Mis amigas, mis almas gemelas -XXXVII-

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En las relaciones sentimentales, imagino que todas, en algún momento, os habéis sentido perdidas, o más que perdidas, desubicadas. Como si algo no acabara de encajar, con la sensación de que sois vosotras las que dais la nota discordante, bichos raros, seres incomprendidos que no encuentran su media naranja. Almas gemelas: dos pequeñas palabras y un gran concepto. La esperanza de que alguien, en algún lugar, tiene la llave de tu corazón. Pero, ¿creéis que hay en realidad alguien ahí fuera que algún día nos reconocerá entre la multitud y nos dirá “al fin, aquí estás”?

No les había contado nada a las chicas de mi desafortunado encuentro. Me había sentido tan ridícula que no quería compartir esa sensación con nadie. Eme volvió a llamarme por la mañana al día siguiente y, aunque no me apetecía hablar del tema, entendía que no podía ignorarlo por más tiempo. Me ofreció todo tipo de disculpas, lamentándose de la casualidad que nos había hecho coincidir allí. No era culpa suya, pero lo cierto era que me había sentido como si de repente me hubieran tirado a una piscina de agua fría. Estaba desconcertada, no sabía muy bien cómo salir a la superficie, para mí, algo había cambiado. El simple hecho de ponerle cara a la mujer con la que compartía su vida, el tener que fingir que no conocía al hombre al que amaba, era más de lo que podía soportar. Por supuesto, no le dije todo eso a él. Tan sólo me limité a fingir que había dejado aquel episodio atrás. Intentó concretar un día para volver a vernos, pero yo le respondí con evasivas. No tenía ánimos para quererle, y mucho menos para dejarme querer. Y cuando te sientes ahogada, lo único que puede devolverte la respiración es una salida con tus amigas.

Me puse el traje de flamenca en casa con mis dos pequeños tesoros haciendo de jueces: “qué guapa estás mamá”, “ese collar me gusta más que el otro”, “recógete el pelo”, “la flor mejor en este lado”, y cuando obtuve su total aprobación los acompañé hasta la casa de exmarido. Él no iba a salir y aceptó encantado quedarse con los peques. La verdad era que al menos en ese aspecto, tenía mucha suerte. Cuando noté la admiración en  los ojos de Maripossa, que había salido al rellano para recibir a mis hijos, empecé a convencerme de que realmente estaba favorecida con mi precioso vestido negro y rojo. Respiré todo lo hondo que me permitía la hechura del traje y me dirigí a casa de Mariluz, desde donde habíamos acordado salir todas juntas. Mis amigas estaban guapísimas también y por primera vez desde que aquel funesto bolso me había amargado el día, sentí ganas de reír y de pasármelo bien.

Diana, explotando al máximo la extensa agenda de contactos que tenía por su trabajo como responsable de espacios en el Palacio de Congresos, había programado un detallado horario de visitas. Lo suyo era organizar eventos, así que por supuesto, la dejamos hacer. Yo sólo quería que el alcohol comenzara a hacerme efecto y poder abandonarme a esa sensación de bienestar acompañada de mis verdaderos amores. Esa noche no cabían penas, ni reproches, ni lágrimas. Sólo fiesta.

La tarde iba cediendo su terreno a la noche, el Real mudaba poco a poco su tono amarillo albero por la cálida luz de los miles de farolillos que empezaban a encenderse y, a medida que el sol se iba escondiendo, me sentía más y más agusto. Ya había perdido la cuenta de los rebujitos que me había tomado, las casetas que habíamos visitado y las presentaciones que nos había hecho Diana. Ella se divertía dejándose agasajar por los varones que nos recibían en sus pequeños reinos de lona y nosotras nos desternillábamos de risa con las ocurrencias de una desatada Emi, que aquella noche estaba sembrada.

