Cuando se entrega la vida -XLIII-

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Quien no arriesga, no gana, ¿no es así? Cuando miramos al pasado, es muy fácil analizar lo que hicimos o dejamos de hacer desde la perspectiva del resultado obtenido. Pero vivir el presente es elegir, y al elegir, decidimos lo que creemos mejor en cada momento, en ese preciso momento en el que hay que apostar. En el amor, para recibir intensamente, hay que entregar intensamente, no se puede una guardar un as en la manga. Es todo o nada. ¿O tal vez una ruleta rusa en la que en cualquier momento podemos volarnos la cabeza?

Apenas había podido dormir de puros nervios. No podía creerme que en unas horas tendría en mi casa al hombre al que amaba. La noche en blanco dio para pensar mucho: me asaltaron mil dudas de por qué Eme estaba dando ese paso, por qué de repente le había surgido esa necesidad, qué excusa habría utilizado con su mujer…, pero no encontré respuestas. Tendría que esperar. Vi pasar cada hora del reloj y a las seis di por concluida la jornada de intento de sueño. Me levanté, me duché, me puse un bonito conjunto de lencería rosa bajo mi vestido largo de flores, cambié las sábanas y di mil vueltas por la casa asegurándome de que todo estuviera perfecto.

A pesar de que Eme llegó temprano, para cuando sonó el porterillo, yo ya temblaba como un flan. Apareció con unos vaqueros, zapatos deportivos y una camiseta negra, y caí en la cuenta de que nunca lo había visto sin traje de chaqueta.

—Qué guapo —le dije mientras le plantaba un beso dulce en los labios.

—¿Te gusta mi look? —me preguntó, abrazándome fuerte y acercándome mucho a él, al estilo Eme.

—Sí —mi tono de voz pasó a ser un poco más lascivo—. Tienes pinta de malo malote.

Él se echó a reír. Le enseñé el piso, quería que se sintiera cómodo. Eme me seguía, curioseando las fotos que yo tenía distribuidas por los muebles y las paredes, la mayoría de los niños. Dejó la bolsa de viaje que traía en mi habitación y me pidió que le enseñara algunas fotos de cuando yo era pequeña, pero la mayoría estaban aún en casa de mis padres. No obstante, busqué las pocas que había rescatado y se las mostré, sentados los dos en el sofá. Tenía muchas de mi adolescencia, y pasamos un buen rato riéndonos de mis pintas. Ninguno de los dos estábamos acostumbrados a relajarnos, así que inevitablemente, hicimos el amor en el sofá, temiendo que se nos acabara el tiempo.

—Bueno, ahora ya podemos estar un poco más tranquilos —bromeó Eme—. Ven conmigo, te he traído un regalo.

Me tomó de la mano y me llevó a mi habitación. Abrió la bolsa de viaje y sacó un estuche de Uno de 50.

—¿Para qué compras nada? No hacía falta.

—Ábrelo —me pidió.

Dentro de la caja había dos pulseras de cuero con un detalle en plata. Una para él y otra para mí. En el reverso de ambas se leía “Para siempre”. Me emocioné y casi rompo a llorar. Yo soy muy llorona y esto me estaba superando. Eme me miró con dulzura y mientras me ponía la mía me dijo:

—Quiero que la lleves siempre, ¿me oyes? —yo sólo asentía, intentando que no se me cayera ni una lagrimita—. Nunca, jamás, tengas dudas de lo que siento por ti, Salomé. Mírame.

Me temblaba la barbilla.

—Te amo, más de lo que puedas imaginar.

Me eché en sus brazos y le pedí que parara o sería responsable del diluvio universal, así que después de ese momento de ternura no tuve más remedio que pedirle que me volviera a hacer el amor.

