Melisande

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En el interior del apartamento, Miles Davis se empeña en ir inundando cada rincón con los primeros acordes del cadencioso Blue in Green. Fuera, desde la terraza, la melodía me llega como un eco lejano y sordo que marida a la perfección con el aire frío de la noche. Lentamente, el oxígeno va filtrándose en mis pulmones. Mi cuerpo comienza a liberarse de las secuelas de varias horas frente a la pantalla de un ordenador. Estiro los brazos y hago círculos con el cuello, en un intento por devolver cierta flexibilidad a mi musculatura. Entonces, mi atención queda suspendida en el firmamento nocturno de la ciudad. Me detengo en un par de estrellas que parecen observarme con un tintineo impreciso. Son dos luminarias gemelas que brillan en mitad de una solitaria franja de oscuridad. Me aturde pensar en la magnitud del vacío que las circunda. De repente, el frío se hace más intenso, pero prefiero guarecerme cerrando hasta el cuello la cremallera de mi anorak antes que regresar al apartamento. Me invade el vértigo. Es como una sacudida que me hace sentir vulnerable. Todo supera mi capacidad de entendimiento. Una ráfaga de viento azota mi rostro. Es un estímulo que logra interrumpir mis pensamientos antes de que acaben por arrastrarme demasiado lejos de mí mismo. Cuando vuelvo a tomar conciencia de mi realidad, el mundo parece haberse detenido. Hasta Miles silabea alargando las notas más de lo acostumbrado. Solo el viento se afana para que todo recobre su velocidad original. Finalmente lo logra. Lo sé porque enseguida me aborda la misma inquietud que me acompaña desde hace semanas: la certeza de que jamás sabré lo que esconden los ojos de Melisande.

Es posible que, conforme escribía, algo me haya incitado a mirar con una nueva perspectiva. Y es que la intensidad con la que me rodean las dudas sobre Melisande va diluyéndose en una mezcla de tiempo y rendición a partes iguales. De pronto, pienso que puede que tenga que ser así. Que ella solo haya aparecido en mi vida para ser un misterio irresoluble, una duda permanente, una pregunta sin respuesta. Así que empiezo a aceptar que nunca lograré averiguar si alguna vez hubo en Melisande un hueco para mí, o si lo único que pretendió fue involucrarme en una especie de juego cuyas reglas solo dominaba ella; una suerte de diversión tan retorcida como apasionante.

Dudo mucho que alguna vez vuelva a encontrarme con alguien como Melisande. Ni con esa mirada sostenida, profunda y envolvente con la que parecía aferrarse a mi vida cada vez que nos cruzábamos en cualquier esquina del edificio. Una mirada de esas que, cuando te las regalan, iluminan tu día y, al mismo tiempo, te deja preguntándote qué carajo fue lo que hiciste para merecerla. Cualquiera a quien le preguntase me diría que caer rendido ante un par de ojos azules huele demasiado a cliché. Pero si de algo estaba lejos la mirada de Melisande era de los lugares comunes. La suya era una herramienta muy bien trabajada, entrenada a conciencia, lista en todo momento para desplegarse, escoltada por sus pestañas, y disparar a pequeñas dosis de forma minuciosa y constante. Dejarme atrapar por su mirada fue algo casi imperceptible. Solo con el paso de las semanas fui consciente de que algo me había sacudido tan fuerte que había dejado al descubierto huecos de mí que ni siquiera sabía que existían. Sospecho que ese desconcierto provocó que, en pocos meses, ya me hubiera convertido en adicto a su presencia. Y como haría un yonqui ante la excitación de una nueva droga de diseño, comencé a prolongar mi exposición a sus ojos improvisando media docena de palabras triviales cada vez que la veía. Ella me respondía con una sonrisa de receptividad y, joder, aquello no hacía sino estimular aún más mi curiosidad por escrutar cada palmo de su vida. No mucho después, ya era capaz de distinguir los diferentes matices de su mirada. Ya no solo veía sus ojos, a menudo cansados, a veces tristes, otras radiantes y orgullosos; sino que ahora también conseguía oírla. Como si, al mirarme, alguna vibración sonora surgiera de sus pupilas. Así, en ocasiones, me parecía que de ellas se escapaba un grito; el lamento de alguien que se siente sola y puede que asustada; alguien que desea escapar y marcharse lejos de su vida. Sin embargo, otras veces, sus ojos solo reflejaban la dulce presunción de quien simplemente disfruta sintiéndose deseada. Podría decirse que su mirada unos días te bañaba de cal, mientras que otros te enterraba en arena. Supongo que esa dualidad agitaba mis dudas y me disuadía de traspasar la frontera que marcaba su voluble forma de mirar.

