La proposición -XVII-

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Cuando una está viviendo una historia de amor, como la que estaba viviendo yo con Eme, a sabiendas de que no era una aventura libre, sino que estábamos condenados a vivir ocultos en un universo paralelo, a pesar de todo, sí, a una le gusta sentirse única y especial. Nos gusta obviar todo aquello que ya sabemos y fantasear con la idea de que nuestra dimensión es en verdad la real, como en Matrix. Pero, ¿qué pasa cuando esos dos mundos se solapan? Si nuestro chico nos propone entrar efímeramente en el otro mundo, ¿nos negamos, renunciando a la posibilidad de pasarlo bien o aceptamos el mal menor y nos dejamos de ñoñerías?

Eran fechan caóticas las de este mes: la población global se había vuelto loca, como cada Navidad, y el camino al trabajo me hacía ver la humanidad como una plaga de cucarachas amenazada por un fumigador gigantesco. En el hotel, también eran días de prisas y carreras y la organización de las fiestas de Nochebuena y Fin de Año me traían de cabeza con proveedores y empleados. El señor Eme también estaba ausente; con sus múltiples clientes demandándole consejos de ingeniería fiscal antes de cerrar el año, casi no cruzábamos más de uno o dos mensajes al día. Lo echaba de menos. Aunque me molestaba que él fuera capaz de sobrevivir sin mí, acabé sucumbiendo a mis propias necesidades y en uno de nuestros mensajes me atreví a exigirle un encuentro, aunque fuera breve; necesitaba el calor de su aliento en mi cuello. Me alegré de pedírselo, porque me aclaró que su capacidad de vivir sin mí eran sólo imaginaciones mías, y no necesitó más que mi propuesta para que acordásemos encontrarnos aquella misma tarde en la terraza de Puerto de Cuba, en el Gourmet de la quinta planta de El Corte Inglés del Duque, para tomarnos una copa rápida.

Me retoqué el maquillaje y me eché dos gotitas de un bote de Very Irresistible de Givenchy que siempre tenía en mi despacho, antes de salir a su encuentro. Tomé el ascensor, abarrotado, como todo en estos días. Paraba en cada planta, intercambiando pasajeros, haciendo que me desesperara ante cada retraso. En la tercera parada, cuando se abrieron las puertas, encontré que una de las personas que esperaban para subir era mi señor Eme. Mi sonrisa iluminó el ascensor y aunque sólo nos dimos dos besos cordiales en las mejillas, se colocó muy cerca de mí, de forma que sentía el calor de su cuerpo a través del abrigo. Cuando bajamos en la quinta, en vez de girar a la derecha para salir a la terraza, me cogió de la mano y me condujo a la izquierda de los ascensores, hacia los lavabos. Entró en el de caballeros, dejándome esperando fuera, y en menos de tres segundos salió, tomándome de la mano y conduciéndome adentro. No había nadie en la zona de lavabos y, de las puertas de los cinco aseos, sólo una estaba abierta. Tiraba de mí con firmeza y yo, aun sin creerme que me estuviera dejando llevar, no me opuse. Entramos los dos en el pequeño y anti glamouroso espacio, y cerró con pestillo, dejando el mundo fuera. Se llevó el dedo índice a los labios, me reí, nerviosa, me pasó los brazos por la cintura y me besó, estrechando su cuerpo caliente contra el mío. Nos quitamos los abrigos y los pusimos sobre la cisterna del váter, desabrochándonos la ropa que nos estorbaba y encontrando, con el mayor sigilo que pudimos, la postura idónea para saciar el ansia del otro que sentíamos. Nunca supe si alguien se percató de lo que allí estaba pasando, y lo cierto es que no me importó. Escuchamos las demás puertas abrirse y cerrarse, las cisternas vaciarse y el secamanos encenderse intermitentemente, pero todo quedaba muy lejos, y yo solo sentía su respiración en mi cuello y su cuerpo diciéndome que me quería.

Al cabo de no sé cuánto tiempo, una vez que nos hubimos recompuesto y tras asegurarnos de que podíamos salir con discreción, nos sentamos, ya sí, en la terraza de Puerto de Cuba, y nos pedimos unas copas. Entonces fue cuando Eme me dijo:

—Cuando pase esta locura, quiero llevarte a un sitio.

Lo interrogué con los ojos, mientras le daba otro sorbito a mi ron.

—Tengo una casa en el Algarve, a la que vamos muy poco, en verano. Está a pie de playa y se me ocurre que podríamos pasar un día delante de la chimenea tú y yo.

—No cuentes conmigo.

Eme me miró perplejo.

—¿Por qué no? Estaríamos por fin a solas en un sitio donde poder disfrutar el uno del otro, sin prisas y sin el temor de que nos descubran. Entiéndeme, amor, todo esto es muy excitante, pero empiezo a necesitar un par de horas a solas contigo, sin que exista nada más.

Ainsss, esas muestras de ternura por parte de Eme me desarmaban por completo, pero mi orgullo femenino de hembra alfa no me lo iba a poner fácil.

—Es tentador, amor, pero paso. Esa casa estará llena de vivencias. Estarías pensando en otra persona, en vez de en mí.

—Si creyera que iba a pensar en otra persona, no se me ocurriría llevarte.

—Ni muerta. He dicho que no y punto.

—Está bien, como quieras —me respondió haciendo gala de su infinita paciencia, de su capacidad de no sobresaltarse ni dejarse llevar por las pasiones.

Lo escuché cambiar de conversación, mientras disfrutábamos del privilegio de ver atardecer sobre los tejados de Sevilla, dudando en segundo plano de si había hecho lo que quería o sólo lo que creía que debía hacer, para salvaguardar mi orgullo de digna amante. ¿Era una actitud adolescente rechazar aquella tentadora propuesta?

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