La aparición del deseado -V-

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Cuando decidimos continuar con nuestra vida sin dedicarle más tiempo de nuestro pensamiento a otra persona, siempre es más fácil si es una decisión definitiva. Si hemos asumido ya que, ocurra lo que ocurra, nunca más volveremos a dejarla entrar en nuestra cabeza ni en nuestro corazón. Pero, ¿cómo se gestiona la espera cuando el hecho de seguir pensando o dejar de pensar depende sólo de cómo actúe la otra persona? ¿Qué hacer mientras tenemos que vivir en un tiempo de nadie, en el que cuando nos atrevemos a soñar, debemos al menos entornar las puertas de nuestro corazón para que ese sueño no se cuele demasiado adentro?

Ya hacía más de una semana desde aquel encuentro fortuito con el misterioso señor Eme, y comenzaba a cobrar fuerza la idea de que finalmente todo había sido un desenfreno de mi mente y sus fantasías animadas de ayer y hoy. Acababa de volver de un almuerzo de trabajo y me encontraba en mi despacho plasmando los detalles importantes en mi ordenador, cuando una empleada de recepción golpeó suavemente en la puerta. Levanté la cabeza del portátil y me dijo:

—Salomé, un señor pregunta por ti. No tenía cita —añadió al ver que yo recurría a mi agenda en busca de la constatación de un olvido.

—Enseguida salgo.

Terminé de teclear algunos detalles más y salí con las gafas aún puestas en dirección a la entrada. Mi visita estaba de espaldas, admirando un cuadro de Afrémov que colgaba de la pared, pero lo reconocí al instante por su porte distinguido: sólo podía ser él. Al escuchar mis pasos, se giró, y con media sonrisa sin despegar los labios, se acercó a mi encuentro. Rápidamente, me quité las gafas y le devolví el gesto, casi sin creer que estaba allí y preguntándome cómo había llegado a encontrarme. Nos estrechamos la mano mientras le dirigía un “hola” que quizás sonó demasiado a suspiro de alivio y él se apresuró a decir:

—Se preguntará qué hago aquí.

No esperó una respuesta. Sacó del bolsillo de su chaqueta una de mis tarjetas de visita y mi pintalabios rojo de Chanel, al que llevaba varios días echando de menos, y nunca había supuesto en sus manos.

—Cuando fui a recoger mi maletín del suelo, reparé en estas dos cosas, que habían quedado fuera de la vista. Pero usted se marchó tan deprisa… —añadió.

Sonreí aliviada por recuperar la barrita de labios y le agradecí la molestia de haber venido a devolvérmela.

—No es ninguna molestia —me respondió con un tono de voz que hacía que me temblaran las piernas.

Me decidí invitarle a un café para agradecerle el detalle. Nos dirigimos a la azotea del hotel y pedí café sólo sin azúcar para él y un capuccino para mí. Nos sentamos a la sombra, maravillado él con las vistas y abanicando yo los nervios que me salían a raudales en forma de corazones de colores. Sacó un paquete de tabaco y me ofreció un cigarillo, que acepté. Me recordó el incidente del bolso, que nos sirvió como punto de partida para iniciar una conversación. Así supe que era auditor de cuentas independiente, que entre sus clientes se contaban algunas grandes empresas de la zona occidental de Andalucía y que había abierto un despacho recientemente en el edificio donde nos vimos la primera vez. Mientras hablaba y fumaba, le miré las manos: había anillo.

Maldije para mi interior caer en la misma simplicidad que Mariluz, proyectando esa conversación hacia un futuro en el altar, con el que por cierto yo nunca había fantaseado, y decidí ignorar aquella pieza de oro que relucía bajo el sol tenue de finales de septiembre como una advertencia.

Apuró su café y el cigarrillo, disculpándose por no poder demorarse más. Llevaba varios días queriendo devolverme el pintalabios sin encontrar la ocasión, pero tampoco disponía de mucho tiempo. Lo acompañé a la salida y nos despedimos con un nuevo apretón de manos. Quería encontrar una excusa para volver a verlo, para pedirle su teléfono, para saber siquiera su nombre. ¡Pero no se me ocurrió nada! Diana iba a matarme. Sólo pude quedarme mirando cómo se marchaba calle abajo y se montaba en un BMW negro. Me dirigió un breve saludo con la mano antes de cerrar la puerta y yo regresé a mi despacho, increpándome en voz baja por mi bloqueo emocional. No habían pasado más de dos minutos cuando recibí un whatsapp en mi móvil de un número que no tenía entre mis contactos:

Tenía que venir,  iba a volverme loco de pensarla.

Casi me desmayo allí mismo. No sabía qué contestarle, pero no dejaba de leer su mensaje una y otra vez. Finalmente le respondí, con más cursilería que inspiración:

La locura es un estado de embriaguez del alma.

Su respuesta escueta no se hizo esperar:

Sea. 

¿Qué debía hacer? ¿Parar esta historia cuando aún estaba a tiempo o dejarme llevar?

13 Comentarios

  1. Núria Navarro says:

    Dejarse llevar… Indudablemente! Jajajaja

    BeSoTeS!

    1. Raquel Tello says:

      Pero bueno, no tenéis miedo de que se enamore??

      1. Eva says:

        Miedoooo????
        Miedo sería no vivir intensamente. ..es demasiado interesante…está latiendo su corazon tan rápido q no tiene sitio la razón.

        1. Raquel Tello says:

          Sabe que lo va a pasar mal, y mucho. Ya iremos viendo…

  2. Rebeca says:

    Dejarse llevar….POR SUPUESTO! 😂😂😂😂👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻👏🏻

    Deseando saber cómo sigue, Raquel… 😃😃😃

    1. Raquel Tello says:

      Ahora está a tiempo de mantener el control. Luego, igual puede ser tarde…sois unas locas

  3. Maribel says:

    OMG! Ya se piensan! Deseando leer la próxima!

    1. Raquel Tello says:

      Y tanto pensar produce locura!! Y los locos ya se sabe, no controlan.

  4. Toñi says:

    Igualmente pienso q debe dejarse lleva. Raquel no conocia esa faceta tuya de escribir pero solo decirte q lo hacer muy requetebien y q me encanta, asi q animo y a seguir q a mi tambien me has enganchado a tus historias.

    1. Raquel Tello says:

      Gracias!! Me animáis con vuestros comentarios.

  5. Mari Carmen says:

    Dejarse llevar!!!!
    Con todas sus consecuencias!
    Deseando el próximo capítulo!

  6. Curro says:

    Nada de locuras!!! Tranquilas!!! Todo llegará… ya se encargará Raquel… jejeje… insensatas!!!

    1. Raquel Tello says:

      Un hombre que aporta cordura!!! Gracias, hacía falta. Ahora ya decidiré yo qué voy haciendo.

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