Mi primera cita a los cuarenta -VIII-

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Se supone que con cuarenta años tenemos la madurez suficiente para afrontar con naturalidad un almuerzo con un desconocido, pero si el desconocido nos gusta, la cosa no es tan simple. Cuando caemos en la cuenta de que la mayoría de las personas con las que alternamos suelen ser caras cotidianas en nuestras vidas, surgen las dudas incómodas: ¿y si nos quedamos sin tema de conversación? ¿Y si se me queda resto de comida entre los dientes? ¿Y si al morder algo se me cae parte del bocado, manchándome la barbilla? En fin, todos esos detalles a los que no prestamos atención cuando estamos con amigos y que, de repente, se presentan como trampas mortales para la imagen de absoluta adorabilidad que queremos proyectar. Las primeras citas, ¿son como el menú degustación de un restaurante, donde enseñamos sólo una selección de nuestras mejores cualidades, con una cuidada presentación y un impecable servicio? Aunque sepamos que la realidad puede distar mucho de ese primer alardeo de virtudes, en el fondo, ¿esperamos el baile de cortejo por parte de nuestro macho?

Lo primero que hice por la mañana, al despertar, fue tomarme un café y darme una ducha. Los “buenos días, princesa” de Eme llegaron a tiempo para escoger mi ropa interior, y aunque no tenía intención de traspasar esa línea, sentirme seductora por dentro reforzaría mi autoestima. Recordé a una amiga de la universidad que tenía tres axiomas para evitar caer en la tentación en citas peligrosas como ésta: uno, no te depiles las ingles, dos, no lleves ropa interior sexy y tres, nunca bebas alcohol. De momento, ya había incumplido los dos primeros, así que me esforzaría en respetar al menos el tercero. Dejé a mis hijos en el aula matinal, despidiéndome de ellos con un beso larguísimo y un “te quiero todos los planetas, todas las estrellas y hasta los agujeros negros” del pequeño, que me ayudarían a sobrevivir sin ellos hasta el lunes, y me encaminé hacia el trabajo. Predije que la mañana se me haría larga, pero no sabía lo angustioso que podía llegar a ser vivir en el tiempo de las tortugas.

Casi no pude creer cuando finalmente llegaron las dos de la tarde, y feliz, pude apagar mi ordenador y salir a la puerta a esperarlo. Entré en el Whatsapp y allí tenía más de cincuenta mensajes subiditos de tono de las chicas: se veía que mi cita era trending topic en nuestro chat. Antes de que pudiera responderles, el BMW del señor Eme apareció doblando la esquina. Al llegar a la altura del hotel, se apeó del coche para abrirme la puerta. Punto para él. Me gustaba que los hombres me dedicaran esos gestos galantes, para qué negarlo. Eme vestía un traje azul oscuro con chaleco y una corbata de cuadros tipo Príncipe de Gales en tonos pastel. Como era habitual en él, su estilo era impecable. Siempre me habían vuelto loca los hombres con chaleco, pero aún haciendo memoria, no recordaba a ninguno al que le sentara tan bien. Cuando nos pusimos en marcha, lo primero que me dijo fue:

—Estás deslumbrante.

Le agradecí el cumplido, pero no se lo devolví. Contestarle que me parecía el hombre más atractivo sobre la faz de la tierra se me antojó un pelín inapropiado. En lugar de eso, quise saber dónde íbamos a comer y me propuso un restaurante relativamente nuevo en el Parque de los Príncipes, el Voraz. Por el camino, mientras nos contábamos cómo nos había ido la mañana, observaba su forma de conducir. Debía de ser la única que analizaba esos detalles, pero para mí, un modo desafortunado de agarrar el volante, de elegir la distancia a la que colocar el asiento o la inclinación del respaldo, podían restan virilidad o sexappeal al sujeto en cuestión. El señor Eme conducía relajado, el volante guiado con el brazo izquierdo, que apoyaba en la ventanilla,  y la mano derecha sobre la palanca de cambios. Me hablaba manteniendo la vista al frente y dedicándome miradas fugaces de vez en cuando. Prueba superada.

Tuvimos la suerte de encontrar aparcamiento justo en la puerta —me informó de que era una suerte que solía acompañarle siempre—, y nos sentamos en la terraza a disfrutar del aire fresco del otoño que por fin se había dejado sentir. El dueño del negocio se acercó a saludarlo, se veía que era un cliente habitual, y él me presentó como una amiga. Me preguntó si me apetecía vino y asentí, avergonzándome de mi estrepitoso fracaso en el cumplimiento del tercer y último axioma. Pidió un Ribera del Duero que no conocía y eligió para los dos una selección de platos para compartir.

