aún en la boca. Cogí mi móvil para ponerlo a cargar y tenía un whatsapp de Rubén, de hacía unos minutos. “Quiero más”, decía.

Se me escapó una sonrisa. Sabía que era una imprudencia contestarle, pero no me pude resistir y le envié: “Tendrás que esperar. Ya buscaremos la ocasión”. Curioseé un poco por los grupos que tenía hasta que vi que él estaba escribiendo y me entraron tres mensajes seguidos.

Rubén: “No puedo sacarte de mi cabeza”

Rubén: “Eres como una droga”

Rubén: “Siempre me haces querer más”

Se me hinchó el corazón en el pecho, era precioso volver a estar viviendo todo esto.

Yo: “Tendrás que ser paciente”

Rubén: “Sí, esta noche me aguantaré. Mañana paso a buscarte para almorzar”.

Y se desconectó sin esperar mi respuesta. Me dejó allí con la boca abierta. Por un lado, con un subidón de campeonato,  a cualquiera le gustaría que le dijeran estas cosas; pero por otro lado, presintiendo que este sentimiento se nos podía fácilmente descontrolar.

¿Aceptará Ana la propuesta de volver a verse al día siguiente para el almuerzo? ¿O pensará que es demasiado arriesgado dejarse ver a plena luz del día en su compañía? ¿Hasta cuándo será capaz de seguir manteniendo esta relación a espaldas de su marido? No te pierdas la siguiente entrega.

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista Aire-sólo para mujeres. Duodécimo capítulo publicado el 31 de mayo 2017. http://www.aire-soloparamujeres.com/no-tengo-remordimientos.html

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