Jugando al despiste con príncipe encantador (Cap. 3)

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Resumen del capítulo anterior: En la fiesta de Fede, aparece un desconocido tan perfecto que Mariángeles lo bautiza con el  nombre de Príncipe Encantador.  Fede y Verónica se burlan de ella, insinuando que no será capaz de seguir con su plan de “No hombres” en su vida.

La mesa con los aperitivos, donde había huido para alejarme de las burlas de mis dos amigos por mi forma de mirar a aquel recién llegado, lucía fantástica. Se notaba que Fede había tomado ideas de los bufets de los distintos hoteles donde había trabajado. Aquello era un regocijo para los sentidos: bastoncitos de verdura con salsa agria, mini sándwiches de salmón ahumado con mostaza y alcaparras, brochetas de frutas, empanadas de manzana, tarta vegetal… un surtido de comida sana y apetitosa, perfecta para una noche de verano.

Cogí mi platito de papel para servirme algunos canapés y por el rabillo del ojo vi que Príncipe Encantador se acercaba hasta donde yo estaba.

—Wow, es tan bonito que da pena comérselo, ¿no crees? —lo escuché decir a mi espalda.

Me giré para comprobar si se dirigía a mí, con fingido desinterés, y me encontré con sus ojos verdes que me sonreían.  Me coloqué bien el pelo y le devolví la sonrisa. Él me tendió la mano:

—Rodrigo, encantado.

Ay, madre, encima tenía nombre de príncipe. En mi pueblo los hombres se llamaban Fernando, Felipe, Paco o José. No Rodrigo; Rodrigo era un nombre de cuento con final feliz. Debía alejarme de él si quería que mi misión de mantenerme al margen de los hombres tuviera éxito durante más de diez minutos.  Pero tampoco se trataba de ser desagradable, así que le ofrecí mi mano y estreché la suya:

—Mariángeles, ¿qué tal?

Nunca me había gustado mi nombre, pero aquella noche me gustó aún menos. En ocasiones, había usado un nombre inventado, un nombre de usar y tirar. Había sido Lilian, Violeta, Miriam, Paula y hasta Valeria, pero no sé por qué aquella noche, con aquel hombre guapísimo y dueño de ese nombre de caballero medieval, no fui capaz de utilizar más que el mío.  Quise terminar de coger un par de aperitivos más y volver donde Vero pero, para mi desgracia, Rodrigo era un conversador excelente. Empezó por pedirme consejo sobre qué aperitivos debía elegir, me preguntó de qué conocía a Fede, de dónde era, cuánto tiempo llevaba en Barcelona, a qué me dedicaba… y cuando me di cuenta, llevábamos más de una hora hablando junto a la barandilla de la terraza. ¡Dios!, había bajado la guardia, ¿qué me estaba pasando?

Me excusé con buscar a mi amiga, a la que había perdido de vista y me despedí bruscamente. Me horrorizaba caer en la cuenta de que estaba levantando la barrera que había decidido firmemente bajar hacía tan sólo una hora antes. Deambulé por las distintas habitaciones hasta que localicé a Vero en la cocina, ayudando a un chico con camisa abotonada hasta el cuello y barbas a lo hipster a preparar más margaritas. Verónica me saludó al verme, pero le dedicaba más atenciones a su compañero de tarea que a su reaparecida amiga, así que me marché de allí buscando otro plan.  Acabé volviendo a la terraza, donde mi Príncipe conversaba ahora rodeado por un grupo de chicas. Lo vi acompañarme con su mirada  hasta que me acerqué al grupo donde los compañeros de piso de Fede programaban una escapada al concierto de un grupo del que jamás había oído hablar, que se celebraría en un par de semanas,  en Barcelona. Me coloqué estratégicamente de espaldas a él, mejor evitar cualquier contacto visual, pero sin saber cómo, sentía sus ojos clavados en la base de mi nuca.

Fede andaba como loco, como buen anfitrión, supervisándolo todo: que no faltara comida, que la música fuera de su agrado, que nadie estuviera sin bebidas, que todo el mundo se sintiera integrado y cómodo.  Salió un momento a la terraza, y cuando me vio sentada con sus compañeros de piso me guiñó un ojo y me sonrió. Sabía que de mí no tenía que preocuparse. Volví a la conversación sobre el concierto, en la que trataban ahora de coordinar la logística del desplazamiento de ida y vuelta, cuando sentí  a Fede llamarme.

—Mari, ven un momento.

Me levanté dispuesta a seguir a mi amigo cuando vi que detrás de él caminaba mi Rodrigo.

—Necesito que me ayudéis. He organizado varios juegos y necesitaré un par de personas que echen una mano.

Genial, ya estaba Fede haciendo de casamentera. Lo seguimos hasta su habitación. Sobre su cama, unos cien trocitos de cartulinas de diferentes colores, bolígrafos y papel en abundancia, rotuladores, imperdibles, guirnaldas de flores, y material diverso como para montar un bazar.

¿Qué se proponía Fede? ¿Qué tipo de encerrona le tenía preparada a su amiga? ¿Se enfadará Mariángeles por haberle tendido esta encerrona o acabará disfrutando del momento? No te pierdas el siguiente capítulo.

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista digital Asuntos de Mujeres. Capítulo tercero publicado el 11 de julio de 2017. Jugando al despiste con Príncipe Encantador

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