Un hueco en mi agenda -XXIII-

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En este siglo nuestro que nos ha tocado vivir, en el que hasta las horas de ocio están programadas, a veces, resulta complicado aceptar la improvisación, propia o ajena. Nos fijamos un horario para dormir, para levantarnos, para desayunar, para divertirnos y cómo no… para todo lo demás. Estamos tan sometidas a nuestras agendas que una propuesta no programada puede ser tumbada por espontánea sin llegar siquiera a ser escuchada. Y así, nos acostamos sin sueño, nos levantamos cansadas, desayunamos sin hambre, nos reímos sin ganas y hasta perdemos el gusto por el “aquí te pillo aquí te mato”. ¿Cuándo vamos a aprender que la vida es otra cosa? ¿Cuando sea demasiado tarde para poner remedio?

Eme pasó puntual a recogerme, siempre era puntual, me encantaba que a pesar de ser un hombre de negocios ocupadísimo, nunca me hiciera esperar. Llegó caminando, enfundado en su abrigo azul marino y con un pañuelo al cuello. “Vamos aquí al lado”, me dijo, y me ofreció su brazo, al que yo me agarré en aquella tarde fría de enero, decidida a no estropearlo todo como la última vez que nos vimos. Fuimos hablando de trabajo por la calle Mateos Gago arriba, y paramos en Las Columnas.

—¿Te parece bien aquí? —me preguntó, y nos apostamos en unos taburetes, bajo el soportal.

Después de una tapa de boquerones, otra de solomillo y una ración de tortilla de patatas para compartir, le conté que no podía tardar, le hablé de mi reunión aquella tarde con mi posible cliente y cuando se enteró del banco que era, me dijo:

—Conozco al director regional. ¿Quieres que lo llame?

La sugerencia me ofendió.

—No, ¿como se te ocurre?

—Tranquila, princesa, sólo pretendía ayudar al negocio.

—Quizás no me haga falta tu ayuda. ¿Dudas de mi capacidad de negociación? —le pregunté con sorna.

—No, amor. Pero un buen contacto, a veces, es más válido que el mejor comercial del mundo.

—Dejémoslo estar. Insultas mi profesionalidad —le dije, abriendo hueco a la tapa de carne con tomate que traía el camarero.

—¿Aceptas que tu amiga Diana te eche un cable pero no aceptas que yo te dé el empujoncito final?

—Eso es diferente. Ella sólo me ha pasado el contacto, no ha convencido a nadie de que debe contratarme.

—Bueno, bueno, como quieras —me dijo inclinándose hacia mí y recortando distancias entre nuestras cabezas sobre la repisa de madera que hacía las veces de barra—. No he venido para hacerte enfadar.

Me besó lentamente en los labios, tan lentamente que no pude evitar entreabrirlos y el contacto con su lengua hizo que se me escapara un gemido. Se retiró un poco, dejando su frente apoyada contra la mía.

—Te tengo muchas ganas, amor —le dije.

—Yo más. Algún día tendremos que poner remedio como Dios manda a esta agonía, ¿no?

Me hizo reír:

—Espero que sí.

—¿Qué te parece ahora?

—¿Ahora? —enseguida me puse seria—. Tengo una reunión en un par de horas.

—Dos horas me parecen un regalo, amor.

Estaba absolutamente de acuerdo. Lo miré unos segundos más, y me lancé.

—Acepto. ¿Dónde vamos?

—Voy  pagar. Conozco un sitio.

Me quedé esperándolo con los nervios subiéndome desde el ombligo y fui repasando mentalmente la ropa interior que había escogido aquella mañana y el estado de mi depilación, cuando lo vi salir de dentro con un pitillo por encender en los labios.

—¿Vamos? —me preguntó, tomándome de la mano.

Me dejé guiar por calles poco concurridas de su mano, hasta que llegamos a la puerta de un hostal y él se detuvo para abrirme la puerta. Se llamaba Callejón del Agua. Era bastante coqueto y sin pretensiones, un antiguo palacete reformado con buen gusto, y además, estaba desierto a aquella hora. Dejé que Eme hiciera las gestiones, abrazándolo por la espalda y mirándolo divertida por encima del hombro, hasta que nos asignaron habitación y nos dieron la llave. No podía creer que hubiera llegado el momento de regalarnos un rato de intimidad absoluta. Subimos hasta nuestra planta y abrimos la puerta. La habitación era pequeñita, techos altos y el espacio justo para  la cama y dos mesitas de noche. Pero tenía un gran ventanal enrejado por el que se colaba la luz del mediodía. Eme quiso echar la persiana pero lo detuve.

—No, déjala así.

—¿Te gusta la luz?

Sólo le sonreí, apoyada en la pared como estaba. Se giró, buscando mi respuesta, y cuando me vio mirándole con esa media invitación en los labios, comprendió lo que tocaba.

Y dejando el mundo fuera, pudimos por fin disfrutar de nuestras caricias robadas, sin preocuparnos de miradas indiscretas. Con esa tranquilidad desconocida hasta entonces, reconocimos nuestros cuerpos, gozando de aquella horizontalidad recién estrenada, perdiéndonos y encontrándonos en la mirada del otro, regocijándonos en los minutos que el reloj nos regalaba más anchos y más lentos que los minutos normales, mientras nos fundíamos y nos volvíamos a fundir, entre aquellas cuatro paredes que se quedarían para siempre en mi memoria. ¿No era maravilloso que la sorpresa se colara en nuestra vida de repente?

2 Comentarios

  1. María says:

    Objetivo cumplido, sacas sonrisas, ilusiones, haces reflexionar….lo dicho, objetivo más que cumplido.

    1. Raquel Tello says:

      Muchas gracias! Espero que continúes con nosotros para ver el desarrollo de la historia.

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