El sábado de Catusa -I-

Posted on

Aunque para Catusa todos los días sean de solazada displicencia, conoce por pura observación cuando es sábado, y hasta cuando es domingo. Su dueña —al menos así es como ella se autodenomina— se marcha bien temprano a trabajar cada día. Hoy sin embargo, se ha cruzado con la gata rumbo a la cocina, con un salto de cama desabrochado y su cuerpo desnudo luciendo exuberancia por las solapas entreabiertas. No ha reparado en ella. Se saben la una al lado de la otra, pero a menudo se ignoran. Otras veces, se buscan desesperadamente y ambas se  prodigan en ronroneos y caricias. Es el pago a la independencia, acaso al miedo cerval que aparece de tanto en tanto a mostrar sus sentimientos, hasta que el corazón ocupa el lugar preponderante tantas veces negado.

Desde el rincón que forman los cojines de la cheslong, Catusa oye el ruido de los cacharros en la cocina. A esas horas suelen ser tostadas y café, pero hoy la batidora anuncia crêpes suzette. Catusa sabe que esos momentos de satisfacción gastronómica lo son siempre tras otros de triunfo, que a la postre es también otra forma de placer. Esperará a ver si ella suelta prenda.

El ruido del café, su aroma quizás, es el que mueve a la gata a poner definitivamente en marcha su protocolo de acicalamiento. Los desayunos especiales traen siempre a su dueña al salón con todo en una bandeja y sin duda, comenzarán esa competición tácita de belleza. Catusa moja con la lengua los pulpejos de su pata derecha, y limpia y peina cada pelo de su cara. Cuando ella llega y pone la bandeja sobre la mesa, aún escudriña el móvil un rato antes de percatarse de que la gata espera altiva el cruce de miradas. Ella se cubre cruzando el salto de cama más por frío que por pudor, y saluda.

—¡Hola gatuna!

Catusa responde de manera lánguida.

—Miau.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.