Maripossa, con dos eses -XXVII-

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Cuando lo que queremos escuchar es “Nunca he sentido esto por nadie” y lo que escuchamos es “No eres la primera”, el padre de todos los tsunamis del mundo arremete contra los cimientos de nuestra propia confianza y nos hace tambalearnos. Da igual que luego añada cuánto tiempo ha pasado desde entonces, tú ya estás comparándote mentalmente con aquélla a la que estás sustituyendo: ¿era más guapa? ¿más inteligente? ¿más divertida? ¿mejor en la cama? Si además esto ocurre el día en que vas a conocer a la mujer con la que te engañó tu marido, añádele al tsunami un par de tiburones y quizás algún banco de pirañas del Amazonas, y ya tenemos la autoestima destrozada para unos cuantos de días. ¿Por qué tenemos que compararnos? ¿Por qué no podemos entender que cada relación es única, diferente e irrepetible?

De camino a casa llamé a Diana, necesitaba desahogarme. Le solté a bocajarro que sus suposiciones eran ciertas y que Eme me acababa de confirmar que había tenido una aventura hacía años. Apenas empecé a hablar del tema, me puse a llorar. Diana se quedó de piedra al otro lado de la línea.

—Pero Salomé, hija mía, ¿cómo puedes ponerte así? Nada ha cambiado entre vosotros, ¿es que no te das cuenta? Estás haciendo una montaña de un granito de arena, corazón. Pareces una quinceañera.

A moco tendido, le conté los detalles de cómo me lo había confesado, así, sin anestesia, como si no le importara nada contármelo, frío.

—Ay querida, estás más enamorada de lo que pensaba —a esas alturas, las cataratas del Niágara salían de mis ojos—. Salomé, no es que yo esté de su parte, pero no veo ninguna maldad en lo que ha hecho. Si te lo ha contado con tanto desafecto es porque no le importa. Lo único que me queda claro es que ese hombre está atrapado en un matrimonio infeliz. Nada más. Lo que tenga que ocurrir con vosotros, sólo el tiempo lo dirá. No te empeñes en vivir en el futuro, Salomé. Ni en el pasado. Vive en el presente y serás feliz.

Me consolaban sus palabras y empecé a calmarme. Por eso, y porque los coches que se paraban a mi lado en los semáforos me miraban atónitos mientras yo cedía a mi llorera. Mi amiga se estaba preparando para una cita con el propietario de un restaurante de diseño y tenía prisa, pero añadió:

—Escucha, Salo. Si quieres, vente para casa y cambio la cita para otro día.

Saqué un paquete de kleenex de la guantera y me soné la nariz.

—No querida, esta noche estoy invitada a casa de exmarido para conocer a su novia.

—¡Venga ya ! ¿Estás segura de que te sientes con fuerza para afrontar esa cena, precisamente hoy? Sólo faltaba que te pusieras a llorar delante de ellos y se pensaran lo que no es.

Me eché a reír. Diana siempre lo conseguía.

—No me apetece, pero tengo que hacerlo. Porque ha metido a los niños de por medio, el muy idiota, y me sabe mal después de todo.

—Bueno, en ese caso, pásalo bien —me dijo con sarcasmo.

Llegué a casa con el tiempo justo de darme una ducha y vestirme. ¿Qué debía ponerme? Me apetecía ropa cómoda, pero tampoco quería dar una imagen de cuarentona sin planes ante aquella jovencita con ambiciones. Elegí un vestido estampado largo hasta los tobillos y me solté el pelo, que me caía ondulado sobre los hombros. Combiné el vestido con un collar de cuero y unas botas bajas y me fui a casa de Pedro.

Los niños me recibieron con entusiasmo, como si hiciera siglos que no me veían. Aquella situación debía de resultarles extraña a ellos también. Le di a exmarido la botella de vino que había traído y éste tomó mi abrigo y me invitó a pasar al salón, que estaba presidido por un póster enmarcado tamaño XXL de John Lennon en el que se leía Give peace a chance.

—Maripossa sale enseguida. Está terminando de arreglarse.

El piso era grande y espacioso, la pintura de las paredes en tonos tostados demasiado saturados y la decoración con motivos étnicos, que supuse influencia de la joven crisálida. Mis hijos, ya bañados y en sus pijamas quisieron enseñarme su habitación. Les seguí por el pasillo hasta su cuarto y  me mostraron con orgullo una de las paredes, pintada a mano representando una escena espacial: un planeta repleto de extraterrestres, una platillo volante y dos niños astronautas con los nombres de los míos en sus escafandras espaciales. Me quedé gratamente sorprendida, no esperaba que hubieran dedicado tanto tiempo a hacer que se sintieran cómodos, cuando escuché una voz a mi espalda.

—¿Te gusta? Terminamos de pintarlo hace solo unos días.

Me giré y allí estaba ella. Una chica de unos treinta años, pelirroja y salpicada de pecas, bajita y muy delgadita que enseguida me inspiró ternura.

—Me encanta. Pintas muy bien —le tendí la mano—. Soy Salomé.

Ella aceptó mi mano pero me plantó dos besos:

—Yo Maripossa, con dos eses. Encantada de conocerte, por fin. Llevo oyendo hablar de ti muchísimo tiempo.

¿Qué hacía una niña dulce como ella con el insulso de mi exmarido?

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