A la velocidad adecuada -IX-

Posted on

La incorporación masiva de la mujer al mundo laboral durante los últimos sesenta años ha propiciado una amplia transformación en los roles sociales, pero aún persisten grandes escollos en el camino hacia la igualdad. En cuestión de sentimientos, detrás de la fachada de mujeres despreocupadamente libres y moralmente emancipadas que todas aspiramos a ser, seguimos escondiendo una faceta vulnerable que aún se siente intimidada por el qué dirán. Es por esto que, ante los mismos hechos, un hombre será considerado un donjuán y una mujer…, cualquier otra cosa. En pleno siglo XXI, ¿aún se mide la reputación de una mujer por el tiempo que tarda en meterse en la cama de un hombre? Y si ese hombre está casado, y la mujer lo sabe, ¿se ha alcanzado el colmo de la degeneración moral?

Me planteaba todo esto mientras el señor Eme pedía la cuenta en Voraz y yo me amedrentaba por lo que pudiera dar de sí aquella tarde. Manuel Castilla, el propietario, se acercó a despedirnos. Él y Eme charlaron un momento sobre negocios y Manuel le comentó brevemente un tema sobre el que quería que Eme le asesorara en materia fiscal. Enseguida me dirigió una mirada de disculpa y le dijo :

—Pero no es el momento. ¿Te llamo la semana que viene y comemos juntos?

—Claro, llámame —le dijo Eme, guardándose la tarjeta de crédito en la cartera.

—¿Qué tal la comida? —se interesó, mirándome a mí.

—Todo delicioso, muchas gracias —respondí.

—Salomé es directora comercial en un hotel boutique del centro, Manuel —intercedió Eme.

Saqué una tarjeta de visita de mi bolso e intercambié una con él. Quizás pudiéramos colaborar de alguna forma en el futuro. Cuando nos montamos de nuevo en el coche, Eme me miró divertido y preguntó:

—¿Adónde, señora?

—Al Monasterio de la Cartuja, por favor.

Enarcó las cejas y siguió utilizando un tono burlón conmigo, que me arrancó una sonrisa:

—¿Un monasterio? Creo que es la primera vez que causo ese efecto en una mujer.

—Allí está el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo. El paseo por los jardines es muy agradable, nos vendrá bien para bajar la comida.

Al llegar, pedimos dos cafés y nos sentamos en el césped, a la sombra de un árbol. Le conté que era un lugar que yo frecuentaba a menudo, cada vez que quería disfrutar de mi soledad, con un buen libro entre las manos. Encendimos unos cigarrillos y le propuse una actividad. Me gustaba proponer cosas, pronto descubriría que él aceptaría todos mis juegos, pero que se comprometería con muy pocos. Le pedí que cerrara los ojos durante cinco minutos y se dedicara exclusivamente a sentir el calor del sol en la piel, el viento fresco de media tarde y el murmullo de las conversaciones lejanas. Al poco, susurró en voz baja, con los ojos aún cerrados:

—No recuerdo cuánto tiempo hacía que no me dedicaba a escuchar el silencio.

Aproveché para mirar su perfil a contraluz, su nariz un poco respingona y sus labios gruesos, y me entraron ganas de acurrucarme en su cuello. Me sentí cómoda para llevar la conversación al terreno personal, así que disparé:

—¿Dónde vives?

—Vivimos en Tomás de Ibarra, una calle paralela a la Avenida de la Constitución.

Me percaté del plural que había usado para responder y mi ego de guerrera se arrancó para afrontar decidida un tema que hasta ahora habíamos evitado.

—Sé dónde es. Buen sitio. ¿A qué se dedica tu mujer?

Abrió los ojos y me miró, sorprendido por la pregunta y meditando la respuesta. Le dirigí una mirada desafiante, que decía: “¿creías que iba a ignorar el hecho de que estás casado?”.

—Gloria es diseñadora de interiores. Tiene un estudio en el mismo edificio donde vivimos. Nos viene bien, porque yo trabajo hasta tarde y ella puede seguir trabajando cuando Fabiola vuelve a casa.

—¿Tu hija?

—Sí. Tiene diez años. ¿Tú tienes hijos?—preguntó, más por cortesía que por interés.

—Dos. Ignacio, de ocho y Miguel, que acaba de cumplir cinco.

Dejó pasar algunos segundos en silencio.

—¿Marido?

Me hizo gracia su forma de preguntarlo. No se podía mencionar el tema con menos ganas. Hasta en palabras había economizado. En la misma línea respondí:

—Ex.

Espiró sonoramente, de una forma que sólo dejaba traslucir alivio, y fui consciente de dónde me estaba metiendo. Yo jugaba con desventaja. Él no tendría que compartirme con nadie, y yo acabaría siendo la otra:

—¿Qué te preocupa?—me preguntó.

Y no lo pude evitar. Necesitaba una aclaración.

—¿Qué hacemos aquí? ¿Qué esperas de mí?

—Quiero conocerte —dijo simple y llanamente, sosteniéndome la mirada con una expresión muy seria.

Continuamos así, en silencio, estudiándonos, como si a los dos nos tocara mover en una partida de ajedrez. Me imaginé a mis amigas observándome por un agujerito. Diana me estaría diciendo “no sigas por ahí”, Mariluz estaría deseando que me levantara y me fuera en aquel preciso instante, y Emi estaría disfrutando de que le estuviera obligando a mojarse un poco.

—Es complicado —dije al fin.

—¿Por qué es complicado?

—Ya sabes por qué.

—Si no te sientes cómoda, puedes decidir no volver a verme.

