Las cartas al descubierto -VII-

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La evolución de la tecnología aplicada a las relaciones sociales ha modificado las reglas del juego, también en el plano sentimental.  Si tomamos como ejemplo Whatsapp, seguro que todas nosotras hemos pecado alguna vez de haber enviado mensajes por este medio  que seríamos incapaces de decirle a un hombre a la cara. Hemos creado una versión desinhibida de nosotras mismas en clave telefónica. Pero, ¿qué pasa cuando al personaje virtual le piden una cita? ¿Qué pasa cuándo quieren conocer a esa osada provocativa que contesta con sugerentes ocurrencias? ¿Cómo debemos afrontar el instante en el que sentarnos frente a frente con la persona con la que llevamos semanas intercambiando mensajes? ¿Una sonrisa y bajar la mirada serán suficientes para dejar claro que ésa del teléfono no somos realmente nosotras? ¿Cuentan ellos con que en realidad somos una versión descafeinada? ¿Y qué hay de ellos? ¿Serán también menos especiales cuando no tengan tiempo de meditar la respuesta, de escoger la palabra correcta?

Después de mi conversación con Emi, pasé varios días midiendo con precisión matemática el número de respuestas y la longitud de las mismas en mi rutina de intercambiar “pensamientos” con el señor Eme. Pronto llegué a la conclusión de que aquello me requería demasiado esfuerzo y generaba pocas aclaraciones, por lo que opté por liberarme de mis autoimpuestas cadenas y volver a ser yo misma. Entonces, el jueves por la mañana llegó el mensaje que inauguraría la fase dos de nuestra relación:

¿Aceptas una invitación para comer conmigo mañana?

Comprobé que no tenía nada previsto en mi agenda y le respondí tomando prestada una de sus expresiones:

Sea.

A medida que avanzaba el día, mi entusiasmo se transformaba en nerviosismo.  El paso que estábamos a punto de dar marcaría un cambio en el inocente coqueteo que hasta ahora habíamos mantenido. Me asaltaron las dudas sobre qué esperaba él de ese almuerzo, y sobre todo, qué esperaba yo de una relación que iba tomando vertiginosamente las dimensiones de un tornado, y me asusté. Como exmarido no me devolvería a los niños hasta las nueve, telefoneé a la única persona que podía asesorarme: Diana.

Me invitó a que pasara por su casa a media tarde para tomarnos un café juntas y así lo hice. Toqué el timbre de su piso a eso de las seis y mi amiga me abrió la puerta exuberante, como era inevitable en ella, con un precioso mono largo y fluido en color amarillo que le dejaba al descubierto toda la espalda y Catusa enredada entre sus pies desnudos. Me sirvió una taza de café y nos sentamos en su terraza, los pies en alto y cigarrillo en mano, mientras Catusa se instalaba a una distancia prudencial de nosotras, lo suficientemente lejos para no ser molestada, pero lo suficientemente cerca como para  no sentirse excluida de aquella mini reunión.

—¿Qué pasa Catusa? ¿Tú también quieres saber del señor Eme? —le pregunté, dirigiéndole una mirada.

—Miau —me respondió lacónica, entrecerrando los ojos.

Diana entró en materia:

—Se abre el consultorio sentimental de Diana cazadora. ¿En qué puedo ayudarle?

—Eme me ha invitado a comer mañana.

Me dirigió una mirada plena de orgullo, como las que le dirigiría una maestra a su aprendiz.

—Muy bien —me respondió, dando una larga calada a su cigarrillo—, ¿y cuál es el problema?

—El problema es que estoy un poco confundida, Diana. Por un lado, me apetece muchísimo ese almuerzo, pero por otro, tengo miedo de lo que implica.

Diana me miraba sin comprender.

—¿Y qué crees que implica?

