Tengo muy claro lo que no quiero -XXIX-

Posted on

Nuestra vida es un camino hecho de decisiones, en el que escogemos lo que queremos y descartamos las peores opciones. Y sólo a medida que vamos cumpliendo años, podemos valorar las consecuencias de nuestras elecciones, y también, cómo no, de lo que hemos desechado. Y en esta valoración, se nos supone seguridad, convencimiento. Pero, cumplidos los cuarenta, ¿se pueden seguir teniendo dudas absolutas sobre lo que una quiere en la vida? Y si es así, ¿se pueden obtener resultados positivos por eliminación? ¿Cuántas cosas habría que tachar de la lista para que lo que quedara tuviera sentido suficiente de por sí?

El sábado por la tarde estaba exhausta. Después de saber que Eme había tenido una amante antes que yo, y de conocer a la jovencita con la que me había engañado mi marido, necesitaba un poquito de amor incondicional, y eso sólo me lo podían ofrecer mis amigas. Puse un S.O.S. en nuestro grupo de whatsapp convocando a quedada urgente y en menos de media hora nos encontramos en casa de Mariluz, que echó a su marido y a las niñas a casa de su suegra y nos recibió con un surtido de cruasanes recién horneados  y una cafetera bien cargada. Ver allí a mis tres amigas, dispuestas a levantarme el espíritu, me ablandó y me fundí en un largo abrazo con ellas, que buena falta me hacía.

—¿Qué te ha hecho el capullo? —me preguntó Mariluz sin desprenderse de mi abrazo.

Sólo pude sonreír. Ya sabía que para ella, Eme no estaba a la altura. No me hizo falta responderle. Diana, demostrándome que ya había olvidado mi desacertado comentario con respecto al amor de su vida, salió en mi defensa:

—Vamos allá con sor Mariluz. Si empezamos así, me voy a mi casa.

—Ese tío es un capullo, Diana —le respondió agresiva—. Y mira que no sé aún qué ha pasado.

Se enzarzaron en una discusión como si yo no estuviera presente, y yo aproveché para darle un abrazo a Emi, quitarme el abrigo y servirme una taza de café cortado.

—Pues por eso mismo, querida. Estás prejuzgando, como siempre —Diana se acomodó en el sofá de Mariluz. Me pidió que le sirviera un café solo y cogió un cruasán de chocolate.

—No discutais, chicas, por favor —intercerdí.

Y pasé a narrarles desde el principio: el almuerzo, la escapada imprevista, mi conversación con Diana —omitiendo el secreto confesado de que existía alguien especial para ella— y mi posterior cita en la ofi de Eme.

—Yo te digo una cosa Salomé, mi niña —Mariluz suavizaba el tono pero yo ya sabía que lo que venía no me iba a gustar—. De verdad, ¿qué ves en ese tío? Con lo que tú vales, hija. Te mereces un hombre que lo de todo por ti, que te tenga en un pedestal. Tal y como yo lo veo, ese tío no arriesga nada. Olvídate de que vaya a dejar a su mujer, olvídate de que puedas tener una vida algún  día a su lado. No va a pasar. ¿De verdad quieres seguir adelante?

Agaché la cabeza. Estaba muy cansada emocionalmente, y en el fondo, no me apetecía defender a Eme.

—Esto es el colmo —Diana se levantó y salió a la terraza. Dejó la puerta entreabierta, se encendió el pitillo que había sacado de su bolso y manteniendo la mano fuera del salón siguió hablándonos—. ¿Por qué todo tiene que encajar en vuestro esquema de vida? A lo mejor, lo que Salomé recibe de esa relación le aporta lo suficiente como para seguir con ella.

—¡Y un cuerno! —Mariluz se enfadaba cada vez más—. ¿Qué le aporta? ¿Un polvo cada quince días o más? Por favor, Salomé puede tener al tío que quiera con sólo chasquear los dedos. ¿Qué más? Dime, ¿qué más?. No puede salir a cenar, no puede salir de viaje, ni una sola noche, ni un fin de semana —ahora me miraba a mi, incrédula—, ¿eso es lo que quieres, Salo?

Emi, sentada a mi lado, me cogía de la mano, mientras aquellas dos locas defendían sus posturas, enfrentándose por mí. Era el momento de dejar claro mi punto de vista, así que las interrumpí:

—A estas alturas de mi vida —dije—, os puedo asegurar, que no tengo ni idea de lo que quiero.

Mariluz movía la cabeza a un lado y a otro mientras yo hablaba, sin ceder ni un poquito.

—Pero tengo muy claro lo que no quiero —continué yo—. Y lo que no quiero es otro marido a mi lado. No estoy dispuesta a tragarme las miserias de nadie, Mariluz. No quiero llegar del trabajo y encontrar a un hombre en mi casa, quiero tener tiempo para depilarme las cejas sin compartir el baño, quiero preparar la comida de la semana sabiendo que nadie me espera en el salón, ni siquiera para ver una película. Solo quiero un rato, cada cierto tiempo, para ser feliz. Para que me hagan reír, y creedme que Eme me hace reír; para que me hagan sentir única, como dices, Mariluz, y no sabes cómo de única puedo llegar a sentirme cuando Eme me folla —dije bajando el tono de voz mientras veía a Diana por el rabillo del ojo sonriendo desde la terraza—. Claro que me gustaría poder salir a cenar con él, o hacer algún viaje juntos, pero mira por dónde, me temo que la misma libertad que me permitiría esto último, también me acabaría exigiendo esas otras cosas. No quiero una copia de la vida que llevaba, chicas. Rotundamente no. Esta relación tiene sus pros y sus contras, está clarísimo. Pero voy a seguir adelante, hasta que los contras me digan que pare.

En este punto, Diana apagó su cigarro y entró tocando las palmas.

—Me quito el sombrero, querida. Así se habla.

Mariluz se dispuso a recoger la merienda. Siempre se quitaba de enmedio cuando el tema no le agradaba o le superaba. Pero entonces, decidí darle una golosina.

—Y ahora, tengo dos cotilleos más que contaros. Uno: hay un amigo de Diana al que he conocido esta semana, que es lo más parecido a Richard Gere que encontraréis por estas latitudes. Y dos: por fin, he conocido a Maripossa.

Mis amigas empezaron a dar gritos de expectación y me obligaron a desembuchar.

—Enseguida vuelvo. Necesito un pitillo. ¿Te fumas otro conmigo, Diana?

Y me salí con mi amiga a la terraza, que me regaló un beso larguísimo que recibí encantada, agarrándome a su brazo, sabiendo que no encontraría mejor apoyo que ése y mayor comprensión que la suya.

—¿Y tú cómo estás, Diana? —le pregunté, una vez a solas.

—Tengo novedades. Ya te contaré.

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.