No puede ser, pero… ¿será? -XLI-

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Lo malo siempre es más fácil de creer. Una opinión sobre nosotras, un sentimiento, una noticia… cualquier cosa será más creíble cuanto peor sea. Pero, ¿cuánto hay de modestia y cuánto de estupidez en esa conducta que seguimos de no creernos las cosas buenas? ¿O quizás forma parte de un sistema de autoprotección contra posibles batacazos? Deseamos con todas nuestras fuerzas que nos sucedan cosas imposibles y maravillosas, y cuando por fin ocurren, no nos las creemos. En el amor, ¿por qué siempre tendemos a buscarle los tres pies al gato y a esperar una explicación oscura que empañe un momento ideal?

Eran días de mucho trabajo, la primavera siempre hacía que la ocupación hotelera se acercara al cien por cien, y había que aprovechar la tendencia. Eme también parecía ocupado, pero se las arreglaba para encontrar un hueco y enviarme un “te amo” o un beso que me volvían a poner en órbita para el resto del día. Nunca, a excepción de los fines de semana, habíamos pasado un día entero sin comunicarnos, hasta el día anterior. Teníamos nuestro código no pactado, sabíamos nuestros horarios, los márgenes donde esperar los buenos días del otro, los “pensamientos” a media mañana, por eso me extrañó no recibir nada suyo en todo el día. Ni siquiera contestó a mis mensajes. Sólo al final de la tarde, cuando le envié un “ya me estoy asustando” me contestó con un lacónico “Lo siento, princesa. Te recojo para comer mañana. Te amo”. Me dejó preocupada, aunque me esforcé en atribuirle una explicación sencilla, del tipo “seguro que está hasta arriba de trabajo”, o “estará de viaje”. En fin, ya se sabe que los hombres funcionan de otra forma, y que las mujeres tenemos esa tendencia natural a proyectar rápidamente catástrofes.

Habíamos quedado en tomarnos algo juntos en Las Columnas, en La Alameda, así que, incapaz de esperar hasta la hora acordada porque no podía concentrarme en el trabajo, me fui dando un paseo aprovechando el solecito. Elegí una mesa, me pedí una cerveza bien fresquita y saqué un cigarrillo. Aún quedaban veinte minutos para que llegara Eme y decidí llamar a casa y hablar con los niños, que ya debían de haber vuelto del cole. La conversación con mis cachorritos siempre me animaba, me enorgullecía ver cómo Nacho se iba convirtiendo en un hombrecito y cada vez interactuaba más al teléfono. Con Miguel, la charla apenas duraba unos segundos, el tiempo de decirme que le había ido bien en el cole, te quiero mami y adiós. Cuando colgué, con mi sonrisa en la cara, vi aproximarse un grupo de hombres trajeados, entre los que reconocí una cara que no me apetecía ver. Hundí mi cabeza en el móvil, fingiendo consultar el correo del trabajo. Pero por supuesto, él me vio. No sé por qué tuve esa reacción infantil. Por algún motivo que no alcanzaba a comprender, no quería que Víctor me viera con Eme.

—Salomé, qué sorpresa —me saludó, encantador, como siempre.

Fingí no haberlo visto antes. Sus compañeros se colocaron en la mesa de al lado y pidieron por él.

—¡Hola!, ¿qué tal va todo?

—Liado, como siempre. ¿Estás sola? ¿Quieres acompañarnos? —me ofreció.

—Gracias, estoy esperando a alguien.

Leí una cierta decepción en su cara. Intercambiamos algunos comentarios más, sobre cómo habíamos acabado la noche de la Feria —noté cierto rubor al hablar del tema con él—, cómo iba el evento gracias al que nos habíamos conocido, me preguntó por Diana, y poco más. Ya nos estábamos despidiendo cuando apareció Eme. Tierra trágame. Por nada del mundo hubiera querido tener que verlos juntos a los dos. Ambos en trajes azules, Víctor quizás un poco más alto, Eme con el pelo perfectamente engominado, Víctor con su melena desenfadada, ¿cuál de los dos era más atractivo?

Eme se acercó a mí y saludó a Víctor con un “hola”, mientras me plantaba un beso en la mejilla. Se quitó las gafas de sol y le tendió la mano al banquero, presentándose y haciendo que Víctor, que se había quedado descolocado, explicara de qué nos conocíamos. Eme era arrasador, se hacía rápidamente el dueño de las situaciones, invitó a Víctor a tomarse una cerveza con nosotros, ofrecimiento que el otro rechazó con elegancia, despidiéndose y regresando con sus compañeros. Dios, qué situación más incómoda.

Cuando nos quedamos solos, le reproché a Eme su silencio del día anterior. En verdad, lo había pasado mal, pensé que podía haberle ocurrido algo.

—Discúlpame, cariño —noté que una sombra le cruzaba por la cara—. Tuve un día complicado.

—¿Va todo bien?

Eme suspiró y me tomó de la mano:

—Necesito escaparme contigo otra vez.

Me desubicó. ¿A qué venía eso ahora?

—Vámonos otra vez a Portugal —insistió—. Un día entero, para nosotros.

El recuerdo de lo bien que lo habíamos pasado aquella vez me ablandó, pero no era posible.

—No puedo escaparme otra vez del trabajo ahora, amor. Tendrás que esperar un poco.

—No puedo esperar, amor —me dijo seriamente—. ¿Qué me dices del fin de semana?

¿Qué estaba pasando aquí? ¿Un fin de semana? Estaba claro que yo podía encantada, pero ¿iba él a zafarse de su mujer?

—¿Ha pasado algo?

—¿Por qué lo preguntas?

—¿Fin de semana, amor? ¿Puedes faltar de casa dos días enteros, en fin de semana?

—Te necesito. Necesito estar contigo, cuanto antes. Ya buscaré la forma.

Claro que quería pasar el fin de semana con él, era un sueño hecho realidad. Había tantas cosas que quería compartir con él que no me bastaría toda una vida, pero al menos iba a poder cumplir el mayor de mis deseos: dormir a su lado. De repente, se me ocurrió una idea. Si él estaba dando pasos de gigante, yo también estaba dispuesta a darlos.

—¿Te apetecería venir a mi casa en vez de ir a Portugal?

Él me miró unos segundos, pareciendo sopesar la opción. Pero enseguida entendió que sólo había una respuesta correcta.

—Claro, amor, me encantaría.

Apuramos nuestra cerveza, pagamos la cuenta, y echamos a andar de vuelta al trabajo. Al pasar junto a la mesa de Víctor, lo saludé con la mano. Él me dedicó una sonrisa sincera en el mismo momento en el que Eme me echaba el brazo por el hombro. Me sentía tan enamorada, que le correspondí, agarrándome a su cintura sin mirar atrás. ¿Había llegado el momento para mí de ser feliz o estaba siendo un poco kamikaze?

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