Cenicientas de hoy en día -XXII-

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¿Vivimos demasiado presionadas por el “felices para siempre”? Si una relación no funciona, ¿es inevitable sentirnos fracasadas? ¿Qué parte de culpa tienen los cuentos de princesas en todo esto? Me hubiera gustado pedirle a algunos de los grandes contadores de historias, Perrault o los Hermanos Grimm, que unos cinco años más tarde, hubieran pasado por el hogar de Bella, a ver si las flores de su jardín seguían siendo las más hermosas, o por el de Blancanieves, a ver si los pajaritos seguían cantando. Si Cenicienta hubiera vivido en el siglo XXI, ¿habría esperado a que el príncipe hubiera aparecido para devolverle su zapato? ¿O tarde o temprano se habría ido a la ciudad, buscado un piso y un buen trabajo con el comprarse un nuevo par de Jimmy Choo?

Mientras conducía de camino al hotel, pensaba en mi amiga Emi.  La confesión que me había hecho en la cafetería el día anterior me había dejado abatida. Ya sabía que soportaba demasiada carga, pero debía de estar mucho más al límite de lo que yo creía si había llegado a olvidar a Cristina en el coche. Y me preocupaba, aún más, que desde hacía algún tiempo la escuchaba quejarse de que no era feliz con Paco. Emi tenía temperamento para echarse a la espalda dos hijos, un marido pintor de brocha gorda con vocación de artista y un trabajo alienante como cajera en un supermercado, pero no era capaz de pensar en una separación, si su matrimonio no la hacía feliz.

En ese momento, sonó el móvil: era Diana. Puse el manos libres. Quería saber si hoy iba a contactar con su amigo el del banco, sobre el evento que me comentó. Hablamos algunos minutos, comentamos mis dudas de que aún no tuvieran cerrado el tema del alojamiento. Teniendo en cuenta que estábamos hablando de Sevilla en los meses de abril o mayo, si no habían buscado nada aún, iba tardísimo. Me insistió en que debía intentarlo y le prometí que así lo haría.

Aparqué el coche en el parking y recorrí a pie los quinientos metros que me separaban del hotel. El director aún no había llegado, solía hacerlo a partir de las diez de la mañana, y yo aproveché para pedir a cocina un café bien cargado y encerrarme en mi despacho. Necesitaba ver cómo podría organizar las reservas que tenía en esas fechas, llegado el momento. El programa me devolvía un escenario desolador: ¡ya teníamos casi el setenta por ciento del hotel completo en esos dos meses! Me puse a trabajar en varias alternativas que poder presentarle a mi jefe, porque con ese panorama, su respuesta iba a ser un rotundo no. Cuando llegó José Luis, me presenté en su despacho, le pedí cinco minutos y, en menos de tres, le había contado toda la película. Sabía que le gustaría que no hubiera llamado al cliente antes de escuchar su opinión, eso le hacía sentir que tenía la última palabra, y reaccionó como esperaba, consultando el calendario y respondiéndome que estábamos a más del setenta por ciento.

—Ya he hablado con el Elvira Plaza y con el Casa 1800. Si nos movemos rápido, ellos podrían asumir un treinta por ciento de nuestras reservas. Lo que nos dejaría unas quince o dieciocho habitaciones libres para poder ofrecer al banco a precio de oro.

Se quedó mirándome fijamente, lo estaba considerando. José Luis no era amigo de los cambios repentinos, ni de los riesgos. Pero confiaba en mí, yo le aportaba ese lado temerario que él no tenía, y en muy pocas ocasiones mis propuestas habían acabado en fracaso.

—Adelante. Si es posible, concierta una cita para hoy mismo. Antes de seguir moviendo un dedo, necesitamos más datos del evento, y cuáles son sus necesidades concretas. A ver si la información de esa amiga tuya es fidedigna o nos está vendiendo una cortina de humo.

Sonreí para mis adentros. Conociendo a Diana, no tenía nada que temer. Salí del despacho del director hacia el mío y cogí rápidamente el móvil para llamar al cliente.  El amigo de Diana tenía una voz grave y radiofónica, y fue extremadamente agradable conmigo. Convinimos en que no había que dejar pasar más tiempo y acordamos encontrarnos aquella misma tarde en las oficinas centrales del banco a las seis. Perfecto. Todo iba cuadrándose. Ahora sí que me sentía la reina del baile y quise marcarme un vals con mi príncipe encantador, así que le mandé un whatsapp al señor Eme:

“¿Comes conmigo hoy?”

Eme no solía contestar rápido, así que me dediqué a ordenar mis ideas y a preparar una presentación que los del banco no pudieran rechazar. Al cabo de una hora, mi móvil me avisó de que Eme había contestado.

“Claro, princesa. Paso a buscarte a las dos”.

Crucé las piernas sobre mi escritorio, mirando con deleite el precioso par de Martinellis que me habían traído los Reyes. Cuando una fabricaba su propio destino, ¿no era mucho más gratificante que esperarlo aparecer montado en un caballo blanco y blandiendo una espada?

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