La cazadora cazada -XLII-

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Seguro que todas hemos deseado algo alguna vez durante mucho tiempo. Algo que podemos haber considerado difícil de conseguir, quizás incluso, fuera de nuestro alcance, generando grandes expectativas. ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de que la felicidad no está en el fin, sino en el camino? En el amor, si se desea a una persona desde prácticamente el mismo momento de conocerla, si esa fantasía sólo ha sabido crecer con el paso de los años, a la sombra de una amistad eterna, ¿qué ocurre cuando por fin se consigue cazar nuestra pieza? ¿Cómo afecta el hecho de meterse en la cama con tu amigo del alma? ¿Se puede mantener la relación original o hay un antes y un después del sexo?

Me sentía tan feliz por cómo iba avanzando mi relación con Eme que necesitaba compartirlo con alguien. Le puse un whatsapp a Diana para saber si estaba en casa, y cuando me confirmó que acababa de llegar del trabajo, me autoinvité a cenar con los niños. Ella sólo quiso saber si todo iba bien antes de decirme “te espero”.

Llegamos a casa de la tita Di a eso de las nueve. Mientras ella les buscaba a los niños una película de dibujitos que no hubieran visto ya, yo me metí en su cocina a preparar una pizza de jamón york para ellos y una de champiñones y pepperoni para nosotras. Diana tenía un aparatito conectado a la tele, uno de esos de ciencia ficción con el que se puede ver casi cualquier cosa que esté en internet sin necesidad de descarga previa. Ella adoraba la tecnología, esa misma que a mí me sacaba de mis casillas. Más de una vez había querido regalarme uno para instalarlo en casa, pero yo me oponía: seguro que sólo me traería frustración.

Cuando Diana volvió conmigo a la cocina, empecé a hablar como una urraca parlanchina, contándole con pelos y señales la comida con mi cuñado, la propuesta que me había hecho Eme de pasar el finde juntos, planteándole todo tipo de dudas sobre si había hecho bien en invitarlo a casa… y de repente, caí en la cuenta. En el fregadero había restos de una cena, dos botellas de Moscato vacías y el papel de una tableta de chocolate arrugada. Levanté la mirada y la posé en mi amiga: acababa de salir de la ducha cuando llegamos, y no había reparado en su aspecto, pero parecía muy, muy cansada.

—Un momento, ¿qué ha pasado aquí?

Ella me contestó lánguida.

—Anoche estuvo aquí mi poli.

La mandíbula inferior casi me llega al suelo. Mis tribulaciones pasaron a un segundo plano.

—Pero bueno, ¿y se puede saber por qué me dejas hablar?

Diana se echó a reír.

—No me has dejado ocasión de mencionártelo.

—Vale. Olvida lo que acabo de contarte. Quiero saber con todo detalle qué ha pasado. ¡Dios! ¿Cómo puedes haber pasado un día entero sin llamarme para contármelo? —le reproché.

—Yo no tengo esa necesidad de contar las cosas, Salomé.

—¿Cómo que no tienes esa necesidad? Pareces un tío, coño. Desembucha. Sin omitir lo más mínimo.

Mi amiga se sentó frente a mí en la mesa de la cocina y comenzó a contarme cómo la había llamado la noche anterior para avisarla de que llegaría al amanecer.

—Venía conduciendo desde el País Vasco, el muy bruto. Llegó por la mañana, lo recibí con una cafetera recién hecha, expectante por ver quién daría el primer paso. Pero querida, yo tenía que trabajar y él estaba reventado, así que no pasó nada hasta que volví ayer del trabajo, casi por la noche. Me esperaba en la cocina, preparando un risotto de setas y me avisó de que metía dos botellas de Moscato en el congelador, mientras yo me daba una ducha. Pero no me dio tiempo de salir.

Me llevé las manos a la boca. No quería ni hablar para no interrumpir.

—Tita Diana, la peli se ha parado —Ignacio apareció en la puerta de la cocina con un trozo de pizza en la mano.

¡Ay, Dios mío!. Diana se levantó con toda la paciencia del mundo a solucionar el problema. Yo me salí a la terracita a fumarme un pitillo. ¡Estaba muy nerviosa! Mi amiga volvió sonriendo, diría que estaba disfrutando lo suyo con la narración de la historia.

—No había cerrado la puerta del baño, así que no lo escuché entrar. Pero llamó al cristal de la ducha con los nudillos y tuve que usar la mano para desempañar un poco la mampara y poder verlo. Nos miramos a través del vapor y lo invité a entrar.

—Por favor, ¡por primera vez desnudos uno frente al otro! ¿Estabas nerviosa?

—Para nada. Fue como completar el círculo. Sabíamos que iba a pasar, los dos nos moríamos de ganas. Así que nos quitamos el calentón en la ducha y luego pasamos a la cama.

—¿Y la cena?

—¡Cenamos a las dos de la mañana! —me confesó riendo—. Si no llega a ser porque recordé que las botellas del congelador podían estallar, creo que ni hubiéramos salido de la habitación.

—Ayy, muero de amor, Di —me levanté a darle un abrazo, a esas alturas yo lo necesitaba más que ella. Cuando nos separamos, le pregunté—: Bueno, ahora ya puedes decírmelo, ¿folla bien?

Ella puso ojitos, Diana no iba a contarme ciertos detalles, era demasiado reservada, y sólo dijo:

—Nunca, en toda mi vida, de todos los tíos que han pasado por mi cama…

En ese punto, las dos dijimos a la par, antes de echarnos a reír:

—Que han sido unos cuantos….

—Nunca había sentido que encajaba tan bien con alguien —continuó—. Nos quedamos dormidos sobre las siete de la mañana, ya había claridad en la calle.

—¿Seguisteis después de cenar?

—Salo, hija, había ganas acumuladas. No parábamos de hablar todo el rato, dulcemente, contándonos mil cosas mientras hacíamos el amor. No sé, fue… perfecto.

Me mordí el labio inferior, mirando a mi amiga. No quería preguntar más, porque sólo se me ocurría una pregunta y no quería hacerla, pero yo no era Diana, no tenía su capacidad de control y al final tuve que preguntar:

—¿Y ahora, qué?

Diana se levantó de la mesa y sirvió otra cerveza para cada una. Cerró la puerta de la nevera y se apoyó contra ella. Me sostuvo la mirada durante unos segundos, enarcó las cejas, se encogió de hombros y me sonrió.

1 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Muero de amoooooooor!!!!! 😍😍😍😍😍

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