Malasmadres -XXI-

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El recuerdo que tengo de mi madre cuando yo era pequeña es el de una señora feliz, que se encargaba de atender la casa, a su marido y a sus tres hijas. No tenía un trabajo remunerado, no se sentaba con nosotras a hacer los deberes y no recuerdo que haya jugado jamás tirada en el suelo del salón. Nos reñía cuando tenía que reñirnos y ninguna de mis hermanas creció traumatizada. Para mí era una madre perfecta. ¿Qué ha pasado para que lo que se nos exige a las madres de hoy en día haya cambiado tanto? Las buenas madres de hoy tenemos que ayudar a los niños con los deberes, hacer las mejores manualidades, saber construir una nave espacial de lego, cocinar las recetas de Masterchef Junior, tener la casa limpia y ordenada,  sin olvidar que muchas de nosotras queremos seguir siendo buenas profesionales, tener tiempo para pintarnos las uñas y poder ir al gimnasio o la peluquería de vez en cuando. ¡Por favor! ¡Que levante la mano quien no haya tenido ganas de salir corriendo y abandonar!

Hacía frío y Emi y yo nos sentamos dentro de la cafetería que habían abierto en el edificio de Diana, mientras los niños estaban en inglés. Noté a mi amiga agobiada, al borde de una crisis de nervios. La pequeña Cris estaba echando nuevos dientes y pasaba día y noche llorando sin consuelo. Emi cumplía con sus horarios en el súper como podía y se encargaba del mayor y de la casa pero, me contaba, sentía que estaba perdiendo el control.

—Es absolutamente normal, cariño —la consolé—. Todas hemos pasado por ahí.

—Me siento fracasada en todos los aspectos de mi vida, como trabajadora, como pareja, como madre…

—No digas eso, se nos exige mucho hoy en día. Y las más estrictas en juzgarnos somos nosotras mismas. Pero es sólo una etapa. Cris es muy pequeñita, ya verás cuando crezca un poco, te sentirás más liberada.

—De verdad, cómo te admiro, Salo. No sé cómo puedes tú sola con todo.

—Pues igual que todas: unas veces mejor y otras peor. Y ¿qué hay de tu marido? ¿Por qué  no te apoyas más en él?

Emi soltó una carcajada.

—¿En Paco? ¿estás de broma? —bebió otro sorbo de su café y le limpió a Cristina la baba que le manchaba toda la barbilla. La niña empezó a protestar—. Estamos en crisis total, no nos entendemos. No sé cómo me convenció para tener a Cris, de verdad. Me arrepiento de haberme casado con él, fíjate.

—Ay, querida, qué mala racha —le dije sin otorgarle demasiada importancia a lo que me acababa de confesar, pero lo cierto era que me preocupaba.

Emi apretaba la mandíbula y tenía la vista fija en su café. Nunca la había visto tan al límite, estaba perdiendo mucho peso y su cara reflejaba un cansancio perpetuo.

—El otro día me fui a trabajar y me olvidé a Cristina en el coche —me soltó a bocajarro, levantando la vista y escudriñando mi expresión.

Sabía que yo sería incapaz de fingir, así que me mordí el labio inferior y la tomé de las manos. No me atreví a decir nada. ¿Qué iba a decirle, “no tiene importancia”? En ese instante, se le saltaron las lágrimas.

—Fue sólo un momento, pero por Dios, ¡cómo pude olvidarme! Estaba dormidita y no me di cuenta. A los cinco minutos de estar en la caja, cuando empecé a poner mi cabeza en orden, me vino como un flash —a estas alturas, Emi lloraba a moco tendido—. Dejé a mi clienta a medias, ni siquiera dije nada a mis compañeros, salí corriendo hacia el aparcamiento temiendo que alguien hubiera roto la ventanilla y se la hubiera llevado…

Me levanté de mi silla y ocupé la que estaba justo a su lado, para poder abrazarla. Lloró unos minutos más mientras el camarero me preguntaba con la mirada si iba todo bien y yo le encargaba una tila doble moviendo los labios, que no tardó ni un minuto en estar en nuestra mesa.

—Tómatela, cielo.

Emi empezó a relajarse. Y a mí seguía sin ocurrírseme nada para consolarla. Si me ponía en su lugar, preferiría no escuchar nada a escuchar cualquier trivialidad. A través de la cristalera de la entrada, vi a Diana aparcando su Audi A3 y bajarse con un sensual movimiento de cabello.

—Ahí viene Diana. Ve al baño, y recomponte un poco si no quieres que se dé cuenta —le dije.

—Por favor, ni una palabra de esto a las demás. Ya me da demasiada vergüenza.

—No hace falta que lo digas, ya lo sabes.

Diana hizo su entrada, arrasadora. Lanzó sus buenas tardes a los camareros, acompañadas de besos al aire. Los dos hombres que atendían la barra dejaron cuanto hacían para dedicarle halagos y piropos a la que era, sin duda, su clienta más sexy. Se sentó elegantemente en nuestra mesa, despreocupada, haciéndole carantoñas a Cristina desde una prudencial distancia y comenzando a hablarme entusiasmada:

—Nena, menos mal que te veo. He tenido un soplo que podría ser muy interesante para ti. ¿Te acuerdas de aquel cliente del banco? ¿El que me organiza las convenciones anuales todos los años en estas fechas? —Yo asentía con la cabeza sin atreverme a interrumpir su discurso, que disparaba como una ametralladora—. Pues vengo de tomar una copa con él y acaba de contarme que están planificando un evento de incentivos a nivel nacional. En Sevilla, abril o mayo. No tiene nada que ver con nosotros, no harían nada en el Palacio, pero traerían durante cuatro semanas a los mejores directivos de España para premiarles con un programa, que no saben de qué tipo, aún está por decidir, pero lo que sí necesitan es un hotel con encanto. Por supuesto, le he pasado tu contacto y le he hablado de tu hotel. Dice que aún no está nada confirmado, pero que el alojamiento lo lleva otra persona de su departamento y que no sabe cómo de avanzada están las gestiones. Le he insistido en que te conozca, necesitan lujo por todo lo alto, alojamiento, desayunos y cenas. Y algunos salones para conferencias. Te interesa, ¿no?

—Claro que me interesa. Sólo espero que no coincida con Feria ni con Semana Santa, porque entones sería imposible.

—¿Imposible? ¿Sabes cuánto están dispuestos a pagar, Salomé? ¡Tienen un presupuesto de trescientos mil euros solo para esa partida!

—¡Joder!

—Eso mismo.

Emi salió del baño.

—¿Y tú cómo has conseguido toda esa información? —le pregunté para desviar su atención de la pobre Emi, aunque a Diana se le escapaban pocas cosas. La vi posando sus ojos suspicaces sobre los de ella, que esquivó su mirada, y contestarme a mí con desdén.

—¿En serio lo preguntas? —se reclinó sobre su silla y cruzó las piernas, para deleite de los camareros—. Lo que yo no sea capaz de sacarle a un hombre…

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