Acabábamos de entrar en una nueva caseta. Vimos una mesa libre y nos dejamos caer sobre las sillas de enea, los tacones empezaban a hacerse notar. Diana se perdió en dirección a la barra, mientras nosotras masajeábamos nuestros pies y nos retocábamos el maquillaje. Busqué con la mirada a mi amiga entre aquella masa de devoradores entre la que se movía como pez en el agua, cuando la vi avanzar hacia nosotras acompañada de una cara conocida. Sonreí como una boba y mis otras dos amigas, siguiendo la dirección de mi mirada, se encontraron con  el objetivo de mi sonrisa.

—¿Quién es? —quiso saber Emi, acercándose a mi oído.

Yo sólo podía sonreír, estaba un poco achispada. Él también lo hacía, sin apartar su mirada mientras caminaba junto a Diana hacia nosotras. Al llegar, la cazadora comentó descarada:

—Mira, Salo, lo que he pescado en la barra.

Me levanté a saludarlo e hice las presentaciones:

—Chicas, él es Víctor, el amigo de Diana que me ayudó a conseguir aquel contrato del banco para el hotel, ¿recordáis?

Vi la cara de Mariluz iluminarse. Sólo le hizo falta darme su bendición. Le ofreció a Víctor una silla en nuestra mesa, le dio conversación —más bien le faltó sacarle el DNI—, y me lanzaba miradas sugerentes que sólo querían decir “me encanta este hombre”. Yo descubrí que Víctor era un tipo bastante divertido cuando estaba relajado, sociable, amigable y con bastante éxito entre las mujeres. De hecho, nuestra mesa se convirtió en una peregrinación de pecheras encorsetadas que pasaban demasiado cerca de nuestras caras cuando se agachaban para saludarlo a él con dos besos.

Cuando una de ellas le pidió que la acompañara a saludar a alguien que estaba en el otro extremo de la caseta, Mariluz aprovechó para disparar:

—Por Dios Salomé, es súper atractivo —yo bajé la mirada y le pegué otro sorbo al rebujito—. Hija, cómo me gustaría verte con un hombre así a tu lado, para variar.

La mención velada a Eme me sentó como un si unos niños distraídos me hubieran dado un balonazo en la cabeza con una pelota de fútbol. Puse mi mejor sonrisa y dije que salía fuera a fumarme un cigarrillo. Al levantarme, fui consciente de la cantidad de alcohol que llevaba encima. Pegué un traspiés con una de las sillas plegables que encontré en mi camino hasta que llegué a la entrada de la caseta. Me apoyé en la barandilla, obligándome a no pensar en Eme, esforzándome en mantenerlo bien lejos de mi cabeza. Paseé los ojos por la gente dentro de la caseta y vi a Víctor siendo víctima de un descarado coqueteo grupal. Deduje que debía de estar bastante solicitado. En un momento determinado, sus ojos se encontraron con los míos y me atreví a hacerle un guiño, mientras seguía fumando mi pitillo. Él no tardó mucho en zafarse con elegancia de aquellos abrazos de sirena y se acercó a mí, guapísimo, con esa melena desenfadada que le daba un aspecto de chico malo y cuando estuvo a tiro, le eché lentamente el humo de mi cigarro en la cara. No se inmutó. Sólo dijo:

—¿Sabes que eso tiene un significado?

—Por supuesto. Dudaba de si lo sabrías tú.

Me quitó el cigarro de las manos y le dio una larga calada sin apartar sus ojos de mí. Luego me lo devolvió, y el hecho de volver a poner en mis labios aquel filtro que aún conservaba la humedad de los suyos mientras él me observaba, me pareció sumamente erótico. En aquel momento, mis amigas vinieron a por mí. La agenda de Diana decía que había que continuar con las visitas. Leí una ligera decepción en los ojos de Víctor cuando las chicas comenzaron a despedirse. Al llegar mi turno, supongo que por el efecto de las mil y una jarras de rebujito que llevaba encima, lo agarré por la barbilla y le planté un cortísimo beso en los labios. Me fui, dejándolo allí de pie, imagino que confuso, mientras echaba a caminar del brazo de mis amigas. Quizás, ellas eran mis verdaderas almas gemelas, y los hombres, sólo gente con quien divertirnos.

1 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Ayyy madreee! Cómo se está poniendo esto!! Al rojo vivo! Que viva el rebujito!!

    Genial Raquel!

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