No soy la primera -XXVI-

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Cuando comenzamos una relación, empieza un juego en el que tratamos de deslumbrar a la otra persona, y al mismo tiempo, nos dejamos deslumbrar. Nace un sentimiento que nos hace creernos únicas e incomparables. Sin embargo, cuando esto sucede a una edad en la que lo normal es que cada cual arrastre su pasado, las reglas del juego cambian. Entonces, hay que aceptar que ha habido enamoramientos y pasiones previas, aunque nos esforcemos en pensar que como nosotras, ninguna. Y es tan difícil soportar la competencia del pasado… ¿Por qué somos incapaces de aceptar que cada historia tuvo su momento, y que no hay mejores ni peores, sino diferentes? ¿Tan ególatras y vanidosas somos?

Después de un par de días, la insinuación que Diana había hecho sobre la supuesta experiencia de Eme en el terreno del engaño amatorio me tenía quitado el sueño. Le había dado muchas vueltas al tema y al final había decidido tantearlo, y estudiar su reacción. Diana lo desaprobaría por completo, pero para mí, se había convertido en vital averiguar por qué había estado tan ágil en la elección de nuestra escapada.

Aquella mañana, agradecí tener la mente ocupada con la visita que me realizaron Richard Gere y su compañera de Madrid a primera ahora. Me avisaron puntuales de recepción y salí dispuesta a llevarme el contrato aunque para ello tuviera que utilizar todas las armas disponibles. Víctor apareció puntual y soberbio con un traje gris oscuro y una corbata de un rojo brillante, a juego con el color corporativo de su banco. Su compañera era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo muy corto de un color anaranjado cegador. Les acompañé al restaurante del hotel, donde ocupamos una mesa apartada y los camareros, a los que había puesto en preaviso con antelación, nos sirvieron un completo desayuno a base de fruta, pan de semillas, bollería casera, zumos naturales recién exprimidos, café y  tostadas. Mientras comíamos, yo hacía gala de mis dotes de anfitriona, entablando conversación con la mujer, a la que quería llevarme a mi terreno, e intentando arrastrar a Víctor a mi lado y conseguir su apoyo. Hablamos del evento, me indicó necesidades, me planteó inconvenientes y me transmitió inseguridad en la posibilidad de cambiar de localización a estas alturas, pero yo dejaba el plato fuerte para el final. Después de una hora de conversación, les enseñé nuestras salas de reuniones, algunas de nuestras habitaciones de diseño y luego los subí a la azotea. Por la expresión de lady zanahoria supe que me la había ganado. Aproveché el momento en el que ella se asomaba a la barandilla admirando boquiabierta la Giralda para encender un cigarrillo, que ofrecí a mis invitados. Los dos fumaban. Observé a Víctor. Siempre observaba la manera de fumar de un hombre. Unos modos forzados o amanerados podían arruinar la imagen que me pudiera formar de él. Pero fumaba bien. Inevitablemente, Eme se coló en aquel pensamiento echándome el humo de su calada imaginaria, pero le pegué un manotazo y erradiqué su intrusismo de momento. Sólo cinco minutos más de concentración, por favor.

Mi visita se comprometió a darme una respuesta a principios de la semana que viene y los acompañé a la salida. Se despidieron, ella con un apretón de manos y él con una sonrisa encantadora y dos besos que me dejaron el aroma de su perfume suave y fresco impregnado en las mejillas.

Me volví a mi despacho, cantarina porque ya solo quedaba esperar la decisión y me sentí valiente para llamar a Eme.  Estaba en su oficina dejando instrucciones a su ayudante para un trabajo que tendría que realizar durante el fin de semana. Lo oí cerrar la puerta de su despacho y entonces le dije:

—Tengo muchas ganas de verte, amor.

—Y yo  a ti, pero hoy no me podré escapar. A no ser que quieras hacerme una visita en la oficina a la hora de comer.

La propuesta me gustó y acepté. De camino a su oficina paré en una tienda de bocadillos y compré uno para cada uno y un par de cervezas. Me recibió solo, me abrazó, me quitó la bolsa de papel de las manos y comenzó a desnudarme mientras me besaba acaloradamente. Me volvía loca su apasionamiento. Cuando hubimos saciado las ganas de saborearnos, nos sentamos en el poyete de su ventana a comernos los bocatas. Decidí averiguar lo que me había propuesto y saqué el tema como quien no quiere la cosa.

—Me gustó mucho el sitio del otro día. ¿De qué lo conocías?

—Ya había estado allí otras veces —respondió sin dudar.

Sentí como si hubiera hecho sonar dos platillos con mi cabeza enmedio: aturdida y sorda.  Eme buscó su paquete de tabaco sin darle importancia al comentario y añadió:

—Hubo otra persona antes que tú.

Ahora me cogía el corazón y me lo estrangulaba, y yo tenía que aparentar que no me importaba. Eme debió notar mi expresión porque intentó explicarse:

—Hace tiempo, conocí a una mujer y tuvimos una aventura, que duró varios años.

Quería vomitar, sentía el vientre descompuesto, pero con despreocupación de mujer madura e independiente, le pregunté:

—¿Y por qué acabó?

—Ella quiso más. Y yo no pude dárselo.

—¿La querías?

—Claro.

Por dios, que parara ya. O tendría que escapar urgentemente de esas cuatro paredes que me ahogaban.

—Pero eso ya acabó —añadió— hace varios años de aquello.

—Tengo que irme.

Me levanté apresurada con  ganas de llorar y queriendo poner tierra de por medio para que él no me viera. Recogí mis medias, mis tacones, mi bolso, mi móvil y todo lo mío que había desparramado en mi entrada triunfal, y le di un ligero beso en los labios. Me agarró del brazo, reteniéndome:

—Salomé, de eso hace mucho tiempo. Está acabado. No tienes de qué preocuparte.

—Lo sé —le mentí.

Volví a besarle y escapé como alma que lleva el diablo de aquel infierno sentimental. Llegando a la puerta del edificio, me sonó el móvil. Pensé que sería él, pero leí en la pantalla “exmarido” y pensé que podría pasar algo con los niños. Descolgué desorientada aún y Pedro me lanzó un misil:

—Escucha, los niños  quieren que vengas a casa a cenar esta noche. Así aprovechamos y te presento a Maripossa, lo tenemos pendiente desde Navidad.

Me sentí acorralada y acepté. Era justo lo que necesitaba para rematar el día. ¿Podía acabar peor?

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