Hasta la tabla -XXXI-

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De Laredo guardo inmejorables recuerdos. Fue al finalizar un cuatrimestre, que tres compañeros y yo nos subimos a un Renault 5 con una guitarra, lo puesto prácticamente, y el número de teléfono de una tal Inma, a la que llamamos varias veces desde las cabinas que el camino nos ofrecía allá donde parábamos, y a cuyos requerimientos ella nunca respondió. Así llegamos a Laredo, y a la tercera noche cantando y tomando copas en la calle, topamos con un grupo de gente, chicos y chicas entre los que destacaba un ángel de no más de veinte años, rubicunda y de ojos verdes enmarcados en un óvalo pecoso y perfecto. Aquella muchacha era Inma, luego lo supimos. Estudiante de Farmacia y amiga de la hermana de un compañero de Historia que se había tenido que quedar en Sevilla. El número de teléfono estaba mal apuntado.

Fue el recuerdo de Inma, a la que no esperaba ni pretendía ver, el que me llevó a salir de Bilbao rumbo a Santander. No tenía ninguna prisa en llegar a Sevilla, y una ruta alternativa aunque más larga, era una opción que sumaba en seguridad. Abandoné la A-8 por la primera desviación de Laredo, un poco por nostalgia, y otro tanto por comprobar que nadie me seguía.

Crucé el pueblo despacio y admirado de lo que había cambiado todo aquello. La idea era realizar paradas breves mirando por el retrovisor a la busca de algún vehículo parásito. El paseo marítimo me ofrecía para ello una oportunidad única con seis kilómetros de playa, para detenerme hasta por tres veces.

Sin “moros en la costa” emprendí por fin rumbo a Torrelavega, lugar en el que repetiría el ritual de seguridad. De ahí a Reinosa y luego a Aguilar de Campo todo parecía normal. Entraba en estaciones de servicio más pendiente del espejo que me mostraba la trasera del Opel Astra, que del parabrisas delantero. La bolsa de Adidas permanecía oculta en el maletero, y de ella extraje una carpeta donde se pormenorizaban los importes de su interior, y mis emolumentos juntos con los de Fatine. Llevaba en total 580.000.€: un total de 11.600. billetes de 50.€ en fajos de 50 unidades; total 232 fajos. En el caso de la dulce Fatine, junto con los 50.000.€ que me habían transferido para ella contra factura, y por sus servicios de traducción y asesoramiento sobre Marruecos, la cosa ascendía a 90.000.€, que tendríamos que llevar a Gibraltar. Conmigo llevaba 80.000.€ que fuera de los 500.000 de los marroquís eran nuestros emolumentos, con lo que solamente tendría que disponer de mi cuenta para ella de 10.000.€, nada llamativo.

Al llegar a la incorporación en la A-62, una  Nissan Pick Up blanca y parada en el arcén, arrancó justo a mi paso. Llevaba en su interior a un par de tipos con gorras y gafas de sol. Mi disco duro de policía concienzudo comenzó a repasar las últimas horas desde mi encuentro con Aitor. Una Nissan similar, no podía precisar si era la misma, se había cruzado conmigo en el paseo marítimo de Laredo.

Establecí mi velocidad con el control de crucero en los 120 km hora, y la distancia con la Pick Up se mantuvo constante, apenas 50 o 60 metros. Era el momento de comprobar si me proponían una solicitud de “amistad” como las de Facebook, o todo era por mi parte un exceso de precaución. Aceleré hasta la tabla el Opel Astra, y éste me respondió hasta alcanzar los 210 km hora con alegría de un motor de gasolina. Miré de nuevo por el retrovisor.

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