La número trece

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Desde el interior del coche, aparcado a unos doscientos metros de la casa y envuelto por completo en la oscuridad de la noche de diciembre, la vio llegar. Se agazapó un poco más en su asiento, extremando precauciones, y la observó salir del Fiat Punto blanco que conducía y desandar con aspecto cansado el corto sendero que la separaba de la puerta de su casa. De nuevo, como siempre, sola.

Encendió una linterna de bolsillo y anotó algo rápido en su libreta. Paciente, esperó hasta que todas las luces de la casa se hubieron apagado y sólo entonces, se marchó. Era una rutina que venía repitiendo cada día, desde que la había escogido como víctima, hacía un par de fines de semana, cuando se la cruzó por la calle caminando a ritmo ligero en ropa deportiva. La fragilidad y vulnerabilidad que intuyó en su pequeño y delgado cuerpo lo invitaron a ello.

Mery —ése era el nombre que había escogido para ella— era una mujer muy predecible: salía de casa cada día a la misma hora, realizaba el mismo itinerario hasta el trabajo, regresaba a la misma hora, se iba a la cama a la misma hora… Había constatado que la oscuridad a su hora de regreso era ya la suficiente como para abordarla por detrás, justo cuando hubiera metido la llave en la cerradura. Le taparía la boca con un pañuelo bañado en cloroformo y forzaría el giro de muñeca necesario para abrir la puerta y empujarla dentro. Una vez inconsciente, sería más fácil matarla.

No sabía por qué lo hacía, pero un día comenzó y ya no podía parar. Le generaba ansiedad, la adicción del drogadicto, que sólo quedaba satisfecha con la elección de una nueva víctima. Se tomaba su tiempo para acabar con ellas, disfrutaba, hasta que el olor a sangre lo mareaba. Entonces, sacaba la muda de recambio que cuidadosamente había preparado y guardado en su mochila y con sumo cuidado se vestía la ropa nueva, teniendo la precaución de eliminar todas las huellas que hubiera creído dejar, antes de salir con la misma cautela que utilizó al entrar. Más tarde, ya en su casa, quemaba en la chimenea toda la ropa y hasta los zapatos que había usado. Como escogía a sus víctimas al azar y no tenía antecedentes, confiaba en que la policía no diera con él. La prensa lo había bautizado como el asesino del pañuelo, y por lo que leía, estaban muy perdidos. Con la misma técnica había matado ya a doce mujeres, a las que había apodado con una letra del abecedario: por eso, ésta era Mery, la M, la número trece.

La tarde escogida, aparcó como siempre en el mismo lugar desde donde solía observarla. Esta vez, vestido con un chándal negro con capucha, se apeó del coche y se acercó a la casa, a una distancia prudencial que le permitiera llegar en pocos pasos hasta la puerta sin ser visto. Eligió un árbol cercano, y apoyando las dos manos en el tronco, fingió realizar algunos estiramientos mientras esperaba a que llegara.

Su coche apareció a la hora esperada, la vio apagar las luces y el motor y por fin, bajar del vehículo para dirigirse a su casa. Echó a caminar en su dirección, comprobando que no había ningún vecino en la calle, nadie que los observara. Apretó el paso, intentando no hacer ningún ruido que la sobresaltara. Cuando ella metió la llave en la cerradura, él la agarró desde atrás, rodeándole el pecho con fuerza con el brazo izquierdo, mientras con la mano derecha le apretaba la boca contra el pañuelo bañado en cloroformo. En un abrir y cerrar de ojos estaría inconsciente. No se esperaba lo que ocurrió a continuación. Cinco segundos inesperados que lo cambiaron todo.

Mery utilizó su brazo como apoyo para girarse bruscamente a la izquierda, causándole un dolor agudo que no pudo soportar y que provocó que tuviera que liberarla, cayendo al suelo de rodillas. Aún sorprendido, recibió una violenta patada en la barbilla que le dejó el fino tacón de su zapato clavado y con una maniobra que no sabía que existiera lo tumbó boca abajo en el suelo y se sentó sobre él. Aún desconcertado e increíblemente dolorido, la escuchó trastear en el bolso, que había caído desparramado muy cerca, buscando su móvil. La oyó llamar a la policía. Supo que debía reaccionar, pero ella seguía manteniendo sobre su espalda aquella presión increíble que le impedía moverse, y lo único que logró fue emitir un insulto que sonó vagamente amenazante. Mery lo agarró del pelo y le aplastó la cara contra el rugoso cemento del acerado:

—Cállate, hijo de puta, si no quieres que te mate.

Sopesó seriamente la veracidad de aquella amenaza. Francamente, parecía estar preparada para ello y había demostrado no tener escrúpulos. Demasiado pronto, escuchó  las sirenas de la policía acercándose. Dos agentes se bajaron del coche con inconfundibles gestos de sorpresa ante la atípica estampa que descubrieron. El más alto le puso las esposas, lo ayudó a ponerse de pie mirando ojiplático el tacón que llevaba clavado en el mentón, y lo condujo al coche patrulla, mientras el otro se dedicaba a atenderla a ella, que ahora sí, parecía más vulnerable. Desde el  asiento trasero, escuchó al más bajito preguntar a Mery:

—¿Como ha sido usted capaz de reducirlo así?

La respuesta de ella no la oyó. El agente cerró la puerta del coche justo cuando ella abría la boca. Después de unos minutos de conversación, vio como el policía le pasaba una tarjeta y le estrechaba la mano con expresión de asombro.

Mientras el coche se alejaba calle abajo, aún aturdido por el insospechado giro que había tomado la historia, volvió la cabeza para seguir mirándola, hasta que ella y su casa se perdieron de vista.

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