Lo natural habría sido atender a los indicios que apuntaban a que aquello no era más que un juego; suponer que quizás no solo lo hacía conmigo, sino con veinte más. Era una solución sencilla, práctica, pero poco efectiva cuando uno sufre de la peor de las cegueras: la de no querer ver las cosas de manera simple. De modo que me empeñaba en ver matices, tonos y gestos que me indicaran lo contrario a cualquier señal lógica. Así que, al final, terminé en un terreno de nadie, donde solo el viento de la locura movía mi brújula sin marcar rumbo alguno. Quizás por eso mismo, por darle al asunto más vueltas de las que merecía, algún mecanismo de autodefensa acabó por tomar el control de mi voluntad y me hizo caer en una especie de calma tutelada. Solo bajo los efectos de ese nuevo estado logré tomar conciencia de la cantidad de horas que Melisande acaparaba en mi cabeza. Fue entonces cuando logré reunir la determinación necesaria para evitarla durante una temporada. Procuré olvidarla pensando en otras, hablando con otras, saliendo con otras, follando con otras. Pero no me sirvió de mucho. Cada vez que cerraba los ojos ella seguía ahí. Melisande había traspasado la maraña de mis pensamientos y se había deshecho de todos ellos. Incluso, al despertarme, lo único que recordaba era siempre el mismo sueño; una escena recurrente en la que solo había hueco para ella: en esa secuencia, Melisande se acercaba a mí. Al llegar a mi altura, se detenía y, mientras se acomodaba su melena rubia, fijaba sus ojos de sirena sobre los míos. Poco a poco, su mirada me taladraba bien hondo hasta dejarme casi paralizado. Primero las piernas, luego los brazos y el tronco y, finalmente, cuando intentaba suplicarle que se detuviera, la lengua dejaba de responder a mi voluntad, a mis palabras se le resbalaban todas sus letras y apenas era capaz de articular media docena de frases inconsistentes. Cuando recuerdo esa imagen, me resulta inevitable empatizar con el viejo Ulises. Porque incluso la idea de atarme al mástil de una nave me resultaba entonces una defensa inútil, por mucho que un prodigio de Atenea la hubiera hecho invisible.

Imagino que, por ese motivo, no fui capaz de prolongar mucho más mi exilio forzado. Poco después, ya intentaba regresar a las orillas de ese archipiélago azulado de dos islas gemelas, habitado por una criatura llamada Melisande. Pero desde mi retorno ya nada fue igual. Y por mucho que quise esforzarme en simplificar el porqué de las cosas, me resultó imposible encontrar una respuesta sencilla al hecho de que ahora fuera Melisande la que parecía evitarme. La que buscaba otra calle, la que se desviaba por otra esquina, la que se movía con sigilo para no hacerse oír, la que había cambiado su gesto al mirarme; la que ahora, las escasas veces que nos cruzábamos, me miraba con los ojos planos y apagados; la que había sustituido la calidez de su conversación por un escueto «buenos días». La que de nuevo sembraba en mi cabeza el germen de una batalla entre mi buen juicio y la permanente incógnita de sus ojos azules.

Comencé a sopesar la idea de zanjar todo por la vía rápida. Solo tenía que acercarme y preguntarle. Nada más sencillo que eso: «Eh, oye, Melisande, ¿alguna vez te interesé o solo fui parte de un juego al que me invitaste sin permiso?». De hecho, en determinada ocasión estuve a las puertas de lanzarme a ese vacío. Pero, en el último instante, por mi mente comenzaban a circular mil excusas con las que alguien como ella podría dar validez a su conducta; y siempre terminaba desistiendo ante la sospecha de que las posibilidades de acabar con el gesto de un portero goleado eran mucho más que considerables. Imagino que, al final de toda esta odisea, solo he descubierto que soy de los que prefiere convivir con las dudas antes que correr el riesgo de tener que desgastarme la lengua a base de lamer las heridas de mi orgullo.

Ahora que lo pienso, no puedo evitar decepcionarme conmigo mismo, por mucho que casi haya logrado despojarme del influjo de su mirada. Porque, en su lugar, ahora me recorre la espalda una corriente helada; un estímulo muy parecido al que deja en suspenso el alma de los cobardes. Aunque prefiero suponer que es el frío de la noche, que ha conquistado cada palmo de la terraza y me advierte de que ya va siendo hora de regresar al interior del apartamento. Así que echo un último vistazo al cielo nocturno. La contaminación ha mitigado el brillo de esas dos estrellas que siguen parpadeando desde una distancia cuya magnitud intento olvidar enseguida. Miles Davis también va apagándose bajo el sonido de su trompeta acerada por una sordina. El aire es ahora como el sonido del músico de Illinois: suave y desprovisto de cualquier traza de agresividad. Puede que todo sea una señal que me avisa de que ya no hay amenazas. De que debo sentirme libre para admitir que es por eso por lo que escribo estas líneas: porque necesito exorcizar los demonios que me siembran del tipo de dudas que se quedan con uno para siempre. O de que quizás todo esto no sea más que una prueba; algo que necesito superar para aceptar la frustración con cierta deportividad. Sea lo que fuera, estoy convencido de que aún tardaré bastante en asimilarlo, porque dudo que pocos enigmas se hayan mostrado tan insondables como el que esconde los ojos de Melisande.

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