Maripossa, con dos eses (parte II) -XXVIII-

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Una relación es claramente cosa de dos. Y cuando ésta se acaba por una tercera persona, muchas caemos en el error de culpar a la intrusa y aceptar de nuevo entre nuestros brazos al pobre marido que no ha podido evitar ceder a la tentación. Nunca ha ido conmigo. ¿Qué parte de responsabilidad puede tener una persona que se enamora de un hombre con un compromiso? ¿Qué culpa puede haber en enamorarse de una persona que no es libre? Sin embargo, me sorprende comprobar cuántas veces se repite la historia, en la que seguimos  considerando al hombre como una posesión preciada que alguien nos quiere arrebatar. No sucedió así en mi caso. Yo utilicé la infidelidad de exmarido para poner fin a un matrimonio que ya no me satisfacía, pero no me generó enemistad contra ella. Ahora bien, cuando llega el momento del cara a cara con aquella que en cierta manera fue nuestra rival, ¿hasta qué punto nos afecta en nuestra dignidad como mujeres? ¿Estamos inevitablemente condenadas a autoconvencernos de que nosotras somos mejores? ¿Seguimos compitiendo por el macho de la manada?

Volvimos al salón y exmarido sirvió la cena: pizza casera para los niños y lasaña de verduras para nosotros. Me senté entre mis dos hijos, dispuesta a sobrevivir a aquella situación. Me interesé por el talento de Maripossa para la pintura y descubrí que tenía otras muchas cualidades. Por ejemplo, todas las figuritas de madera que colgaban de las paredes del salón las había tallado ella. Era una chica comprometida con el medio ambiente y con todo lo natural. Vegetariana, fabricaba sus propios jabones y amaba a los animales hasta el punto que estaba intentando convencer a exmarido de que adoptaran un perrito. Me horrorizó la idea, a mí los animales me gustaban de lejos y en su hábitat natural. Un perro en esa casa significaría que mis hijos dormirían con pelos en la sábanas y que volverían a la mía con lengüetazos llenos de bacterias. Pero omití los comentarios, intentando ser cordial.

—Dime, ¿a qué te dedicas? Pedro me dijo que vendías Thermomix. Pero ahora que veo las cualidades que tienes, me sorprende que no te ganes la vida de otra forma.

—Bueno, de vez en cuando expongo en mercados artesanales, e intento vender alguna cosa, pero eso no da para vivir. Y bueno, la venta de Thermomix me facilita mucho que pueda seguir dedicándole tiempo a lo que me gusta. Yo me organizo la agenda, y fuera de alguna feria en la que haya que hacer una demostración o algún curso de formación al que tenga que acudir, la verdad es que me deja mucho tiempo libre. ¿Tú tienes Thermomix?

Nos echamos a reír. La verdad es que la chica era agradable y parecía lista. Pero me resultaba tan joven…

—Bueno, ¿y cómo os conocisteis?

Intercambiaron una mirada incómoda, supuse que me imaginaban cargada de rencor, y tardaron en responder:

—Fue durante la feria de Madrid, ExpoAlimentaria —intervino Pedro—. Mi empresa siempre monta un stand para presentar las novedades que hayamos incorporado al surtido de productos durante el año, ¿recuerdas?. Y en aquella ocasión, habían contratado a Maripossa para que preparara  en vivo algunas recetas con su Thermomix.

No pude evitar imaginarme la escena. Aquella pobre niña entre tiburones babosos. Me había imaginado a una explosiva descerebrada con la cabeza llena de serrín, y me había encontrado con una jovencita comprometida de pleno con sus ideales, demasiado ingenuos, eso sí.  Acabamos de cenar hablando de trabajo y después de los postres, exmarido llevó a los niños a acostar mientras yo ayudaba a Maripossa a recoger la mesa. En cuanto nos quedamos a solas, me soltó:

—Salomé, tengo que pedirte perdón.

—¿Perdón? ¿Por qué?

—Por haber roto tu matrimonio —bajó la mirada—. Hay algo que tengo que confesarte. Fui yo quien metió mis braguitas en el bolsillo de la chaqueta de tu marido.

Me enterneció. No sé si sería la diferencia de edad, pero la veía tan inocente, que la cogí de sus pequeñas y blancas manos y le dije:

—Mi matrimonio ya estaba acabado, querida —me resistía a llamarla Maripossa—. No te sientas mal por eso. Tarde o temprano habría pasado.

Ella me sonrió, suspirando aliviada y añadió.

—Me gustaría que fuéramos amigas, con el tiempo.

Uff, tampoco había que pasarse.

—Llevémonos bien por los niños, con eso será suficiente —le contesté.

Quizás sonó gélido y desabrido pero había sido un día difícil, demasiadas emociones en tan pocas horas. Me invitaron a quedarme para tomar una copa, pero sin el escudo de los niños, que era por lo que estaba allí, no me pareció apropiado. Me despedí de ellos, agradeciendo la velada y por supuesto, “comprometiéndome” a que teníamos que repetir, y bajé en el ascensor haciendo caso omiso del cartel en el que se leía: prohibido fumar. O eso o me tiraba de los pelos. Tres caladas más tarde recuperé la serenidad. Caminé hasta casa —Pedro había tenido la deferencia de alquilar cerca de nosotros—, agradeciendo el aire frío en la cara. Me desmaquillé con uno de los jabones que Maripossa había insistido en regalarme y antes de acostarme y de poner fin a aquel extraño día, consulte mi móvil. Ahí estaba el mensaje de Eme, de las ocho de la tarde:

“Te amo”.

Me sentí de repente muy ridícula por cómo había reaccionado, y echando de menos hasta el infinito un abrazo suyo me dormí, conformándome con la almohada. ¿Si me esforzaba, lograría soñar con el?

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