Una hora más tarde, salimos de la habitación y nos metimos en la cocina. En el radiocasette que tenía en la encimera sintonicé M80 radio, en un volumen bajito que nos permitiera hablar. Eme sirvió dos copas de vino, mientras yo cortaba una tapa de fuet. Decidí preparar arroz caldoso con langostinos, mi receta estrella, mientras hablábamos sin parar de comida: cuáles eran nuestros platos favoritos, nuestros desayunos ideales, la comida más rica que habíamos probado nunca, la más repulsiva, situaciones embarazosas en restaurantes… en fin, una conversación de tres estrellas michelín. Ese rato en la cocina con él fue casi mejor que el que había pasado en la cama. Durante todo el tiempo que llevábamos manteniendo esta relación, siempre habíamos utilizado nuestros momentos a solas para tener algo de sexo. Era normal, si nos veíamos dos horas a la semana, estaba claro que nuestros cuerpos tenían una necesidad principal, y todo lo demás pasaba a ser secundario. Por fin, estábamos compartiendo otras cosas, y me sentía muy feliz.

La sobremesa la pasamos tirados en el sofá: hubo partida de póker, partida de ajedrez, peli con cubatas y hasta un ligero sueñecito con la cabeza de Eme en mi regazo mientras yo le acariciaba el pelo. Afuera, ya se estaba haciendo de noche, estábamos a punto de consumir nuestro primer día juntos, cuando Eme me propuso salir a dar un paseo. No había contado con salir, la verdad era que temía encontrarme a alguna de las chicas o incluso a exmarido con los niños, y no era algo que me apeteciera en nuestro primer fin de semana, pero pasear en primavera por mi barrio era todo un lujo, así que me dije “qué demonios”. Me volví a meter el vestido de flores, cogí una cazadora vaquera y me maquillé en el baño con él a mi lado peinándose y terminando de acicalarse. Miré su reflejo en el espejo y nuestros ojos se encontraron. Sólo nos sonreímos, pero no cabía más amor en aquella mirada.

Salimos a la calle y lo llevé al bar donde ponían los mejores caracoles de la zona. No pregunté por su mujer, él tampoco me contó nada. Volvimos a casa a eso de la una. En el ascensor, comenzamos a besarnos dulcemente y acabamos haciendo de nuevo el amor, esta vez, haciendo honor a la expresión, muy pausadamente y con mucha ternura. Supuse que él tampoco había dormido mucho la noche anterior, porque en cuanto terminamos, cayó rendido. Me quedé un buen rato observándolo dormir hasta que a mí también me venció el cansancio. Varias veces durante la noche me desperté, extrañando ese cuerpo que latía a mi lado y alegrándome hasta el infinito de que no fuera un sueño. También lo sentí, dormida, buscarme y abrazarse a mí por la espalda.

Por la mañana, con los primeros rayos de sol, me despertó buscando en mi entrepierna y lo dejé que se abriera paso dentro de mí sin siquiera abrir los ojos. Qué sensación más maravillosa. Le dije mil veces “te quiero”, y mil y una me respondió “yo más”.

No sé qué hora era cuando se levantó de la cama y se fue a la cocina. Volvió con un par de platos con zumo de naranja, huevos fritos y bacon, en una bandeja.

—Desayuno americano, mi favorito —agradecí.

Dimos buena cuenta del menú especial para días de sexo y cuando acabamos, llevó la bandeja a la cocina. Al volver, se sentó frente a mí en la cama. La expresión de su cara había cambiado.

—Salomé, hay algo que no te he dicho y que tengo que contarte.

3 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Perdonaaa???? Cómo nos puedes dejar así???

  2. RAQUELBM says:

    Nooooooooooo!!!!!!😱😱😱y ahora qqq????😧😵😵necesitoooo sabeeer!!!!😭😭😭😭nooo puedes dejarnos asiiii⛔

    1. Raquel Tello says:

      Ya te has leído toda la historia de “Las Mujeres, los 40 y algo +”? No puedo creerlo! El último capítulo está en mi libro, que ya está en la imprenta. En breve estará a la venta! Os mantendré informadas! Besos mil!

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