—¿Vienes mucho por aquí? —le pregunté.

—En realidad, no demasiado. No suelo perder mucho tiempo en los almuerzos. Pero sí que he venido con algunos clientes, para hablar de negocios. Hoy es una excepción. Nada de trabajo, ¿de acuerdo?

Así comenzó a contarme que toda su familia era de Huelva y, haciendo gala de sus dotes de conversador, se entretuvo en relatarme una suerte de divertidas anécdotas familiares que me hicieron reír. Hablamos de economía, de literatura, de cine, de música y pasamos de puntillas por la política. La comida estaba deliciosa: paté de foie, saquitos de puerro y queso, tacos de merluza, solomillos crujientes en salsa de miel y mostaza, lomo alto de ternera… Mientras seguía su conversación con atención, me maravillaba la naturalidad con la que se desenvolvía en la mesa. Yo seguía extremando las precauciones, limpiándome con la servilleta después de cada bocado y mordiendo trozos pequeños que no me jugaran malas pasadas. Él, en cambio, sólo parecía preocupado de que mi copa estuviera siempre llena y de mantener la sonrisa en mi boca.  Al cabo de una hora de charla y comida, estaba más que satisfecha.

El camarero nos preguntó si tomaríamos postre, y aunque Eme sólo pidió un cortado, no pude resistirme a la tentación de un coulant de chocolate con helado de vainilla, que trajeron sólo con una cuchara. Le ofrecí si quería probar y él hizo un movimiento de cejas que yo interpreté como “querría probarlo de tu boca”. Pero me sentía juguetona, supongo que por los efectos del alcohol, y lo puse a prueba:

—¿Te importa probar de mi cuchara o quieres que pida una para ti?

Eme soltó un “¡Ja!” que inequívocamente decía “es la cosa más absurda que he oído en mi vida”. Se inclinó hacia delante mientras yo cortaba un trozo del postre, y se lo acerqué a la boca. Saborear la siguiente cucharada, sabiendo que segundos antes había pasado su lengua por ella, me pareció el momento más erótico que habíamos compartido, hasta entonces. Cuando terminé de rebañar todo el chocolate del plato, me preguntó si me apetecía algo más, un café o una copa y le dije que sí.

—Pero no aquí. Ahora quiero llevarte yo a un sitio. ¿Tienes prisa?

—No —me dijo. Se echó hacia atrás en su silla, cruzó las piernas y se encendió un cigarrillo. —He reservado la tarde para ti.

12 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Por favor!!! Necesito un emoticono comiéndose las uñas!!! Fantástico, Raquel! 😍

    1. Raquel Tello says:

      Es verdad!! Con la cantidad de emoticonos que hay…. ¿Dónde está ése? Seguro que el que hace los emoticonos es un hombre!

  2. Eva says:

    Me encanta!!!!
    Siempre la tentación es más fuerte q la razón realmente fantástica.
    Deseando leer el próximo.

    1. Raquel Tello says:

      El lunes próximo. Aún no sé si darle ya un poquito de amor a Salomé o hacerla esperar!

  3. Jorge says:

    Ufff esto termina con oreja y rabo !!!!😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂

    1. Raquel Tello says:

      No tan rápido, que las mujeres seguimos teniendo una reputación que mantener…Mira tú, a lo mejor empiezo así el siguiente relato!

  4. Núria Navarro says:

    Y “yastá”? Te mato! Jajajaja

    1. Raquel Tello says:

      Me alegra que os esté gustando! Yo creo que el lunes que viene os levantáis a las siete de la mañana para saber en qué ha quedado la historia!

  5. Raquel BM says:

    Meeee encaaaantaaaa!!!!!superinteresante!!estoy con Rebeca, ja,ja,ja😂😂,quiero el emoticono comiendose las uñas y otro al lado tirandose de los pelos🙆, cuantoooo quedaaa para el luneees😖😖😟😭😭!!!!!

    1. Raquel Tello says:

      Jajaj, el de las uñas lo demandamos por iniciativa popular!! Besitos

  6. Laura Frost says:

    Decididamente, a los hombres que les queda bien un traje con chaleco, les queda bien cualquier cosa. Aunque, francamente, es sin nada cómo están más hermosos. Siempre reivindicaré una horizontal sin límites.
    Bravo, amiga.
    Aquí tu fan que te lee a cuenta gotas… ¡esta vida…!

    1. Raquel Tello says:

      Amiga, vivan las horizontales sin límites….

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