De Aitor a Fatine -XI-

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Podría llamarse Aitor como buen vasco, pero su nombre es otro y por razones de seguridad lo omitiré.

Me recibió en el Hotel La Mamunia a la hora convenida para comer. Alto y bien parecido, Aitor no regalaba más sonrisas de las imprescindibles, aunque pude comprobar durante los días que compartimos por Marruecos que aquella sensación de tipo serio y ordenado, dejaba en el fondo a un marido enamorado, trabajando en serio por hacer crecer el negocio familiar de varias generaciones.

—Conserveros somos, ¿sabes? —y de un plumazo me lo había explicado casi todo.

Si ellos no hubieran tenido discretamente mis referencias, nunca me habrían contratado. Estas cosas son así, por lo que no hizo falta entrar en ellas. Me entregó la relación de hoteles, fechas y personas como había solicitado, y aceptó de buen grado mi petición de que desde Bilbao cambiaran esa misma tarde todas las reservas, por otras en hoteles diferentes. Eran tan previsores que hacía dos semanas que tenían todo cerrado. Bien desde la efectividad, pero poco fiable desde la seguridad. También le pedí que se asegurase de que las suites estuvieran contiguas en todos los casos.

Comimos deliciosamente, él el doble que yo, y me preguntó si había problema en que se pasara toda la tarde mandando correos desde su estancia, e incluso que pensaba pedir que le subieran la cena.

—La Mamunia es de los sitios más seguros de todo Marrakech —le aseguré—,  de modo que conforme al cronograma de mañana, a las 7.30 no vemos desayunando en el comedor.

Confirmamos ambos tener el número de móvil del otro y nos despedimos con un vespertino hasta mañana. Agradecí el gesto de respeto por mi trabajo.

Saqué mi equipaje del coche y tras hacer el check in me acompañaron hasta la suite que ocupaba en la misma planta de Aitor. Es muy cierto que ese hotel mantiene una seguridad de lo más aceptable, con lo que no compartir tabique era en principio más una virtud que otra cosa. No quería que supiera a qué horas entraba y salía, y era mejor así. Pensaba dar una sorpresa a la bella Fatine, y ello estaba fuera de horario.

Apenas había salido de la ducha y me vestía, cuando un mozo llamó a mi puerta para traerme el ramo de flores que había solicitado en recepción.

Así, vestido a la europea más clásica, con el ramo de flores en una mano, y mi Beretta bajo la cazadora acomodada en su cartuchera, emprendí el maravilloso paseo que hay hasta la Plaza de Jamaa el Efna. Aquella prometía ser una tarde muy agradable.

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