La lección de Diana -XXV-

Posted on

La habilidad que tenemos los seres humanos para juzgar inmediatamente a los demás, según nuestra propia arquitectura mental, no deja de maravillarme. Qué rápido emitimos juicios de valor sobre las acciones de otra persona, midiéndolas desde el rasero de nuestras propias vivencias y de nuestros valores únicos. La empatía no abunda. No es cierto que sea fácil encontrar a alguien que aún pensando de forma diferente, sea capaz de respetar, con mayúsculas, una decisión. Y yo me pregunto, ¿se dan cuenta de que esa rigidez en sus posturas puede generar mucho dolor a la persona que les abre las puertas de su corazón?

Aparqué justo en la puerta del Di-Vino, Diana estaba sentada en la terraza junto a una de esas estufas de exterior en forma de seta, con una copa de vino casi apurada.

—Algo me dice que esa sonrisa en tu cara no se debe sólo a la reunión —me soltó nada más sentarme a su lado.

—¿Cómo puedes ser tan bruja? —le respondí mientras le daba un beso en la mejilla.

El camarero me saludó desde dentro y antes de sacar un cigarro del bolso ya tenía una copa de mi vino favorito en la mesa. Le conté a Diana cómo había ido todo, después de comentar por supuesto, los detalles más jugosos de la impresión que me había causado Richard Gere, apelativo que le hizo mucha gracia y prometió no revelarle jamás, aunque yo sabía que lo haría a la menor oportunidad.

—Bueno, y ahora dime: ¿a qué se debe esa sonrisa boba?

Saqué mi móvil del bolso y le mostré una foto que nos habíamos hecho, la primera juntos, aquella misma tarde.

—Ooooh, qué tierno —se burló—. ¿Dónde habéis estado?

Le conté acerca del hostal y de cómo Eme había improvisado la escapada. Diana giró su cabeza y enarcó las cejas, seductora.

—Qué bueno, un hombre con experiencia en estas lides.

Me la quedé mirando, sin querer comprender lo que me acababa de sugerir, pero no pude evitar preguntarle:

—¿Qué quieres decir?

Diana cambió el semblante y sacó su tono más sarcástico que, aunque parte de su encanto, aquella tarde me dolió como si me clavara mil cuchillos en el corazón.

—Pues que no es la primera vez que utiliza ese sitio, Salo, ¿qué voy a querer decir? Un tío que de momento sabe dónde tiene la oportunidad de escaparse del mundo es porque ya lo ha hecho antes.

Debió de notar mi estupefacción, porque enseguida añadió:

—Por favor, Salomé, no irás a decirme que eso te importa lo más mínimo.

—No, no —balbuceé torpemente—, sólo es que no lo había pensado. ¿Tú crees entonces que ya ha estado allí antes?

—Es muy posible, querida, pero ¿a ti qué más te da lo que haya hecho antes? Ahora estás tú, lo estáis pasando bien juntos, ¿por qué insistes en enamorarte?

Me eché hacia atrás en la silla, completamente destrozada por la posibilidad que mi amiga me planteaba. Tenía razón, ¿por qué habría de importarme? Pero, maldita sea, me importaba.

—Ya he traspasado la línea, Diana. El punto de no retorno, voy de cabeza a la perdición.

Diana me cogió la mano, condescendiente, y sólo añadió:

—En ese caso, amiga, aquí estaré para lo que tenga que pasar. Si hay que reír, reiremos y si toca llorar, lloraremos juntas.

La miré, con ternura. ¿Cuántas personas había en el mundo que pudieran responderte así en un momento como ése? ¿Que lejos de insistir en recomendaciones y consejos, sólo dijeran, “amiga, si aún barajando la posibilidad de que al final del camino te espera un precipicio, decides coger carrerilla y saltar, sólo tengo que decirte que también estaré ahí para recoger tus pedazos y recomponerte”?

—¿Por qué no podría ser como tú y aprender a dejar los sentimientos en la mesita de noche? —le pregunté.

Diana miró al frente y una sombra le cruzó la cara.

—No creas que soy tan dura. También tengo mi corazoncito.

—Pues hace casi veinte años que te conozco y aún no me lo has presentado.

Mi amiga me miró detenidamente, estudiando mis gestos, como haría una persona que está a punto de revelar un secreto, pero quiere asegurarse de que lo va a confesar a la persona adecuada.

—De todos los hombres que han pasado por mi vida, es cierto que sólo me he enamorado de uno. Pero precisamente, del que no he podido tener —me soltó así, como una bomba.

Aquella confesión me heló la sangre. Creía que conocía a Diana, pero saberla vulnerable me desvelaba una parte de ella hasta ahora desconocida.

—¿De quién? —pregunté con cautela.

Diana encendió un cigarrillo y me ofreció otro.

—¿Recuerdas cómo llegó Catusa a mi vida?

—Sí claro. Un buen amigo tuyo tuvo que salir del país por trabajo.

Me miró levantando las cejas, diciéndome, “ahí lo tienes”. Me llevé las manos a la boca, sorprendida por constatar que, en efecto, había alguien especial en la vida de Diana. Y hasta me sentí dolida. ¿Cómo había sido capaz de mantenerme al margen de eso? Ella lo sabía todo de mí. Tenía  muchas preguntas que hacerle, pero no quería atosigarla, ahora que se había sincerado. Quise hacer que se sintiera confiada conmigo y dije:

—Pues si ese hombre, después de conocerte como te conoce no quiere estar contigo, es que no merece la pena.

Me arrepentí sobre la marcha. Diana me fulminó con la mirada. Entre nosotras, había la suficiente confianza como para hablarnos claro:

—No caigas en la simpleza de pensar que las cosas son blancas o negras. Por favor, no hagas que me arrepienta de habértelo contado.

Sólo pude callarme. La entendí perfectamente. Ella no lo había hecho conmigo y yo había caído en el maldito error de juzgar a quien no conocía a la primera de cambio. Una metedura de pata de ese calibre exigía una disculpa, que le ofrecí:

—Lo siento, Di —la abracé, buscando su perdón—. Qué torpe he sido. ¿Me contarás algún día lo que hay entre vosotros?

Diana se ablandó, era una gata que sacaba pronto las uñas, pero que se rendía ante la más mínima caricia. Me respondió al abrazo, pero me dio una lección:

—Algún día, cuando estés preparada para escuchar.

Me lo merecía. La había decepcionado y sentía que se había abierto una brecha en la confianza que había depositado en mí. ¿Alguna vez volvería a estar dispuesta a confiarme su secreto?

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.