La era de la desinocencia -I-

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El día que descubrí que mi marido llevaba más de seis meses engañándome con una vendedora de Thermomix, lo primero que sentí no fue dolor, ni ira, ni siquiera celos. Fue decepción. Decepción conmigo misma, por mi falta de sinceridad, al no haber aceptado que mi relación ya hacía tiempo que había dejado de funcionar. Decepción por haber apostado por una convivencia anodina, sólo por el hecho de pensar que así haría feliz a aquéllos con los que un día me comprometí aparte de mi marido: los hijos, la familia. ¿Había merecido la pena desoír las advertencias de mi corazón, para que al final, hubiera sido él quien diera el paso? ¿Era justo que me planteara todo eso sólo entonces, cuando él escogió otra opción? ¿Y si nunca me hubiera enterado de que él me engañaba? ¿Habría llegado algún día a ser capaz de plantarme y empezar una nueva vida?
Cuando encontré aquellas braguitas de encaje rosa-pink en el bolsillo de su chaqueta y tuve que escuchar sus torpes y azoradas explicaciones, la decepción dejó paso al ridículo. De repente, veía al padre de mis hijos intentar en vano justificar de forma convincente cómo había podido llegar esa pieza de lencería —muy barata, por cierto— al bolsillo de su chaqueta. La expresión de mi cara debió disuadirle de continuar por ese camino y, en aquel momento, me vomitó toda la historia. Me dio vergüenza y me sentí poco valorada. No me había cambiado por una mujer inteligente; me había bajado al nivel de una jovencita con una talla treinta y seis, sin formación y con un porvenir laboral incierto. ¿De verdad había podido yo casarme con un mentecato de tamaña eminencia?
También me sentí un poco confundida. ¿Cómo había sido posible que en seis meses nunca sospechara nada, ni una conducta extraña, ni un comportamiento que desentonara? Una espera ser lo suficientemente lista como para escuchar alguna alarma del tipo “sospecha de infidelidad en curso”. La ausencia de todo recelo me hizo sentir necia. Y no me gustó agrupar esas tres sensaciones en el mismo corazón y al mismo tiempo: decepción, vergüenza, necedad.
Le pedí que se buscara un hotel y llamé a mi abogado para que tramitara de inmediato los papeles del divorcio. Después de cinco días, en los que no crucé con él más de una frase del tipo “recoge a los niños a las cinco y tráelos a las nueve”, debieron de llegarle las primeras noticias legales porque volvió a casa arrepentido e implorando mi perdón.

Siempre vuelven.
Pero ya era tarde. Yo había visto la luz. Y no quería volver atrás. Egoístamente, pensé que la suerte me había sonreído porque, de cara a la galería familiar, él quedaba como el malo de la película mientras que yo era la pobre cornuda incapaz de superar tal bochorno. En realidad, a esas alturas de mi vida, la opinión de los demás me daba igual, pero tampoco había que desaprovechar una racha de viento favorable. Así que desde entonces, recuperé el timón de mi destino, inmerecidamente cedido por muchos años a un capitán indigno de tal responsabilidad, y me dispuse a reencontrarme a mí misma.
De aquello hace ya un año.
Bienvenidas a la era de la pérdida de la inocencia.

2 Comentarios

  1. Maribel says:

    ¡Qué ganas de conocer a estos personajes!

    1. Raquel Tello says:

      En las próximas entradas iréis conociendo más a Salomé y sus amigas, y por supuesto, al Señor Eme.

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