La buena nueva de Papá Noel -XVIII-

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Cuando uno se separa, rompiendo una relación de años, con hijos de por medio, y empieza de nuevo, lo que no quiere es volver a cometer los mismos errores. Por eso, la mayoría intenta alejarse al máximo del paradigma de vida que ha orquestado hasta el momento, y a veces, cae en el error de querer vivir la juventud pasada, de recuperar lo perdido. Sin embargo, al cabo de un tiempo —demasiado breve a mi entender—, muchos terminan repitiendo el esquema: nueva pareja, pero misma vida. Mi reflexión es: ¿lo que falla entonces es la persona elegida? Si al final acabamos buscando a alguien con quien compartir nuestro día a día, ¿quiere esto decir que el sistema de vida en solitario no es del todo satisfactorio? ¿Qué tiene que pasar para que la gente empiece a plantearse que elegir vivir solo no te convierte en un estigmatizado social?

En el reparto de aquel año, a exmarido le había tocado pasar con los niños la noche del 24 y a mí la del 31. Cuando me los trajo a casa, el día 26 por la tarde, venían entusiasmados. Rompiendo nuestra rutina habitual, en la que él se despedía de los niños en el recibidor con un beso y nosotros intercambiábamos informaciones relevantes —del tipo Miguel ha tenido fiebre o he tenido que castigar a Nacho porque está demasiado revoltoso y no deja de chinchar al hermano—, lo invité a pasar y a tomarse una copita de vino dulce conmigo en la cocina. El espíritu navideño se había apoderado de mí y después de la cena en casa de mis padres, con mis hermanas queriendo reconducir mi vida en cada comentario, un ratito de charla con el que había sido mi marido se me antojaba una tregua balsámica.

Charlamos durante unos veinte minutos, me contó perspectivas de cambio en la empresa alimentaria en la que trabajaba como director de compras, con la próxima absorción de una cadena competidora, que podría suponer un ascenso para él. Buenas noticias de las que me alegré sinceramente.

Cuando se marchó, mandé a los niños al baño mientras yo preparaba la cena. Les escuchaba parlotear desde la cocina, aunque no llegaba a entender lo que decían, y sonreía para mis adentros pensando lo mayores que se hacían mis dos hombrecitos. Cuando salieron con sus pijamas, quisieron ayudarme a enrollar las salchichas con hojaldre que les estaba preparando y aproveché para conducir ordenadamente la vertiginosa narración de sus aventuras, y lograr así enterarme de algo que tuviera sentido. Iban al unísono contando anécdotas y explicando los regalos que Papá Noel había dejado a cada uno de sus primos, cuando el pequeño Miguel soltó la bomba:

—La novia de papá es muy guapa.

El mayor, que ya se percataba de más cosas, le pego un codazo y yo le indiqué con la mirada que no pasaba nada.

—Ah, ¿papá tiene novia?

—Sí, se llama Maripossa, con dos eses —seguía diciendo el pequeño, mientras jugaba con los moldes de repostería—. La próxima vez que vayamos a casa de papá la vamos a ver, porque papá ha dicho que van a vivir juntos.

—¡Cállate, Miguel! —le reprendió Ignacio, no sé si porque quería protegerme o porque se sentía culpable de no haberme dicho nada.

—No, no pasa nada, Nacho, está bien.

Como nunca me había gustado utilizar a los niños para obtener información de mi expareja, cambié de tema, sorprendida y aterrorizada a partes iguales. ¿No había podido exmarido habérmelo dicho él mismo? ¡Hoy había tenido la oportunidad perfecta! Teníamos dos hijos en común, a los que les afectaría este cambio, ¿no debía habérmelo insinuado, siquiera? Intenté mantener el tipo viendo una peli familiar con ellos en el sofá, mientras apuraba la copa de vino que no me había terminado durante la cena. Me concentré en tratar de que no me amargara la noche el hecho de que a partir de ahora mis hijos iban a convivir con una persona a la que no conocían de nada, a la que podían coger cariño sin saber cuánto tiempo permanecería en sus vidas, y que se hacía llamar a sí misma, Maripossa, con dos eses. ¡Dios!

Cuando cayeron dormidos sobre mi regazo, cogí el móvil y lancé la bomba en el grupo de las chicas. Mi gran duda era: ¿tenía yo derecho a pedir explicaciones? Mis amigas fueron contundentes: no sólo tenía derecho, debía hacerlo, dejando muy claro que mi preocupación no era personal, sino por el bienestar psicológico de mis hijos. Yo seguía sin comprender qué necesidad tenía Pedro de embarcarse en una relación seria. Desde nuestro divorcio, sentí que necesitaba un tiempo en el que reencontrarme como persona, como mujer. Y aunque yo misma estuviera inmersa en un torbellino de emociones con mi enloquecedor señor Eme, ¡mis intenciones no pasaban por meterlo en casa con mis hijos! Mi vista se paró en el libro que tenía sobre el aparador: A Solas, de Idalia Candelas. Lo había comprado hacía unos días porque sus ilustraciones, que retrataban el estilo de vida de la nueva mujer contemporánea, me llamaron a gritos a través del escaparate. Hablaban del genuino placer de estar con una misma. ¿Es que no sentían los hombres esa misma necesidad?

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