Conociendo a la familia de la novia (Cap. 18)

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Resumen del capítulo anterior: Mariángeles le propone a Rodrigo pasar la última semana juntos en Sevilla, de donde ella es natural, para que los suyos puedan conocerle antes de marcharse a Nicaragua.

El día de nuestra partida, me sentía rabiosa de alegría y desconocida por completo. Cada vez quedaba menos para que mi Príncipe desapareciera definitivamente de mi vida y, sin embargo, yo había encerrado esa certeza en un rincón de mi mente bajo cuatro llaves y siete candados y no estaba dispuesta a abrirlos hasta que Rodrigo no se hubiera marchado de verdad.

Hicimos el viaje en moto, en un sólo día, parando únicamente en estaciones de servicio para repostar, estirar las piernas y comer algo. Llegamos de noche a la puerta de casa, reventados de tantos kilómetros y antes de que Rodrigo apagara el motor de su Harley, mi familia ya había salido en tropel a recibirnos. Apenas me dio tiempo a bajarme y a quitarme el caso cuando tenía a mi padre, mi hermano, mi abuela, mis vecinas y media calle rodeándome y gritando. En el sur somos muy gritones. Me di cuenta, mientras repartía besos, de que mi madre había cogido a Rodrigo del brazo y lo llevaba dentro de la casa. También somos muy hospitalarios y ofrecemos todo lo que tenemos a alguien que llega con uno de los nuestros con tanta efusividad que podemos llegar a abrumar.

Cuando por fin pude entrar y quedarme a solas con mis padres, mi abuela y mi hermano, después de poder convencer a este último de que se despegara de la moto de mi chico, me encontré a Rodrigo un tanto desconcertado con todas las explicaciones y ofrecimientos que mi madre le hacía: “¿Quieres darte una ducha?, “pon aquí tus cosas”, “ésta es tu habitación”, “ven, prueba esto que he preparado”, bla bla bla. Era una ametralladora de ofrecimientos, así que acudí a su rescate. Lo dejé en la habitación de invitados, dándose una ducha y poniéndose cómodo mientras yo me iba a la cocina con los míos. Ahora me tocaba convencer a mamá de que queríamos irnos a un hotel mientras estuviéramos de visita, vamos a ver, que no estaba dispuesta a pasar la última semana de nuestro tiempo juntos con toda mi familia pendiente de nuestra actividad nocturna.  Había esperado una negativa rotunda, pero ella me sorprendió gratamente poniéndome en las manos las llaves de casa de mi abuela, que estaba vacía desde que la yaya se vino a vivir con nosotros. Le pregunté si estaba segura, sabía que si aceptaba, le daría a la gente del pueblo motivos para chismorrear durante unos cuantos meses, pero era eso u hotel.  Mi madre me tranquilizó, me dijo que comprendía que ya tenía una edad para necesitar mi espacio, que le daba igual las habladurías de la gente siempre que yo estuviera feliz. Cuando llegas temiendo afrontar un momento por incómodo, y te sorprenden con esa muestra de comprensión y cariño, la sensación es sublime. Luego empezó a preguntarme todo tipo de detalles sobre Rodrigo, después de alabar lo guapo y educadito que parecía. Y es que unos buenos modales hacían las delicias de cualquier suegra en potencia. Omití hablarles de nuestra forzosa separación, no hasta que no se hubiera producido, no quería hacerles sufrir antes de tiempo.

Durante la cena, observé a mi familia disfrutar con aquel momento, nuevo para ellos, y me sentí un poquito culpable por no contarles toda la verdad. Pero quién era la guapa que atrevía a confesar que aquello no iba a durar una semana más, ¡mamá habría sido capaz de pegarnos! ¡A él por irse y a mí por tonta!

Cuando acabamos de cenar y ayudé a recoger la cocina, mi madre nos acompañó a casa de mi abuela. Nos explicó dónde estaban las sábanas, cómo se encendía el calentador del agua y enchufó el frigorífico para que al menos tuviéramos una botella de agua fresquita. Curiosas costumbres las de los pueblos, las de mantener las casas como si en ellas viviera aún alguien. Nadie habría dicho que la de mi abuela llevaba más de cinco años desocupada: ni una mota de polvo, baños perfectos, suelos relucientes… Eso sí, a Rodrigo y a mí nos esperaba una prueba de fuego: el cuarto de mis abuelos era lo más antilove que recordaba haber visto en mil años.

¿Se arrepentirá Mariángeles de haber visitado a su familia con Rodrigo? ¿Averiguará su madre el secreto que ella ha tratado de ocultarle? ¡No lo sabremos hasta la próxima semana!

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Concebido y desarrollado en exclusiva para la revista digital Asuntos de Mujeres. Décimo octavo capítulo publicado el 24 de octubre de 2017. Conociendo a la familia de la novia

 

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