Dos gatas en celo -X-

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Diana había apostado sin duda para hacer saltar la banca. Bien sabía que tras un año, Catusa y yo vivíamos una simbiosis casi perfecta. Aceptaba el que la gata fuera a su casa mientras yo hacía mi trabajo en Marruecos, pero amenazaba con no devolvérmela, salvo… ¿Salvo qué? Una muesca más en la culata de su revólver. Un probemos y ya veremos cómo va la cosa. Tal vez —y era lo que más miedo me daba—un siempre te he amado y por fin serás mío.

Nuestra relación hasta el momento pasaba por casi perfecta. Éramos buenos amigos. Conocíamos mucho de la vida interior y de la íntima del otro. Nos prestábamos un hombro en las raras ocasiones en las que estábamos dispuestos a mostrar nuestro lado débil. Nos teníamos el uno al otro de algún modo natural.

Diana era una mujer excepcional, según para quién o para qué. De edad y experiencia suficientes como para no andar con devaneos amorosos innecesarios. Bella y elegante, capaz de estar a la altura en cualquier fiesta. De cabeza muy bien amueblada y con la determinación de a quién no le tiembla el pulso. Amante de las pasiones, de todas y del bon vivant, y también, y eso era el mayor de los riesgos, con una independencia  emocional forjada a base de años de salir adelante en soledad, que a estas alturas dudo que fuera a cambiar ni por nada, ni por nadie. Tal vez ni ella misma lo sabía aún, pero así era. ¿O tal vez era como yo quería verlo para salir del trance? ¿Estaría proyectando en ella mi propia fórmula? En fin, creo que estoy contando más de lo que debo.

Antonio Conejero, al salir de Az Zait, nos despidió con la cordialidad acostumbrada. Su mundo vintage, su cocina a la última y su vajilla sorprendente, habían creado el ambiente necesario.

—¿Nos acercamos a por Catusa? —pregunté mientras arrancaba el BMW.

Asintió con la cabeza y una sonrisa entre libidinosa y felina.

Yo lo tenía todo preparado: el trasportín para gatos, un par de bateas nuevas, y dos sacos, uno con sepiolita y otro con el pienso de la gata. En una bolsita aparte, cacharro de agua y pienso, y la paleta de limpieza de bateas, junto con algún juguete, un cepillo de pelo y los documentos sanitarios de la gata.

Previsor, contaba con el ataque de Diana en mi propia casa pero, ella sin duda estaba esperando para cuando llegásemos a la suya.

Al salir por la puerta Catusa soltó un lánguido miau.

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