—Ya sabes lo que quiero decir. Me gusta muchísimo, me parece muy atractivo, pero en realidad no lo conozco de nada, y ¡está casado! —yo hablaba atropelladamente, incapaz de controlar mi nerviosismo—. Llevamos semanas intercambiando mensajes que, aunque no son comprometidos, tampoco son del todo inocentes y está claro que él quiere conocerme más. Y yo también a él, por supuesto, pero no sé qué puede pasar cuando nos tengamos frente a frente, será la primera vez que nos veamos en persona desde que comenzamos  a escribimos por Whatsapp y no sé cómo voy a reaccionar, sabiendo que yo le gusto y que él sabe que a mí me gusta él…

Diana se echó a reír y la miré, suspirando, agobiada.

—Salomé, te estás comportando como una quinceañera. Creo que jamás te había visto así.

Entonces puse esa expresión boba que ya comenzaba a ser habitual cuando hablaba de él.

—Es que no sé por qué me gusta tanto ese hombre. No dejo de pensar en él; tiene unas conversaciones tan inteligentes…, creo que es lo que más me atrae, ese aire de superioridad intelectual que le sale por los poros, ¿me entiendes?

—Sí, tú siempre has sido muy sapiosexual. Los hombres te entran por el cerebro, no por la entrepierna. Y además te gustan los hombres seguros de sí mismos. Para mí que has dado con la horma de tu zapato.

—Ésa es justamente la sensación que tengo. ¿Qué hago, amiga? Las mariposas de mi estómago son de tamaño prehistórico.

—¿Qué vas a hacer? Pues ponerte absolutamente preciosa.  Ir a comer con él y deslumbrarlo con tu personalidad arrolladora. Conocerlo un poco más y ya está.

—¿Tú crees que él irá buscando algo más?

—¿Tú quieres que él busque algo más?

—Creo que sí.

—Pues adelante. Y recuerda: el hecho de que esté casado debe importarle a él, no a ti. Durante el rato que compartáis mañana, no es un hombre casado, es solamente el señor Eme. Y será exclusivamente tuyo durante ese tiempo. No seas idiota y lo desaproveches pensando tonterías.

—Corro el riesgo de enamorarme.

—No puedes evitar enamorarte de alguien, aunque sepas que es inapropiado. Ojalá las emociones fueran posibles de controlar. Entonces, la vida sería mucho más fácil.

La miré sorprendida por la confesión. A Diana siempre la consideré alérgica a las relaciones estables, pero no sabía que era una estrategia que ella cuidaba celosamente. Pareció entender lo que pensaba porque me respondió:

—Por ese motivo me bloqueo de toda conexión sentimental. Por eso, no quiero saber nada de la vida de ningún hombre, ni que ellos sepan de la mía. Y por eso, la única compañía nocturna que acepto en mi cama es esa bola de pelo blanca que nos mira desde la esquina.

Catusa emitió un lánguido Miau, a sabiendas de que hablábamos de ella.

Ya de vuelta en casa, intenté asimilar los consejos de Diana y pasé revista a mi armario, escogiendo el modelito que vestiría para la ocasión: no debía ser ni muy exuberante ni muy recatado. Al final, decidí por explotar lo que yo consideraba mi punto fuerte, mis piernas, y opté por un vestido negro de corte recto, que me caía por encima de las rodillas y unos tacones abotinados de Louboutin, que me hacían sentir como una top model siempre que los llevaba.

Dejé el vestuario preparado encima del sillón orejero blanco que tenía en mi dormitorio, y me metí en el baño con los nervios pellizcándome el estómago, intentando tranquilizarme antes de que volvieran los niños. ¿Estaba otorgándole demasiada importancia a aquella cita o era absolutamente normal sentir vértigo?

2 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Enganchadísima….¿de verdad hay que esperar una semana? ¿ Hay emoticonos comiéndose las uñas? Me definiría perfectamente…jajajaja!!

    1. Raquel Tello says:

      El único remedio que se me ocurre es que sigáis leyendo mucho y me recomendéis mucho, a ver si me puedo retirar y vivir para escribir!!
      Ojalá! Un beso

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