¿Y comieron perdices? -XVI-

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El matrimonio es un invento social caduco y obsoleto. ¿Por qué si no hay tantas y tantas historias de infidelidades a nuestro alrededor? Habrá mujeres que alguna vez hayan sido las otras, las amantes, las que viven en silencio. También habrá quienes hayan sido las esposas engañadas, las que viven felices en su ignorancia sin saber que están representando un papel en una relación que ha dejado de ser de dos. Serán menos las que sepan lo que es estar en ambos roles: las que hayan sido amantes en alguna ocasión y esposas de lustrosa cornamenta, en otras. A ésas, a las que pueden hablar con propiedad, les pregunto: ¿con qué papel os quedáis? ¿Preferís la vida de la amante, del goce, del amor intenso, del deseo y la pasión? ¿O envidiáis la vida de la esposa, la elegida, la oficial?

Había llegado el momento, retrasado a conciencia por mi parte, de contar a las chicas mis avances con Eme en términos carnales, así que convoqué una cena en mi casa. El orden del día fue un repaso ligero a los asuntos varios de las demás —cómo le había ido a Mariluz con su buffet de postres en aquella boda, un nuevo trabajo temporal para el marido de Emi que confiaba en que mantuviera algo más de tiempo que el anterior, el nuevo ligue de Diana (el primero del mes de diciembre, pero seguro que no el último)— para acabar centrándonos en el tema goloso de la jornada: cómo iba mi asunto con Eme. Yo era cuidadosa en mis intervenciones, midiendo mis palabras, intentando ser comprendida. En un momento determinado de la charla, Mariluz me reprochó cómo era capaz de hacer lo mismo que mi exmarido me había hecho a mí.

—¿Es que ya no te acuerdas del daño que te hizo Pedro cuando te enteraste de su lío? ¿Ahora resulta que quieres ser tú la que se burle de una mujer casada? No te reconozco, Salo.

—El matrimonio no lo está rompiendo ella, Mariluz —Emi salió en mi defensa—. Es él el que está casado, ¿tendrá alguna responsabilidad, no?

—Yo no siento que me esté burlando de su mujer en ningún momento, Mariluz —intervine—. Al contrario, la envidio, en cierto modo. Es ella la que puede pasear de su brazo por la calle, la que duerme y se despierta con él todos los días, la que conoce a su familia  y lo apoya en sus decisiones, la que comparte una hija. Yo sólo soy… la otra.

—Tú eres la que le da sentido a su vida ahora, Salomé —dijo Diana, que hasta ahora había permanecido en silencio—. ¿Para qué quieres sus miserias? Quédate con lo bueno.

—Sí, ya lo sé. Pero es un sentimiento extraño. Cuando me enteré de lo exmarido con chica Thermomix, me sentí ridícula. Pensé en cuántas veces habría estado en compañía de gente que lo sabía y en si habrían pensado de mí “pobre idiota, no se entera de la película”. Y ahora, que estoy en el otro lado, pienso en que si me ven con  Eme, sus conocidos no pensarán “ésa es la mujer que lo ha vuelto loco”. Lo que pensarán es “ésa es la fulana de turno, otro lío pasajero más”. El caso es que siempre me siento en desventaja.

Se hizo el silencio.

—Una esposa es un pilar sólido —insistió Mariluz—. Pocos hombres están dispuestos a renunciar a un proyecto de familia por un polvo.

—Bueno, alto ahí —Diana alzó su voz sobre las demás—. Estamos dando por supuesto que Salomé quiere tener algo más con Eme que un simple y gozoso affaire. Yo digo “adelante, chica, disfruta el momento, pasa un buen rato, pero no te impliques emocionalmente”.

Y levantó su copa para brindar, pero al ver mi cara de circunstancia la volvió a bajar.

—No me irás a decir que ya te has colgado por él, ¿verdad?

Me mordí el labio inferior y puse cara de pedir clemencia.

—Ay, amiga, esto sí que no lo esperaba de ti. ¿Es que no te he enseñado nada en todos los años que hace que nos conocemos?

Encendí un cigarro y me recliné en mi silla, cerrando los ojos. No sabía qué contestar.

—Bueno, aún no está todo perdido —Diana ejercía de estratega en aquella batalla de la que creía que aún podía salir victoriosa—. No te puedo prohibir que sientas lo que sientes, pero desde luego, jamás, bajo ninguna circunstancia, se lo digas a él.

Entonces abrí los ojos y mi cara de corderito degollado acabó por desesperar a aquella cazadora que sentía como si su alumna estrella acabara de dejarla en ridículo ante el tribunal que debía darme la cátedra. Se levantó de la mesa y caminó arriba y abajo por mi salón, nerviosa. En mi defensa sólo alegué:

—Él me lo dijo primero.

Aquello acabó por arrancarle una risa a la jueza que tan severamente me juzgaba y dio alas al romanticismo de Emi, que quiso saber todos los detalles de la confesión de amor, mientras que Mariluz se quitaba elegantemente de enmedio, recogiendo los platos de la cena. Cuando terminó de llevar todo a la cocina, y yo hube narrado el episodio del “tq”, se acercó a la mesa y me disparó a bocajarro, muy seria:

—Te vas a estrellar —sentenció, provocando un silencio incómodo—. Y eso es lo que me preocupa, porque no quiero verte sufrir por un capullo. No puedo entender qué buscas en esta historia.

Ciertamente, había muchas probabilidades de un final catastrófico, pero apelé a su gran corazón para hacerme entender:

—Busco un amor. Un amor real. Ridículo, inconveniente, que me consuma. Un amor de esos que te hacen pensar que no puedes vivir sin el otro.

Continuó mirándome unos segundos más, sopesando la aceptación de mi alegato, hasta que finalmente se acercó y me dio un largo abrazo.

—Sólo quiero que sepas que también estaremos ahí cuando te parta el corazón.

Tema zanjado, a mí me bastaba aquella muestra de amistad verdadera. Sin embargo, la conversación me había dejado un sabor de boca amargo. Si no creía en el unidos para siempre ni tampoco me valía ser la esposa cornuda o la amante infiel, ¿qué alternativas me quedaban para ser feliz?

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