Mente domina cuerpo (4/4)

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Mi concentración es total, el kilómetro quince es mi juez, él dictará si he sido pretencioso o si he sido justo. Inspecciono al grupo, atravesamos una zona de pequeñas cuestas y bajadas, cada cuesta mantenemos el ritmo con esfuerzo y al llegar a la bajada no descansamos, aprovechamos el desnivel negativo para acelerar y ganar segundos, el grupo ya no existe. Resistir y tirar, resistir y tirar.

Quedamos solo el líder, el runner veterano y yo, los Pro cayeron ante el nuevo ritmo impuesto, los kilómetros son devorados y la media se sitúa en cuatro veinticinco. Nuevos corredores se nos unen pero no aguantan el ritmo y se desenganchan fácilmente y con ellos cae el veterano. Antes de caer, le indica al líder que tire él, que está fuerte. Dicho y hecho.

Como una locomotora, lenta pero inexorablemente, el líder comienza a apretar el paso, se aleja de nosotros y yo lo veo partir. Miro al nuevo grupo, miro al líder… al instante, acelero y lo alcanzo.

Me pongo a su lado y él parece sorprendido de verme. Estoy dispuesto a tirar yo también, no voy a pegarme a su espalda y dejarle a él todo el trabajo. Me habla y me comenta que hay que seguir apretando, de reojo veo el cartel que indica el kilómetro quince, ya no importa, sólo importa que este caballo todavía tiene fuerzas y está deseando galopar.

—¡Kilómetro quince!—le digo— ya no nos caemos, llegamos a este ritmo seguro.

—El último kilómetro lo hemos hecho a tres cincuenta y siete —me responde él.

Me cuesta creerlo pero un rápido cálculo mental me indica que así es, la media baja de segundo en segundo, cuatro veinticuatro, veintitrés, ¡esto es de locos!

Adelantamos corredores sin cesar, nadie en este nivel de carrera lleva nuestro ritmo, bebemos y compartimos el agua, el líder se alimenta con un gel y yo creo que para la próxima carrera voy a utilizar uno también. Kilómetro dieciocho.

De nuevo en Dos Hermanas el público nos aplaude y saluda, hay niños con las manos extendidas queriendo chocarlas con los corredores, pero todos van muy rápido y están demasiado concentrados para eso. Elijo un pequeñín que está con su padre y palmeo su mano mientras le dedico un “vamos campeón”. El ánimo de la gente me infunde más fuerzas todavía e incluso pienso en aumentar el ritmo.

Me cruzo con un amigo y lo saludo, estas distracciones me hacen obviar las señales que mi cuerpo pueda estar comunicándome. De momento, he domado a mi mente y dominado mi cuerpo, no hay dolor, no hay cansancio, solo hay potencia desatada.

Entre los corredores corre el rumor de que viene la última cuesta, la veo y es muy pronunciada, no muy larga pero muy pronunciada, ideal para realizar series en cuesta. El líder alecciona a todos:

—Señores, con cabeza, con cabeza, que ahí hay mucho que perder y poco que ganar.

Le hago caso y modulo mi ritmo al suyo. Comienza la ascensión, pasos cortos, constantes, tirando de riñones y cuádriceps, pienso que si estuviese haciendo una serie no iría mucho mas rápido de lo que estoy subiendo ahora. Vamos volando, creo que al final sí me prestaron sus alas aquellos pájaros.

La bajada es igual de pronunciada y como siempre apretamos para aprovechar. Es entonces cuando el líder que parece ir al límite me indica que me vaya, que yo estoy bien… lo pienso. Pero decido quedarme y recuperar en el diecinueve para darlo todo en el último kilómetro.

Mi decisión fue más sabia de lo que parecía porque trescientos metros más adelante un grupo de corredores me tapona y pierdo al líder, el cambio de ritmo me obliga a esprintar para alcanzarle y eso ocasiona que el dolor de costado amenace con aparecer ¡pero a qué ritmo voy!

No puedo alcanzarlo, no sé si es que él va más rápido o es que me estoy desfondado pero no puedo, poco a poco se va alejando metro a metro y yo no puedo seguirle. ¿Dónde se ha metido el cartel de kilómetro veinte?

Me adelantan dos corredores cuando veo el cartel. No lo voy a permitir.

Siempre hay que tirar en el último kilómetro, estés lo cansado que estés, porque después te echas en cara el no haberlo hecho. Ya no soy potente y rápido como un caballo, ya no estoy fuerte como un toro, pero sé que resisto, porque soy cabezota como buen hijo de esta tierra; el muro lo tiro a cabezazos si hace falta. Yo soy resistente y soy un lobo, un lobo que saca fuerzas de su flaqueza canina en los últimos metros, cuando se acerca a su presa a la carrera para morderle y debilitarla mas todavía, llevándola a su terreno, al terreno de la resistencia. Miro la espalda de los que me han pasado, aprieto los dientes, el paso, mi alma y mis asaduras si hace falta, poco a poco los alcanzo, los adelanto y no solo a ellos, comienzo de nuevo a adelantar participantes. Al fondo, la última curva. He estado tan concentrado que no me esperaba el cartel de kilómetro veintiuno al fondo, entro en el estadio y ya, al esprint total, adelanto a tres corredores más veteranos que yo que no pueden con alguien más joven en velocidad; sin embargo, lo intentan y van a todo lo que el cuerpo les da.

Cruzo la meta, paro mi reloj, no me creo la marca, paso por el control de tiempos, jadeando… vuelvo a mirar mi marca. Todavía no me lo creo. Saludo al líder y nos damos la mano.

Hoy, mi fuerza de voluntad ha ganado a los miedos de mi mente y ha transportado el esfuerzo de mi cuerpo a una dimensión que nunca me creí capaz de poder abordar.

Mente domina cuerpo y yo he corrido una media maratón en una hora y treinta minutos y pico, con una media por kilómetro oficial de cuatro dieciocho.

Satisfecho, vuelvo a mi vida…

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