“Mierda, ahora tengo la pelota en mi tejado”, pensé. ¿Debía ser consecuente y decirle que lo mejor era parar esto aquí y ahora? Si por el contrario, decidía continuar, más adelante no cabrían reproches. Eme siguió hablando por mí:

—Yo tengo claro que quiero estar aquí. No he podido sacarte de mi cabeza desde que nos encontramos en aquel vestíbulo y no sé por qué. Pero estoy dispuesto a averiguarlo.

“¡Toma! ¿No querías una declaración de intenciones?”, me dijo el fantasma de Emi. Yo seguía callada. Las chicas iniciaron una conversación en mi cabeza:

” Si te levantas ahora, quedarás como una señora”, decía Mariluz,que se busque otra amiguita para jugar”.

“Sí, eso, vete a casa con el orgullo intacto, pero con la duda eterna de qué habría podido pasar”, le replicó Emi.

“Por favor, Salomé”, se desesperaba Diana, “que tienes cuarenta años. ¿Qué pasa por tener un affaire con un hombre casado? No serás la primera ni la última. Adelante, vive”.

—¿De qué tienes miedo? —la pregunta de Eme me devolvió a la realidad.

“¿De enamorarme? Un par de citas más y me temo que estaré loca por ti”. Si seguía callada, el riesgo de quedar como una idiota total era alto, así que dije sin pensar más:

—¿Damos un paseo?

Él comprendió que le estaba pidiendo una tregua y aceptó, colocándose a mi lado y caminando con las manos en los bolsillos. El jardín del monasterio está salpicado de obras de arte moderno. A él le hacían mucha gracia mis explicaciones, y me decía que de haber venido solo, nunca hubiera sospechado que aquello fuera arte. Me gustaba sentir su proximidad y me agarré a su brazo. Me sonrió, y sabiendo que el paso era grande para mí, permaneció con las manos en los bolsillos, sin intentar ningún otro acercamiento que pudiera espantarme. Llegamos a una especie de palacete con multitud de varillas de plástico suspendidas del techo, y entramos. Apoyó sus manos en el muro de piedra que daba al jardín trasero y yo me senté con la espalda apoyada a una columna. Cerré los ojos, intentando imbuirme de la sensación de absoluta calma que reinaba allí, para evocarla luego. Cuando los volví a abrir, me miraba fijamente. Le sonreí un poco sólo, y entonces supe que iba a besarme. Hacía mucho que no sentía una boca en la mía y noté como se me aceleraba el corazón. Eme se acercó despacio, con cautela, y me besó. Y para mi desgracia, lo hizo muy bien. Al separarse, me acarició la mejilla.

—Estaba deseando probarte —me dijo.

—Esto no puede ser bueno.

—Tendrás que aprender a disfrutar del momento, princesa. Le das demasiadas vueltas a esa cabeza.

—Tendrás que enseñarme tú.

Sonrió y volvió a besarme, y esta vez, le pasé los brazos por el cuello y lo atraje hacia mí. Creo que fue el beso más largo y más pausado en la historia de los besos largos y pausados.

—Tengo que irme —me dijo.

Para mis nervios, ya eran suficientes emociones, así que yo también estuve de acuerdo en poner fin a aquella cita. Al despedirnos, cuando me dejó en el aparcamiento donde yo había dejado mi coche, me dio un ligero beso en los labios.

—Buenas noches, princesa.

—Vamos demasiado deprisa —no pude evitar decirle.

—Salomé, acabamos de besarnos. Vamos a la velocidad adecuada.

Bajé a la planta menos dos, con una orquesta de violines acompañando mis pisadas y conduje hasta casa con las ventanillas bajadas y cantando a voz en grito. Me alegré de haber conservado mi reputación intacta en la primera cita y me enfadé acto seguido conmigo misma por pensar así.

¿Y tú? ¿Cuánto tiempo hace que no te sientes Blancanieves, con miles de pajarillos cantando a tu alrededor y llevándote con sus piquitos en volandas en un paseo por las nubes?

10 Comentarios

  1. Jorge says:

    Ufff que bueno, por fin !!!!! Algo de morbo reconocido 😂😂😂, Me gusta , que bien hilas entre las conversaciones y que bien expresas la pasión Raquel, mi más sincera enhorabuena!!!!!!

    1. Raquel Tello says:

      Poquito a poco, que se nos asusta el personal! Gracias, Jorge!

  2. Maribel says:

    Este capítulo me ha encantado, Raquel. La única pega es que hay que esperar para el siguiente y ¡no quiero!

    1. Raquel Tello says:

      Siii???? Y mira que es el que menos me ha gustado a mí. Demasiado light

  3. Rebeca says:

    Maaaaaaaaaaaaás!!!! Esto de esperar una semana siendo impaciente…no es muy sano! Jajajaja! 😅😅 Genial como siempre Raquel…pero estoy contigo en que es LIGHT! Jajajajaj! 😈

    1. Raquel Tello says:

      Bueno, el jueves os tengo preparada una sorpresa. Ya os diré más..

  4. Lolita says:

    Raquel no nos puedes dejar así mujer…….. que largas se nos hace esperar de lunes a lunes
    Eso si lo bien q expresas todo porq soy capaz de verlo en mi cabeza a todo color y sentir ese sol en la piel y el olor tan peculiar del césped Cartujano.
    Como siempre Bravo Bravo y Bravo amiga

    1. Raquel Tello says:

      Ayy, ojalá tuviera más tiempo… Lo bueno se hace esperar

  5. Rocio says:

    Bueno Raquel, mi más sincera enhorabuena. Hacía tiempo que no me enganchaba tanto con una lectura. Te doy las gracias por ello.

    1. Raquel Tello says:

      Gracias a todos los que me animáis a seguir escribiendo. Ése era el objetivo. Me siento muy halagada!!

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Conoce cómo se procesan los datos de tus comentarios.