La cena para el sultán -XXIV-

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Veía a mis tres esposas por el espejo retrovisor del BMW, mientras agitaban sus manos en señal de despedida. Sin duda, el caballero se impone al truhán, y aunque no por falta de ganas, ya os dije que no entraría en detalles de lo vivido durante la noche anterior una vez que entramos en la fase definitiva. Puedo decir al menos, que cualquier hombre que se precie de su condición heterosexual, daría no se sabe qué, por haber vivido unas horas como las que yo acababa de vivir.

Saqué mi mano por la ventanilla en señal de gratitud y doblé la esquina. Ahora, la mirada al frente rumbo a Tánger, en busca de ese ferry que, olas arriba y abajo, habría de mantener mi vaquero bien apretado por la ingle, con sólo recordar escenas de la última noche en Marrakech.

En el paso de la aduana de Algeciras, un picoleto joven, pecoso y pelirrojo me hizo una seña para desviarme y revisar mi equipaje. Agradecí el gesto porque me acerqué a él, le mostré mi placa de comisario, aquella que dije había perdido días antes de presentar mi baja en el cuerpo, y se cuadró ante mí de manera ceremoniosa. La prueba vino como caída del cielo. Dentro de unos días, volvería a pasar por aquella frontera rumbo a Marruecos con 500.000 euros en una mochila y, aunque entre compañeros no había jamás problemas, era bien cierto que yo había dejado ya de serlo, y en realidad mi actitud no fue sino una impostura.

—A la orden —me dijo solemne.

—Por favor compañero, vengo de vacaciones —apostillé por quitarle peso a la escena—. Ya te quedará menos. ¿Hasta qué hora estás de turno?

—Hasta las diez, comisario. Tengo un turno muy bueno de lunes a viernes, y un sábado o un domingo de cada tres fines de semana.

—Pues ánimo que pronto acabas. ¿Cómo te llamas?

—Jaime, comisario.

—Hasta el próximo día entonces Jaime, pronto bajaré de nuevo.

—¿Se ha echado novia en el moro? —me preguntó mientras se ponía aún más colorado de lo que su tez mostraba naturalmente.

—Algo así, Jaime. Algo así.

Grabé mentalmente su nombre y su turno en el lugar de mi cerebro destinado a los recursos, y me dirigí al portón del buque para sacar el coche de la bodega, mientras guardaba el pasaporte en el bolsillo interior de mi cazadora.

De camino a Sevilla, y recién pasado el peaje de la autopista, sonó mi móvil. No me hizo falta ver en la pantalla del salpicadero del coche de quién se trataba, ya que por algún motivo no consciente le había puesto un tono de llamada con las notas más tórridas que pudieran salir de un saxo.

—Hola Diana. ¿Me has echado de menos?

Supongo que la pregunta debió de ser una sorpresa para ella porque su respuesta se hizo esperar unos segundos, como si la hubiese meditado.

—Hola sultán. Sabes que llevo muchos años echándote de menos, pero conoces de mi discreción. Oye, ¿cuándo te vas a venir a cenar a casa? ¿tendrás muchas cosas que contarme?

Sentí un escalofrío. Por algún motivo que desconozco las mujeres parecen tener una conexión cósmica. Me había llamado sultán. Nada más y nada menos que sultán.

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