Mis pies sobre el asfalto (3/4)

Posted on

Estoy descontrolado, no puedo parar mi ritmo, mis piernas me llevan al desastre y no soy capaz de modular mi zancada; debo desacelerar, pero ¡estoy tan fuerte! y cuando creo que el desastre sobreviene en mí, la salvación aparece. No he parado de adelantar gente desde que salí, por lo que cuando alcanzo este grupo, algo en ellos me decide a unirme. Lo primero, es que necesito un grupo que me regule y que tire de mí para evitar que me desfonde física y mentalmente y lo segundo, es que este grupo transmite muy buenas sensaciones.

Al frente, un grupo de cuatro runners pertenecientes a un mismo club, con sus ropas técnicas de colores amarillo y azul chillón. Uno es claramente el líder, un atleta fornido veterano A, marca los tiempos y va lanzando consejos al resto. Otro es un veterano B, runner viejo, de esos incansables en las grandes distancias, con un paso corto sobre unas piernas duras como robles; los otros dos tienen aspecto de Pro, jóvenes, musculados, esperando su momento. El resto del grupo, unos doce corredores, es gente que, como yo, intenta buscar el abrigo que proporciona un grupo grande. ¿Será éste mi grupo?

Alguien pregunta, como si me estuviera leyendo la mente y efectivamente el plan de carrera es correr a ritmo constante de cuatro treinta y terminar en una hora treinta y cinco. Éste es mi grupo.

Me acomodo tras los Pro, no quiero ni estar muy atrás ni muy adelante, me dejo llevar por el ritmo de mis nuevos compañeros, zancada cómoda. Me recreo en los chistes y chanzas que circulan por el grupo, de momento, todos aguantamos. Pasan los kilómetros y no estoy a gusto, me siento pesado y me cuesta mantenerme en las pendientes. Comenzamos a perder gente y un par de veces hago la goma… esto no me gusta, aquí falla algo. Mi mente.

Hemos salido de Dos Hermanas en dirección a Montequinto, atravesando una ciudad fantasma, fantasma porque no existe, fruto de la fiebre del ladrillo; calles y farolas. Calles que llevan a edificios que jamás se construirán y farolas que iluminan el tránsito de personas que nunca vivirán allí.

Sé que empiezo a rendir mejor cuando me acerco a la hora de carrera, por lo que me analizo y saco conclusiones para autoconvencerme. Me digo a mí mismo que es imposible que no pueda mantener este ritmo, estoy harto de hacer carreras de diez kilómetros a una velocidad mayor. Parece tener efecto, porque conforme se va endureciendo el recorrido y los efectivos del grupo disminuyen, mi fuerza comienza a aumentar; me recuerdo que hoy soy un lobo, resistente y paciente, tras su presa.

Kilómetro diez, ya solo quedamos seis, una serie de cuestas más empinadas de la cuenta han terminado por desenganchar al resto;  ya hace rato que no hay chanzas, el que parecía líder anuncia que va a subir el ritmo y poco a poco pasamos a cuatro veintiocho de media. Decido aguantar. En ese momento corremos junto a una señal de tráfico que nos recuerda que esta zona está vigilada por radar, esto hace que me permita una sonrisa, ya que al paso que vamos acabaremos haciendo que salte. Cada vez sufro menos, ya no soy un lobo, de paso cansino y constante, no; mis pies suenan atronadores contra el asfalto, los músculos se tensan e impulsan mi cuerpo, no corro sino galopo y mi corazón bombea y late con una fuerza tal que lo siento a través del pecho. Pero no hay cansancio ni dolor, es natural y fluido; así deben sentirse los pura sangre cuando cabalgan al galope, incansables y rápidos. Soy un caballo que corre y no me van a cansar, yo no caeré de este grupo, sucederá al revés.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.