Capítulo 1

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Hoy he vuelto a salir corriendo en su busca. Llovía y he olvidado el paraguas, o quizás no ha sido un olvido, no dedico tiempo a pensar el porqué de esos actos estúpidos, pero lo cierto es que llovía a cántaros. He corrido por las calles, mojándome, sintiendo mucho frío con el abrigo abierto y he perdido la tapa de uno de los tacones. Me ha abierto la puerta en zapatillas, suele hacerlo cuando no atiende a pacientes, y yo he saltado a sus brazos. Hemos chocado contra la pared y tirado un marco de fotos, en ella salimos los dos, en la terraza de un bar en la Alameda, pero ese lugar ya no existe. Mi pelo mojado goteaba sobre la alfombra y tenía el rímel corrido sobre las mejillas ardientes. Me ha apartado para depositar sobre mí una de sus miradas insondables y no ha hecho preguntas. Hubo un tiempo en que las hizo todas, ahora sólo me observa. Hay días en que sólo unos minutos con él me bastan, otros en los que no soporto su presencia, me ahonda en el pecho, me escanea las tripas. Pero siempre regreso, no tengo remedio. Hemos tomado un té mientras se secaban mis ropas en el radiador, después me he despojado de la rebeca de lana que tan gentilmente me había ofrecido para entrar en calor y hemos hecho el amor. Allí, sobre la mesa de la cocina, de un modo caótico, inconcluso, perfecto. Luego me ha abrazado con fuerza y me ha dicho que me quiere. Sé que me ama, yo a él también, supongo. Ha sonado el timbre y nos hemos reído, me gusta cómo suena su risa, es un espectro profundo. Lamentablemente, no hemos podido fumarnos ese cigarro que tanto nos gusta compartir. Él fuma mucho, y a mí me fascinan sus besos con sabor a chimenea. He tenido que marcharme a hurtadillas, no sin antes reconocer la voz de esa paciente chillona que grita sus traumas al mundo. Me resulta molesta, en realidad, todos me resultan un incordio porque me apartan de él, convierten nuestro tiempo en una sucesión intermitente de estados felices. De fondo se escuchaba la sintonía de la radio clásica, una sinfonía o algo que jamás reconoceré, soy muy insuficiente para según qué cosas, la música clásica es una de ellas. He cerrado la puerta cuando el locutor comenzaba a hablar. Los traumas seguían atravesando las paredes y yo volvía a tener frío. Debería haberle pedido prestado un paraguas, pero ya era tarde, como para casi todo. He supuesto que la foto seguía en el suelo, con la imagen de dos jóvenes enamorados, bajo el sol de una ciudad inclemente y bella, en aquellos tiempos en los que el corazón aún nos latía.

2 Comentarios

  1. Mari Carmen says:

    Me llena tanto
    Esa última frase …
    En
    Aquellos tiempo el
    Los que el
    Corazon aún nos latía😌

    1. Raquel Tello says:

      Preciosa. Yo me quedo con …”todos me resultan un incordio porque me apartan de él, convierten nuestro tiempo en una sucesión intermitente de estados felices”.
      Wow.

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