Las huellas que no borrarían las olas -XXXIII-

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Estoy segura de que muchas de vosotras habéis vivido momentos en los que habéis sentido el corazón a punto de reventar de amor. En los que os habéis sentido en la cima de una montaña, o con el mundo en vuestras manos, hasta sintiendo dolor de pura felicidad. Pero os pregunto: ¿también vosotras sois conscientes de que esa felicidad no puede durar para siempre? ¿También os esforzais en imprimir esos recuerdos a fuego en vuestra memoria para que podais recordarlos más tarde, cuando ese amor no esté o cuando ya se haya acabado?

Durante las dos horas siguientes a nuestra llegada, Eme y yo sólo nos preocupamos de que entre nuestros cuerpos no pudiera correr ni un leve soplo de aire. De la terraza pasamos a la cocina, de la cocina a la habitación, y hasta de pie contra la pared del cuarto de baño nos amamos. Respiraba el olor de su cuerpo, intentando retenerlo entre mis registros como si se tratara del perfume más preciado. Tumbada en el sofá, con su camisa abierta por única prenda, me encendí un cigarrillo:

—Tengo hambre —le dije.

Él, desnudo completamente, intentaba encontrar algún canal en la tele que pudiéramos ver.

—Vístete, salgamos a tomar algo.

Me encantó la idea. Pensaba que no querría dejarse ver en mi compañía en un lugar donde podían conocer a su mujer, y aunque la condena de estar recluida con él era dulcísima, me apetecía mucho más pasear libre de su mano. Fuimos caminando en dirección opuesta a la playa, hacia el pueblo. Me detuve frente a una tienda de cerámica portuguesa, me encantaba el colorido de aquel escaparate, y me llamó especialmente la atención un plato blanco con el dibujo en añil de una mujer de pie, a la espalda de un hombre sentado que tocaba la guitarra. Ella le acariciaba la cara mientras parecía que le cantaba bajito. Se desprendía mucho amor de aquella imagen. Eme me atrajo hacia él y me pasó el brazo por encima del hombro.

—¿Te gusta? —me preguntó.

Le di un beso en la mano que ahora quedaba tan cerca de mi cara y asentí, entrelazando mis dedos con los suyos. Seguimos avanzando así abrazados y nos sentamos en un restaurante cercano con mesas en el exterior. Pedimos vino blanco y pescado fresco y nos dispusimos a disfrutar del suave sol de abril.

—Está siendo un día perfecto —le dije—, voy a pensar seriamente comprarte la casa, total, tú no la usas.

—¿Y para qué quieres comprarla? Puedes venir cuando quieras.

—Ya, pero ¿y si no me apetece venir contigo? Podría querer venir con mis hijos, o con mis amigas —le repliqué burlona.

—Te lo he dicho, puedes venir cuando quieras.

Le miré a los ojos mientras rellenaba mi copa de vino, buscando un atisbo de fanfarronería en sus palabras, pero sabía que lo decía en serio.

—¿Por qué nunca te has planteado venderla, si realmente no la disfrutas como tú querías?

—No quiero venderla sólo porque a mi mujer no le guste venir. Mientras pueda la conservaré, y si tengo que venir contigo en vez de con ella, pues mucho mejor.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Claro —tomó otro bocado del delicioso pescado a la brasa que nos habían servido, y esperó mi pregunta.

—¿Estás enamorado de tu mujer?

—No, hace muchos años que no.

Aparté las espinas del bocado que me preparaba y, aunque con miedo a su respuesta, me atreví a preguntarle:

—¿Estás enamorado de mí?

—Sí.

—¿En algún tipo de vida futura te ves conmigo?

—Si lo que me estás preguntando es si fantaseo con una vida en común a tu lado, claro que sí. Me he imaginado ya en todo tipo de situaciones contigo, hasta peleándonos. Pero no me veo capaz de escapar de mi vida ahora.

—¿Por qué no? Te aseguro que una vez que das el paso, todo es mucho más fácil de lo que uno se imagina.

Me miró con ternura.

—Puede ser. Pero tengo mucho miedo de perder a mi hija. Gloria tiene una hermana viviendo en Estados Unidos, creo que te lo he dicho antes, ¿no? —asentí—. Ya alguna vez me ha propuesto mudarnos allí y empezar de nuevo, sobre todo después de la primera crisis que tuvimos. Y me temo que si le planteara un divorcio estoy casi seguro de que haría lo imposible por llevarse a Fabiola allí.

—¿Tú crees?

—Apostaría mi mano derecha.

—No sé si la ley lo permitiría.

—Ella ya se encargaría de chantajearme emocionalmente al margen de la ley, Salomé. Mi mujer está aferrada a nuestro matrimonio con uñas y dientes, le da igual si lo que recibe de mí son sólo las sobras, se conforma con eso. No quiere ver que ya he dejado de amarla, y vive fingiendo que seguimos siendo una familia feliz.

—Pues es una vida muy triste.

—Hasta que apareciste tú en ella.

Jo, ¿qué estaba pasando hoy con Eme? ¿Se había propuesto derretirme con sus palabras? Me acerqué y lo besé en los labios lentamente. Me retiré sólo un par de centímetros de su cara, y entonces me decidí:

—Te amo.

Sonrió.

—Yo a ti.

—Es la primera vez en mi vida que digo te amo a alguien.

—No te creo.

—Bueno, te quiero, obviamente sí, pero nunca te amo.

—Pues eso te lo has perdido, nena. No me digas que no es mágica la sensación de amar a alguien a morir y poder decírselo.

Suspiré, con miles de burbujitas de amor saliendo de mi cuerpo. En ese instante, el camarero nos trajo la cuenta y se acercó con dos vasitos de licor de hierbas sobre un plato. Cuando lo colocó sobre la mesa me quedé de piedra. Era el mismo plato que habíamos visto en el escaparate de aquella tienda. Pensé que era una adorable casualidad hasta que miré a Eme y lo vi sonreír.

—Pero, ¿cuándo..?

Eme levantó los brazos exculpándose y entonces observé que el camarero, que se mantenía en un discreto segundo plano tras la barra, se volvía de espaldas, sonriendo también. ¿Hoy estaba dispuesto a que me volviera completamente loca por él?

Desandamos el camino hacia la casa, feliz con mi plato en una bolsa, y Eme se metió tras la barra de la cocina a preparar unas copas. Lo rodeé desde atrás con mis brazos, abarcando todo su torso y le pedí:

—Me gustaría quedarme a ver la puesta de sol.

—Pues nos quedamos, princesa. El día es nuestro hoy.

No me cabía el corazón en el pecho, si me paraba a recordar cuánto tiempo hacía que no me sentía así, quizás tuviera que remontarme a los quince años. Subida en una montaña rusa, me sentía subir, subir, subir. Lo peor de todo era la consciencia de que, en algún momento, había que empezar a bajar.

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