Mind the Gap (4/6)

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ELLA

Esa misma tarde, aprovecho su ausencia para concentrarme y sacar trabajo atrasado; con él aquí, es imposible. De camino a casa, mientras conduzco, recibo un mensaje suyo. “¿Qué te pasa?”, le pregunto, “¿Me piensas?”. Claro que me piensa. Si es humano, no podrá quitarme de su mente, igual que yo. Ya en casa, nos llamamos y hablamos durante más de una hora. Nos contamos la vida de una forma tan natural y fluida, que imagino que estoy  con él, en una cama de blancas sábanas, en una habitación por la que entra la luz fuerte del día. Acabamos de echar un polvo y él está tumbado boca arriba con un cenicero sobre su pecho y un cigarro en la boca. Yo estoy tumbada a su lado boca abajo, con las rodillas flexionadas y los pies cruzados balanceándose hacia adelante y hacia atrás en el aire. Clavo los codos en el colchón, para descansar la cabeza en mis manos. De vez en cuando, le quito el cigarro de la boca y le doy una calada, mientras le sigo preguntando cosas. Me pongo de costado, enredo mis dedos en su vello púbico y jugueteo con su pene, ya fláccido. Su brazo derecho me rodea y con su mano, me acaricia lentamente la espalda. A mi cabeza viene esa canción de Los Rodríguez:

Para mí no existe un lugar mejor/ Que aquí solamente los dos/ Engánchate conmigo/ Tal vez yo no sea tu hombre ideal/ Ni tú mi mujer, pero igual/ Engánchate conmigo.

En un par de ocasiones decimos justamente lo mismo, simultáneamente. ¿Qué es esto? Me empiezo a asustar.

ÉL

Dejo el teléfono, que está ardiendo por la hora que llevamos contándonos historias, e intento concentrarme en lo que estaba haciendo. No puedo. Soy víctima de algún encantamiento que me impide sacarla de mi cabeza. Decido escribir mi versión de la historia por ella y se la envío por mail. De camino al gimnasio, me responde que lo ha recibido. Me encantaría ver su cara mientras lo lee.

ELLA

Casi al anochecer, después de esforzarme en seguir con mi rutina y encerrarlo en un rinconcito de mi cabeza bajo llave, recibo un whatsapp suyo. Ha escrito algo que quiere que lea. Voy al correo y esto es lo que encuentro.

ÉL

Hoy me desperté sobre las cinco de la mañana. Tengo el cuerpo lleno de agujetas por culpa de la sesión de gimnasio de ayer. Busco el primer pitillo del día, mientras me preparo un café solo bien cargado que me haga resucitar. Contemplo cómo van cayendo las gotas del negro brebaje, en la taza también negra que compré en uno de mis viajes a Londres. Es mi preferida. Me gusta la señal de “mind the gap” en ese azul y rojo tan british y que tan buenos recuerdos me trae. 

Mi mente traduce casi sin querer la primera palabra, “cuidado”, y acto seguido mi cuerpo se tensa. Me siento en el suelo, como casi todos los días, la espalda contra la puerta aún caliente del lavavajillas, y saboreo lentamente el amargor de mi café, mientras apuro las últimas caladas del cigarrillo.

Es imposible. Apenas al segundo sorbo, su imagen está en mi cabeza. Casi escucho el rítmico repiqueteo de sus dedos contra las teclas, y creo que hasta puedo olerla. Sonrío, como sonríe el derrotado ante la inevitable derrota y me digo a mí mismo: “Tú no tienes solución”.

Enciendo otro cigarro mientras intento buscar una salida: “¿y si no vas a trabajar en un par de días? Es jueves y, con suerte, estos cuatro días te den margen para quitártela de la cabeza. Todavía no has llegado al punto de no retorno”.

Termino de fumarme el pitillo, valorando esta opción seriamente. Cuando aplasto la colilla en el cenicero, mi ángel de la guarda me dice: “Lo siento. Ese punto lo pasaste en el mismo momento en que la viste por primera vez”.

Me caigo redonda en la silla de la cocina. Me hipnotiza lo que ha escrito. Lo vuelvo a leer. Una y otra vez. Antes de meterme en la cama, creo que ya lo he releído unas cincuenta veces.

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